Memoria Sonora del programa que se emite los Sabados a las 15 horas por Radio Nacional de La Republica Argentina. Conducido Por Mariana Moyano. Con la Participacion de Damian Valls y Flavio Rapisardi. Producción: Julieta Avalos y Micaela Polak
domingo, 26 de octubre de 2014
Programa SF 131 - Veronica Bogliano y Natalia Federman - 25 de Octubre de 2014
La construcción del enemigo.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 25 de Octubre de 2014.
Si uno es más o menos buena gente, lo único que puede hacer mientras ella habla es bajar la cabeza. Se lo debemos, porque todos -responsables directos, gobiernos, medios y sociedad- estamos en deuda con ella. Con ella y con su mamá.
Tiene la mirada dura. No es para menos: esos ojos parecen haberlo visto todo, lo que querían y lo que no. Tiene un corte punk: media cabeza rasurada y del otro lado, un par de mechones cortos. Es un estilo provocador, que aunque no hable, dice. Es menudita y hasta que no se la escucha hablar parece sólo un alma en pena. Pero no, no se lamenta. Y, como tiene las cosas claras, no grita. Es precisa, punzante, hiriente porque lanza verdades. Es un cuadro político que, probablemente, se formó como tal a la fuerza. Porque sólo con crecimiento podía enfrentar eso que algunos llaman destino: la desaparición de su hermano, Luciano Arruga.
Ella se llama Vanesa Arieta y es físicamente la antítesis del recuerdo gráfico que todos tenemos de su Luciano. De él nos queda la imagen de un pibe sonriente, con unos dientes enormes, blancos, perfectos. Ella no sonríe y el perfil de su cuenta de twitter explica por qué: “5 años sin Luciano. Ni vivito, ni coleando. Desaparecido por la policía bonaerense y en democracia”.
Su primera aparición pública en televisión fue conmovedora. Le quitó protagonismo y palabra nada menos que a Horacio Verbitsky, lo que no es poco decir. Habló tranquila. Explicó. Dio detalles y cuando quiso que entendiéramos bien de qué cuernos iba el caso miró directo al periodista que la entrevistaba y demolió: “Imaginen el estereotipo del pibe chorro, bueno, es mi hermano". En 10 palabras, la estigmatización explicada a la perfección.
“Luciano Arruga dejó de ser un desaparecido el jueves a la noche, cuando un dactilóscopo de la Policía Científica de la Federal entregó al Juzgado Federal de Morón el cotejo de huellas digitales que había dado positivo. Había cruzado las muestras de un cuerpo enterrado en 2009 como NN después de un accidente de tránsito y las del joven de La Matanza. El viernes a la mañana los operadores judiciales de Morón y del Ministerio de Seguridad de la Nación, fueron hasta el Juzgado de Instrucción 16 de la ciudad de Buenos Aires donde tramitó la causa del accidente. Ahí encontraron el expediente completo. No había dudas: era Luciano y estaba enterrado en una tumba del cementerio de Chacarita. En 48 horas se había desatado, después de 5 años y 8 meses, un nudo de incerteza, encubrimiento policial y desidia judicial”, dice una crónica sin fisuras del 18 de octubre de este año del siempre bienvenido portal Infojus Noticias.
…
Si uno es más o menos buena gente, lo único que puede hacer mientras escucha las condenas es bajar la cabeza. Se lo debemos a las aproximadamente 200 personas que pasaron por La Cacha. Porque todos -responsables directos, gobiernos, medios y sociedad- estamos en deuda con ellos. Con ellos y con sus familiares.
Ayer (viernes 24 de octubre) cuando el sol ya se estaba despidiendo, el Tribunal integrado por Carlos Rozanski, Pablo Vega y Pablo Jantus, dio a conocer la sentencia. En lo que fue conocido como juicio de La Cacha, se juzgó desde diciembre de 2013 a 21 represores por las detenciones ilegítimas de 128 personas.
No se puede decir que hubo final feliz, pero –aunque tarde- al menos, es reparador. El Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata condenó a prisión perpetua a 15 de los 21 imputados. Hubo, además, condenas de 13 y 12 años de cárcel para tres civiles y un marino que participaron de la cotidianeidad de aquel centro de detención. Y fue absuelto un militar. Los nombres más resonantes de los condenados son los del ex ministro de gobierno Jaime Lamont Smart y el del ex director de Investigaciones de la policía provincial Miguel Etchecolatz. Dice la crónica del día, además, que “por genocidio, por privaciones ilegítimas de la libertad y tormentos, los jueces condenaron a perpetua a casi todos los militares que integraron el Destacamento de Inteligencia 101: Carlos del Señor Hidalgo Garzón, Jorge Di Pascuale, Gustavo Cacivio, Ricardo Fernández, Miguel Angel Amigo, Roberto Balmaceda, Emilio Herrero Anzorena, Carlos Romero Pavón y Anselmo Palavezzati. Luis Perea fue absuelto. Los tres civiles miembros del destacamento, Raúl Ricardo Espinoza, Claudio Raúl Grande y Rufino Batalla, recibieron 13 años de prisión y Juan Carlos Herzberg, 12. Se dictó perpetua para Héctor “Oso” Acuña, uno de los más feroces torturadores de La Cacha y para Isaac Miranda, los únicos dos penitenciarios sometidos a este juicio”.
Salvo el de Miguel Etchecolatz, varios de estos apellidos nos suenan desconocidos. Pero hay dos que acarrean una mochila cargada de símbolos en los cuales vale detenerse. Uno, porque logró el apoyo de la vocería de la civilidad de la dictadura a través del diario La Nación. El otro, porque en un gesto que uno no termina de entender si fue torpeza o el muy definido objetivo de no caer solo, le confesó a Rozanski la vinculación directa de la prensa con el genocidio.
Hace muy poquito - excesivamente poco como para que no impresione- La Nación salió a defender a uno de los suyos y lo hizo así: “Jaime Smart ha sido privado de su libertad sin que haya podido demostrarse su responsabilidad en los hechos que se le imputan. Los procedimientos llevados a cabo en el marco de la lucha contra el terrorismo se realizaban en el más absoluto secreto para los funcionarios civiles de los gobiernos nacional y provinciales.
35 años después, no sólo se desconoce que fue ajeno a los hechos, sino que también se violentaron los principios básicos de la justicia como el de legalidad e irretroactividad de la ley penal.Queda confiar en que se haga justicia y que se disponga el cese de la actual situación del doctor Smart. De lo contrario, no podrá evitarse que muchos entiendan que casi cuarenta años después, Smart (es) perseguido por un gobierno en el que algunos ex terroristas hoy se enseñorean en importantes puestos”. El texto fue un editorial. El título, “La persecución a Jaime Smart”. Y la fecha de publicación, el 23 de septiembre de 2011.
El otro nombre que retumba no tiene la defensa abierta que quizás esperaba de esa prensa de la que supo ser cercano socio. Ante el Tribunal, Palavezzati, ex capitán del Destacamento de Inteligencia 101, explicó uno de los modos en que ciertos medios trabajaban codo a codo con la dictadura. Sus palabras abrieron la puerta para que se investigue la posible sociedad del diario El Día de La Plata con la dictadura. Kraiselburd –y varios, si los Tribunales argentinos se animan- puede seguir los pasos de Vicente Gonzalo Massot en el delito de acción psicológica.
El 8 de febrero de este año, en su declaración pretendidamente auto exculpatoria describió que su principal actividad era la de encargar al diario El Día ya Radio Provincia tareas de recopilación de informaciones para preparar sus informes de inteligencia.“Se hacía un tipo de encuesta en la vía pública, de forma reservada. Eran conversaciones informales. Esa gente no sabía que era una actividad de inteligencia. Se las encargaba a hacer a El Día, no era personal del Destacamento”, dijo. El juez Carlos Rozanski le repreguntó no sin asombro: ´¿O sea que el diario El Día hacía tareas de inteligencia para ustedes?´”. La respuesta fue un intento por minimizar daños “No eran tareas de inteligencia. Eran encuestas para saber el estado de ánimo de la gente”. Se trataba de “saber cómo las decisiones de la Junta Militar influían en la población y… los diarios saben de esas cosas cotidianas´”.
...
Hay algo, aún, en los modos del decir y en la falta de recorrido profundo de la historia reciente, que nos impide destabicarnos para contar mejor. Ya podemos –a fuerza de insistencia de quienes incluso en los momentos más desérticos de la esperanza no bajaron la guardia- hablar de la dictadura como cívico-militar, de sistematización de la muerte, de genocidio y, a veces, hasta somos capaces de salirnos de las historias individuales para mirar todo el film completo.
A los desaparecidos de la democracia, a esos cuerpos que se esfuman luego del asesinato, el secuestro o la golpiza policial aún no podemos ubicarlos del todo en una problemática más general. Hablamos de “casos”. Nos quedamos en la experiencia particular. Y nombramos a Jorge Julio López, a Luciano Arruga, a Mariano Wittis o a Sebastián Verón. Pero no hacemos la línea de puntos que unen aquella experiencia de esta desaparición.
Sebastián Verón quedó inconsciente por los golpes que le propinaron policías de Mendoza. Fue tirado a un risco y abandonado a la suerte de los ojotes, esos caranchos que revolotean sobre lo ya sin vida. El Tribunal de San Rafael juzgó a los responsables de su muerte y condenó al ex comisario Hugo Trendini a 15 años de prisión, por encontrarlo máximo responsable, y dictó penas de entre 10 y 12 años a todos los que participaron del asesinato.
Trendini recuperó pronto la libertad, pero la justicia federal volvió a detenerlo, esta vez, por crímenes de lesa humanidad. Mariano Tripiana, militante de HIJOS no pudo ser más claro: “A Sebastián lo mató la impunidad. Trendini debía estar tras las rejas cumpliendo la condena que merece por la desaparición de mi padre”.
…
Cuando Palavezzatti abrió la boca y decidió hundir al diario El Día no sabía que estaba dándonos a conocer un ejemplo práctico de lo que el Modelo francés teorizó como doctrina de Acción Psicológica, un modo de crimen que la Argentina está recién empezando a darle la forma jurídica que le corresponde.
Porque no es azar; no son tiros al aire. Es un disparo a un blanco específico, a un objetivo definido. Y para apretar el gatillo, quien lo hace, debe tener un enemigo claramente construido. Extremistas subversivos y apátridas que sólo buscan hacer flamear el sucio trapo rojo, valen para un caso; pibes morochos, pobres y con gorrita, sirven para otros. Alguien tuvo que escribir sobre las “bandas del terror”, para que alguien lo leyera y no cuestionara al otro alguien que desaparecía. Alguien tuvo que llamarlo “menor” en lugar de “chico”, para que alguien le tuviera miedo y otro alguien se atreviera a desaparecerlo. Porque no es azar; no son tiros al aire. Es un disparo a un blanco específico. Para apretar el gatillo, alguien debe tener un antagonista, un enemigo claramente construido.
lunes, 20 de octubre de 2014
Programa SF 130 - Daniel Santoro y Javier Grosman - 18 de Octubre de 2014
Del Barrio Evita al infinito.
por Mariana Moyano
por Mariana Moyano
Editorial SF del 18 de octubre de 2014.
“Con la transformación del viejo capitalismo desaparece el internacionalismo obrero. Lo que se internacionaliza es el capital. El agente de cambio revolucionario pasa a ser el nacionalismo colonial. La revolución no se produce en los países más adelantados, sino en los más atrasados”. Rodolfo Walsh escribía este diagnóstico en sus notas personales en 1969; en agosto de 1969, cuando las esquirlas del Cordobazo aún mantenían a los intelectuales y a los cuadros políticos más importantes en vilo en pos de encontrar un diagnóstico lo más exacto posible acerca de lo que la Argentina estaba protagonizando.
Yo estaba por llegar a esta Argentina convulsionada. Faltaban días. Nací bajo el signo del Onganiato. Feo eso. Pero no es mala mía esta vez. Llegué el 8 de octubre. Mi nacimiento estaba previsto para el día anterior y mi madre –híper gorila por esos tiempos; Néstor Kirchner le curó esa enfermedad porque la cautivó desde el mismísimo día en que se candidateó y la posibilidad de jubilarse sellaron a fuego su confianza en el proyecto político pingüino- hizo todo lo posible para que su esperada hija no compartiera fecha de onomástico con “un general de la Nación”, como ella y familia antiperonista llamaban a Juan Domingo Perón.
Nací en Capital Federal pero tenía menos de un año cuando mi morada, la misma que vio transcurrir mi infancia, pasó a ser Ezeiza, más precisamente el Barrio Evita; ese que, visto desde el aire, en una guía Filcar o a través del GoogleEarth ahora, conforma el perfil de Eva Perón con su infaltable rodete. Esas veredas y los chalecitos símil californianos con jardín y árboles altos, con veredas llenas de pibes, con el potrero a dos cuadras de casa y enfrente de mi escuela primaria, con mis amiguitas cerca, muy cerca, se tatuaron para siempre en el arcón de los recuerdos más hermosos de mi vida.
Yo no sabía en ese momento –lo conocería mucho tiempo después y de boca de uno de los artistas que mejor y más conoce del peronismo- que ese barrio había sido inicialmente pensado para que se construyeran en él los prototípicos hogares obreros, pero que fue la propia Eva Perón quien se plantó para que allí hubiese chalecitos con techo a dos aguas, tejas rojas, ventanas con postigos de madera, jardín y verja. Porque los trabajadores no tienen por qué vivir en lugares uniformados por ese estilo de construcción medio stalinista que pinta todo de gris para que aguante el color, parece que indicó.
En aquella casa, en el living de aquella casa, decidí y le comuniqué a mi mamá que quería ser periodista: tenía 4 y uno de mis juegos preferidos era dividirme en dos y ser la reportera que pregunta y la presidenta que responde. Era mitad Mónica Cahen D´Anvers, mitad María Estela Martínez de Perón. Mi madre no paraba de horrorizarse. Había nacido un 8 de octubre, vivíamos en el barrio Evita y su hija había quedado absolutamente conmocionada (y transformaba en juego a su conmoción) por las imágenes televisivas del día del fallecimiento del entonces presidente Juan Domingo Perón, el 1 de julio de 1974. Ese día no hubo escuela ni dibujitos, ni El Zorro. Algo muy importante debía haber pasado para que me cambiasen con tanta brutalidad mi rutina.
“Ningún argentino de más de treinta años puede vivir el peronismo sino como un drama: peronistas y no peronistas, envueltos en ese drama”, escribe Walsh en esos papeles personales también en 1969, pero en diciembre.
Se ve que los astros insistían en alinearse para que la tragedia me persiguiera, a mí, a los de más de treinta en 1969, a las de más de 4 en 1974 y a algunos jóvenes de ahora también. Esos a quienes se escucha corear que: “Ya de bebé… en mi casa había una foto de Perón en la cocina”; que no tienen dudas que seguirán “la doctrina peronista y la bandera de Eva Perón de la cuna hasta la tumba”. Todo eso mezclado en los cánticos con la solicitud de mantenerse “Unidos y Organizados junto a Néstor y Cristina”, con rechazos al ALCA y al FMI, a “todos los gorilas y al monopolio Clarín”.
Pura identidad, pura ratificación, como todo cantito para la arenga. Pero me atrevo a afirmar que parte de lo que cantan no es ciento por ciento cierto, que muchos de ellos ni provienen de hogares peronistas, ni tenían imágenes del líder o de Eva en sus hogares paternos y hasta apuesto que aprendieron la letra de la marcha hace más bien poco.
Pura identidad, pura ratificación, como todo cantito para la arenga. Pero me atrevo a afirmar que parte de lo que cantan no es ciento por ciento cierto, que muchos de ellos ni provienen de hogares peronistas, ni tenían imágenes del líder o de Eva en sus hogares paternos y hasta apuesto que aprendieron la letra de la marcha hace más bien poco.
Pero ahí, en si ese relato es un calco o no de sus realidades individuales, no reside la importancia del fenómeno. El nudo está en que ya no corre aquel tan noventoso “te quedaste en el 45” que hacía las veces de insulto socarrón por parte de quienes habían caído a los pies del uno a uno. Cada vez que se acerca un 17 de octubre recuerdo haber recibido en varias oportunidades durante la segunda década infame ese cínico gesto burlón. Y que hoy una parte importante de la generación actual se reivindique, con orgullo y sin vergüenza, peronista es porque otros aires soplan fuerte.
Otros pibes, que ni vivieron el 45 y vaya uno a saber si había alguna imagen sacralizada y vuelta estampita en sus casa de niños, soñaron un programa de radio allá por el 2009. “Parqué para el asado” le pusieron provocativamente. Ya se nota que el asco al peronismo de los jóvenes de los noventa estaba empezando a irse.
En aquel Barrio Evita hubo de eso: de eso de prender fuego el piso de parqué de los chalecitos californianos. ¿Porque los que vivían ahí eran un ejército de negros de mierda, peronistas e ignorantes incapaces de comprender lo que significa transitar una vivienda de pisos de madera? No. Esa explicación sólo les puede cerrar a los necios, ignorantes, a los poderosos o a los gorilas. El pueblo tiene explicaciones –gusten o no- para hacer lo que hace. Así que no tan fácilmente se puede sacar tarjeta roja.
Otros pibes, que ni vivieron el 45 y vaya uno a saber si había alguna imagen sacralizada y vuelta estampita en sus casa de niños, soñaron un programa de radio allá por el 2009. “Parqué para el asado” le pusieron provocativamente. Ya se nota que el asco al peronismo de los jóvenes de los noventa estaba empezando a irse.
En aquel Barrio Evita hubo de eso: de eso de prender fuego el piso de parqué de los chalecitos californianos. ¿Porque los que vivían ahí eran un ejército de negros de mierda, peronistas e ignorantes incapaces de comprender lo que significa transitar una vivienda de pisos de madera? No. Esa explicación sólo les puede cerrar a los necios, ignorantes, a los poderosos o a los gorilas. El pueblo tiene explicaciones –gusten o no- para hacer lo que hace. Así que no tan fácilmente se puede sacar tarjeta roja.
Yo no recuerdo haber visto la escena en aquella infancia, mientras corría por las veredas al tiempo que paseaba con mis amiguitos por entre los ojos, la nariz y el rodete de alguien a quien yo no sabía que llamaban jefa espiritual de la Nación.
Le escuché el relato por primera vez a Daniel Santoro durante el complicado 2008 de la asechanza campera por la 125. Hablaba el artista del Barrio Evita y le comenté que de niña había vivido allí. Un recuerdo, se ve, le cruzó la mente y contó que a él, Doña Gioconda, una vieja inmigrante procedente de la Italia en guerra que se había instalado en aquel barrio, le había mostrado orgullosa su casa completamente reformada y con los pisos ya no de madera sino brillantes por el mosaico recién desinfectado. “Esto es mucho más limpio. La madera junta bichos. Yo lo sé desde chica. Así que con mi marido cambiamos todo”, le explicó Doña Gioconda. “¿Y con el parqué, qué hicieron?”, le preguntó Santoro conociendo de antemano la respuesta: “Fuego, ¿qué otra cosa íbamos a hacer?”.
En mi casa no habíamos levantado el piso, pero me pareció excepcional saber ya de adulta que había convivido a cuadras, apenas, del mito, del acontecimiento vuelto burla y desprecio por la gorilada que, ante todo, no se preocupa por comprender.
En mi casa no habíamos levantado el piso, pero me pareció excepcional saber ya de adulta que había convivido a cuadras, apenas, del mito, del acontecimiento vuelto burla y desprecio por la gorilada que, ante todo, no se preocupa por comprender.
Mis años de niña volvieron inmediatamente a mi mente la primera vez que pisé Tecnópolis: era inevitable viajar en el tiempo, a la ciudad de La Plata, y pensar que este megaparque sería a los chiquitos de hoy lo que la Ciudad de los niños fue para varias de nuestras generaciones.
En la entrada de aquella primera versión habían ubicado una copia del Pulqui, ese avión que fuera orgullo argentino por su inherente implicancia de que nuestro país estaba a la altura de lo último en tecnología. Los más viejos se detenían nostálgicos a contemplarlo. Los más chicos abrían los ojos con incrédulo asombro cuando un mayor les contaba que sí, que Argentina en algún momento había tenido la capacidad de fabricar aviones.
Hace nada más que 48 horas -a 24 del día más caro a la identidad peronista- este 16 de octubre, Argentina puso en el espacio un satélite comunicacional geoestacionario, el ARSAT1. El sueño de un par de delirantes se hizo. Uno brilla desde el más allá y lo pensó siendo presidente en un país que apenas estaba en condiciones de anhelar la polenta. El otro es a quien los medios más poderosos le han puesto el traje del más malo entre los malos. Lo odian, sencillamente porque los enfrentó. Se llama Guillermo Moreno y él era Secretario de Comunicaciones cuando recibió la orden por parte de Néstor Kirchner y de Julio De Vido, vía decreto 955 de 2005, para cuidar como fuese la órbita que se quería quedar Gran Bretaña y que Argentina estaba a punto de perder por el desastre privatizador que se había hecho, también, en la estratósfera.
Hoy el ARSAT anda ajustando posición y cuando esté a punto servirá para que los sitios que para los privados no son rentables tengan también posibilidades de comunicación, para que cientos de escuelas tengan telefonía y TV satelital, para que, con suerte, podamos mantener una comunicación vía teléfono celular sin estar obligados a hacer la parabólica humana y para que Argentina pueda exportar este tipo de tecnología. Porque por primera vez, nuestro país fabrica, construye, pone a punto, realiza las maniobras de viaje, establece la posición orbital y realiza la operatoria completa de un satélite. Pero esa “heladera” -como lo llamó un mediocre- en el espacio servirá sobre todo, para levantar aún más la cabeza, caminar más erguido, sentir la autoestima mimada y creernos con más fuerza que codo-a-codo la cosa puede ser posible.
Hoy el ARSAT anda ajustando posición y cuando esté a punto servirá para que los sitios que para los privados no son rentables tengan también posibilidades de comunicación, para que cientos de escuelas tengan telefonía y TV satelital, para que, con suerte, podamos mantener una comunicación vía teléfono celular sin estar obligados a hacer la parabólica humana y para que Argentina pueda exportar este tipo de tecnología. Porque por primera vez, nuestro país fabrica, construye, pone a punto, realiza las maniobras de viaje, establece la posición orbital y realiza la operatoria completa de un satélite. Pero esa “heladera” -como lo llamó un mediocre- en el espacio servirá sobre todo, para levantar aún más la cabeza, caminar más erguido, sentir la autoestima mimada y creernos con más fuerza que codo-a-codo la cosa puede ser posible.
Yo ya no tengo 4. No vivo más en el Barrio Evita y mi mamá no es más gorila. He leído y estudiado profundamente a Walsh y mi raciocinio comprende a qué se refería con aquello de la tragedia y con lo del nacionalismo colonial. Entiendo las zonas grises y complejas de la política –trato por lo menos- y sé de qué hablan cuando se refieren a soberanía satelital. Pero no fue eso lo que me puso la piel de gallina cuando miraba la transmisión del lanzamiento. Lo que me dio cabal idea de qué cosa estaba pasando en nuestra patria fueron las palabras de mi hija. Ella acaba de cumplir 4 y mientras mirábamos la tele me gatillaba una pregunta tras otra. Todas de un calibre que ni el CEO del INVAP podría responder. En un momento se quedó en silencio. Estaba pensativa. Hasta que abrió sus ojos inmensos y convencida me dijo: “¡Má, es como Buzz Lightyear. El satélite está yendo al infinito!”. “Si, hijita”, le dije entre lágrimas, “estamos todos yendo al infinito, al infinito y más allá”.
domingo, 12 de octubre de 2014
Programa SF 129 - Maria Laura Garrigós de Rébori y Graciana Peñafort - 11 de Octubre de 2014
Gramsci para todos y todas.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 11 de octubre de 2014
Sepan disculparme los desesperados amantes de la más reciente novedad, quienes ven en ella la única posibilidad de andar el camino. Excúsenme los que creen que lo clásico no es el nudo de la modernidad sino un gesto anacrónico. Pero si queremos decirlo con precisión y rigurosidad, de los que estamos hablando es del bloque dominante, de la estructura, de la superestructura y, sobre todo, de hegemonía.
Estamos viendo, ahí nomás, a los medios de producción; a los medios de comunicación que legitiman y construyen el sentido que necesitan esos medios de producción para que la sociedad los considere lo único posible; a los andamiajes institucionales -los legales- instalados como fenómeno natural y que niegan su característica de construcción histórica; al horror que muestra la minoría de ese bloque de dominación frente a cualquier gesto de los representantes de las mayorías que ponga en duda el statu quo; al sistema financiero, pero sobre todo a su lógica, que además de moverse con dinero virtual, mercantiliza la vida cotidiana al punto de que la propiedad privada es biblia, el resto de los derechos son tema menor y la regla que manda es que a más dinero, menos delito.
Si hay dos zonceras sobre las cuales se ha montado el capitalismo actual y su construcción cultural, éstas son:
1) que el mercado tiene una mano invisible, es decir, no hay sujetos con intereses políticos y económicos detrás y que esos dedos manejan sabiamente los destinos de los pueblos. El autor de la frase es Adam Smith, pero fue Milton Friedman quien la propagó en sus años de gloria. Y por estas pampas, uno que nació en la húmeda y que se dice socialista, anda batiendo el parche con el slogan.
2) Que toda ley para la prensa es una ley contra la prensa. También. La glorificación de una supuesta y falsa autorregulación que pondrá las cosas en orden cuando alguna pieza se desajuste. El textual de Juan Luis Cebrián -en algún momento referente del periodismo libre de la España post Franco y desde 1988 consejero delegado del grupo Prisa- es así: “Toda ley especial para la prensa es una ley contra la prensa”. Se lo dijo a Clarín. Mejor dicho, Clarín lo fue a buscar para que dijese exactamente eso en noviembre de 2009, cuando las papas les empezaban a quemar a ellos. Claro que aquí, aunque no anden específicamente metidos ni Smith, ni Friedman, ni Binner, hay alguito de trampa también.
Y lo notamos cuando nos fuimos a leer una nota del mismo diario y con el mismo sujeto como protagonista en la cual ese vocero del grupo Prisa había sostenido que: “deben intervenir el Gobierno y el Parlamento para morigerar los efectos financieros de la muy mala temporada” y que “se sancione una ley que organice el sector audiovisual”. ¿Había pasado, efectivamente, del socialismo explícito al liberalismo más ruidoso? No. El Grupo que él representa tenía una deuda de 5.000 millones de euros y, entonces, ahí sí. Todos piden, exigen, extorsionan para que aparezca la mano visible del Estado y que les saque del fuego la solanum tuberosum, el tubérculo comestible, la papa de la que hablábamos, bah.
Es que la zancadilla está en la batalla que estamos dando para que el público (entendido como audiencias de rating) pase de una buena vez por todas a ser lo público (una sociedad con mirada crítica); para que las políticas de gobierno (las leyes) pasen de una buena vez por todas a ser políticas de Estado (fundamentos que van más allá de los períodos presidenciales). Y, ¿quién lo dice?, que algún día sean la lógica hegemónica, ese momento en el cual el sentido común se transforma en buen sentido.
El zoológico
Porque son como los caballos con anteojeras: hacia adelante, pase lo que pase alrededor.
Son como pájaros carpinteros y nos taladran: Que “entran por una puerta y salen por la otra”, que “no hay justicia porque no tenemos leyes lo suficientemente duras”, que “la caja” no es un Estado con espalda fuerte sino “un botín con el cual Cristina Fernández quiere comprarse muchas carteras”, que “la plata es la de los jubilados”, que “las leyes”, el nuevo código civil, por ejemplo, “tuvo trámite exprés”, y que “las leyes están para cumplirlas”, si se trata del fallo del juez municipal Griesa, pero que “cumplir la ley es ir en contra de la libertad de expresión”, si se refieren a la LSCA”. Agotan.
Son como buitres: rondan y esperan que la sangre se coagule para meter el diente.
Son como caranchos: en la miseria y la mugre es donde sacan ganancia.
Son como perritos falderos: les encanta que a los jueces que a ellos les sirven se les siga diciendo “su señoría”; a esos magistrados que le caen con todo el peso a un ladrón con moto, pero que absuelven a quien sometió al país a una deuda impagable.
Son como teros: chillan por una supuesta pesificación de los dólares ahorrados o porque –según inventan- el mismísimo Ministro de Justicia podría ir banco por banco quedándose con el contenido de cada una de las cajas de seguridad.
Son como arañas: tejen redes que uno no sabe hasta dónde llegan. Porque van de Paul Singer y la Elliot Management a la Twenty-First Century Fox; de Rupert Murdoch al JP Morgan; de la empresa de almacenamiento de datos EMC Corporation al incendio de Iron Mountain; de Goldman Sachs y Bank of New York Mellon a Interpublic; de IPG Mediabrands a MAGNA global. Y de todo eso a A +E Networks, AOL, Clear Channel Media and Entertainment y Cablevisión. Sí, así como suena, como lo dije ya y como no debemos cansarnos de reiterarlo, a esa zona común donde Clarín y Paul Singer se vuelven socios comerciales.
Son pulpos. Pero pulpos obscenos, lascivos, que tienen sociedades comerciales ligadas de modo ilegal y con tentáculos que llegan hasta el último de los miembros del propio bufete de abogados. Y como en toda pornografía, siempre hay un momento de orgía, como ese en que vimos cómo las flechas juntaban a todos con todos.
Son pirañas: trabajan por separado pero para comerse lo mismo. Mientras, nos aseguran, juran y perjuran que nada tienen que ver entre sí aunque por escrito ellos mismos expliciten que: “el comprador no podrá vender ni transferir por 6,7 u 8 años; que el grupo Clarín será el único que en ese plazo podrá readquirir los servicios vendidos; que vencido ese plazo el Grupo Clarín tendrá derecho preferencial para comprar cuando el cesionario decida vender; que el cesionario estará obligado a construir una prenda a favor del Grupo Clarín sobre las acciones; que habrá exclusividad del Grupo Clarín en el suministro de contenido a las señales televisivas vendidas y que el Grupo Clarín recibirá una comisión de más del 80% de la venta bruta de las señales”. Nada, hace cuac y tiene pico. No hay que ser muy astuto ni paranoide para darse cuenta que es un pato.
Son como hienas porque sin ponerse colorados usan como eje argumental el slogan “TN puede desaparecer” o “la adecuación es forzosa” sin que se les mueva un músculo.
A uno le corre frío por la espalda, se le hiela la sangre. Porque no paran, porque esperan vernos muertos para comer, porque son obsecuentes, porque engañan, porque tejen, y porque parecen sonreírse cuando nosotros nos horrorizamos de que a ellos las palabras “desaparición” y “forzosa” se les caigan con tanta facilidad de la boca. Uno, a esos términos, los guarda, los cobija, los cuida para cuando deba dar cuenta o testimonio del más espantoso horror atravesado.
Nombrar en la ESMA
En estos días, mientras pasaban cosas, en otros sitios, pasaban cosas. En la Ex ESMA, allí donde uno toma real dimensión de qué fue desaparición y qué fue lo forzoso, se realizó un Encuentro Internacional de Medios y Democracia. La necesidad era la de compartir experiencias con otros de otros países a quienes les pasa lo mismo pero que, como nos quieren tabicados para que perdamos perspectiva, a veces necesitamos estar hombro con hombro para darnos cabal cuenta. La excusa, los 5 años de la sanción de una ley que –como tantas- habla de bastante más que de lo que su articulado refiere.
Podríamos decir que hubo paneles sobre Estado, diversidad, periodismo, medios, concentración, gestión, audiencias, ficción, nuevas tecnologías, narrativas transmedia y políticas de inclusión. Podríamos decir que vino gente de todo el mundo. Podríamos decir que se notaba el interés.
Pero mejor que decir es decirnos.
Teresa Parodi cerró el Encuentro. Fue como Ministra de Cultura, pero habló como artista, con esa sensibilidad y capacidad de llevarnos a través de su relato de un modo que jamás un funcionario liso y llano podrá. Nos conmovió porque habló desde las entrañas, desde el corazón. Nos contó que desde la insolencia, desde la impertinencia de su juventud se le acercó por aquellos años a una mujer guaraní para casi exigirle que se sumara a su lucha militante y que siguiera su necesidad de cambiar el mundo ya.
Y esa mujer, con historia a cuestas, se le plantó, le respondió, le dijo, se dijo, esto que Teresa escribió “para aprender, para recordar y para saber qué decirme y con qué defenderme cuando vinieran por mí”.
"No digas de mí sin mí. / Mi voz sabrá cantar sobre tu imperio,
imperio de mostrar y decidir / lo que te sirve para reinar aquí.
Mi yo te niega ese derecho, / mi yo es mi pueblo
y no te da lugar, ni te permite / imponer tu voluntad ajena
a mi sentido último y primero.
Me levanto y te digo: / soy quien marca esta huella,
huele este limo, / habla esta lengua, / sabe este saber,
reina en este reino / donde todo me nombra,
donde todo me dice / el lugar de donde vengo.
Desconozco tu signo, / tu señal que me ciega.
Yo me llamo, / yo me nombro, / soy mi pueblo
Y elijo / y elijo / y vuelvo a elegir
estar viva”.
domingo, 5 de octubre de 2014
sábado, 27 de septiembre de 2014
Programa SF 127 - Mara Brawer - 27 de septiembre de 2014
Buitres, caranchos y arañas: la vinculación de Clarín con Paul Singer
Por Mariana Moyano
Editorial SF del 27 de Septiembre de 2014
Buitres. The New Yorker es una revista, ya, mítica. En esa publicación, Truman Streckfus Persons -más conocido por adoptar como propio el apellido del segundo marido de su madre, un cubano llamado Joe García Capote- volvió objeto de carroña a una amistad de tiempo y cometió allí su primer acto público de traición.
“Abusó de mi confianza. Le abrí mi corazón de amigo y él me lo devoró. No quiero tener nunca más trato con caníbales”. Así de terminante fue Marlon Brando luego de ser entrevistado en Tokio por su –hasta ese reportaje- entrañable Truman Capote. El escritor, cuenta Tomás Eloy Martínez, en una de las más memorables crónicas sobre este gigante de la non fiction, “tuvo con el actor un par de sesiones de ocho horas. Hacia el final de la segunda, el whisky los tornó íntimos y se internaron en una selva de confidencias. Brando habló incansablemente de las borracheras de su madre, que caminaba tras él, de rodillas, suplicándole que le hiciera el amor. Aún en aquellas épocas progresistas, el incesto asustaba como un monstruo de feria, sobre todo cuando alguien lo escribía”.
Brando hizo una demanda por calumnia. Capote demostró que sus “revelaciones podían ser canallescas pero eran ciertas. ´Jamás lo engañé -replicó-. Al menos un par de veces durante cada encuentro le recordé que yo estaba allí para escribir un reportaje. Es verdad que me alimenté de su carne humana. Pero fue él quien me la puso en la boca´”.
1965 fue, definitivamente, su año. “A sangre fría” lo volvió una estrella. Para los Estados Unidos eso que –sólo que no con acento en la psicología individual, sino en la poderosísima noción política de retratar a algunos para contarnos a todos- Rodolfo Walsh había hecho en la Argentina era aún ignoto en el Norte y Capote fue así para ellos el primero en surfear entre varios géneros. La crítica, escribió Tomás Eloy en 2004, “no entendía muy bien la piadosa comprensión con que Capote se acercaba a los asesinos de su relato, enamorándose de uno de ellos, pero se lo perdonaron, porque no había cruzado aún ningún límite”.
Capote pasó de largo de lo que su ex amigo Brando llamó traición y fue más lejos. Pero recién en 1984 terminó de darle acabada forma a lo que ya venía sugiriendo: “a la libertad con que vivía le faltaba mucho para ser absoluta. No había bebido suficiente ácido de los abismos. Se acercaba a la realidad con escrúpulos en lugar de mancharse de sangre”, dijo. “La moral de los buitres” fue el nombre que Tomás Eloy dio a esto que Capote terminaría de completar cuando respondió que: “Me gustaría reencarnar en un pájaro, preferentemente en un buitre. El buitre no tiene que preocuparse por su apariencia, ni por su habilidad para seducir y agradar. No tiene que darse importancia. Nadie lo querrá de todos modos: es feo, indeseable, mal recibido en todas partes. La libertad que eso ofrece es envidiable”.
El buitre se vuelve así sustantivo pero también atributo. Es la naturaleza obligando a actuar cuando la carne empieza a corromperse, pero es también ese sujeto cuya transformación hace que lo corrupto no sea sólo su alimento sino su propia alma y razón de ser.
Caranchos. Ernestina Laura Herrera de Noble no es de escribir mucho, aunque el diario le pertenezca. Saludos de ocasión en algún aniversario y aquella recordada carta luego de que el entonces juez Roberto Marquevich se atreviera, allá por 2002, a poner patas para arriba lo más firme de lo imperante. Después de que la irregularidad de la llegada de los antes bebés pasara de ser secreto mencionado en voz baja a sospecha nacional, se guardó.
Héctor Horacio Magnetto tampoco hace muchos textos públicos. Él da órdenes y de las que no se dictan por escrito. Pero en 1997 cuando la impunidad y la inmunidad parecían conquistas ya selladas, los dos nos dieron clase de valores a través de lo que dieron en llamar su “Manual de Estilo”.
“Ha pasado más de medio siglo desde que Roberto Noble sentó las bases de un diario en el que la independencia de criterio, la seriedad profesional y el compromiso con el país fueran los pilares de su propuesta periodística”, escribió la viuda. “Este Manual resume lo que es el periodismo de Clarín. Detalla nuestro compromiso editorial con los argentinos. Explicita de qué manera asumimos cotidianamente la ética, el rigor profesional y la calidad periodística”, sostuvo el CEO. Páginas 12 y 14 de un libro inhallable, un material que se han ocupado de quitar de las estanterías, de esconder.
Se horrorizaron estos días porque un conductor todoterreno le dio minutos de aire a un chorro de los que andan en moto. Lo pusieron por escrito, en las redes sociales y el conductor del noticiero de la noche del canal de aire que manejan se mostró indignado por el accionar de su colega de América. Pero no les había parecido mal lo de días previos. Porque la paja en el ojo ajeno… ¿Y la viga? Bien, gracias. No la ven.
El 13 de septiembre -con la certeza en el corazón, pero sin el cuerpo aún como prueba- la crónica sin firma -o sea, la de un cobarde o de todos los del diario de las soluciones argentinas para los problemas locales- no se había privado de nada:
“Una fanática de los boliches, que abandonó la secundaria”, fue el título. “Melina es la mayor de cuatro hermanos. Su papá, ex policía, tiene poco contacto con ellos”, la bajada. La ilustración, una selfie sexy y con el pretendidamente absolutorio “la publicó la adolescente en uno de sus perfiles en Facebook”. Y la crónica arrancaba así: “La vida de Melina Romero, de 17 años, no tiene rumbo. Hija de padres separados, dejó de estudiar hace dos años y desde entonces nunca trabajó. Según sus amigos, suele pasarse la mayoría del tiempo en la calle con chicas de su edad o yendo a bailar, tanto al turno matiné como a la noche, con amigos más grandes. En su casa nadie controló jamás sus horarios y más de una vez se peleó con su mamá y desapareció unos días”.
Hacía poquito, demasiado poquito, habían comido carne putrefacta en la misma editorial, pero desde la ventanilla de MUY, oportunidad en la cual nos obligaron a ver a Ángeles Rawson muerta entre la basura. 25000 pesos les habían pedido por las fotos. 5000 terminaron pagando, según informaron los portales que se ocupan de este tipo de datos.
“Formamos parte de una civilización en la que la violencia y la muerte han tenido un componente importante de espectáculo ejemplar. La pena de muerte se ejecutaba antiguamente en público para que sirviese de ejemplo, pero también porque era un gran espectáculo para el pueblo. El sustituto moderno de la guillotina o del garrote vil son hoy las imágenes que difunden la industria del cine y de la televisión destinadas a representar, con mayor o menor realismo, toda la gama imaginable de violencia entre las personas”.
Este párrafo pertenece a un trabajo de Monserrat Quesada, una catedrática de Periodismo de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona. En ese texto también se afirma que: “el mal es un gancho que atrae multitudes y eso se sabía desde siempre, pero (…) los récords de audiencia todavía nos siguen sorprendiendo. Cuanta más maldad encierra un mensaje más fascinación despierta. Y esa fascinación explica el que un canal de televisión acepte asistir y grabar la matanza de un psicópata asesino para después ofrecerla abriendo su informativo estrella. 0 que en Los Ángeles se ganen bien la vida los llamados stringers -reporteros buitres-, cuyo trabajo consiste en sobrevolar con helicópteros, equipados con potentísimas cámaras de infrarrojos. Estos reporteros buitres venden su material a las televisiones norteamericanas que no imponen ningún control ético a la información que compran. La difusión de esos reportajes a menudo infringe las normas más básicas del código deontológico de los periodistas y, lo que es aún peor, muchas veces también hiere gravemente la sensibilidad de los telespectadores al proporcionarles unas imágenes del todo innecesarias para considerarse y sentirse ciudadanos correctamente informados”.
El artículo es del año 2000 y Cristina Fernández no lo leyó. Seguro. Pero ella intuye bien. Porque es sensible y está atenta. En el mismo sitio donde hace unos años otro líder latinoamericano se atrevió a meterse con el mismísimo diablo y mencionar cuánto quedaba del potente olor a azufre aún después de que el humano Lucifer se hubiese retirado, la Presidenta argentina se metió con los buitres financieros. Pero dedicó tiempo también a la mecánica cinematográfica de la carroña: “Ahora es el ISIS –dijo ella- este nuevo engendro terrorista que ha aparecido degollando gente por televisión en verdaderas puestas en escena, que uno se pregunta cómo, desde dónde… Me he vuelto absolutamente desconfiada y veo que las cosas que pasan por televisión, en las series que tanto nos entretienen, son pequeñas ficciones al lado de la realidad que tenemos que vivir hoy como mundo”.
Lo de Melina había sido espantoso. Carroñoso. De buitre, o de –al decir de Noé Jitrik- “especies criollas de bastante bien ganado prestigio: chimangos y caranchos, también predadores y carroñeros, pero más pequeños”. No les había sido suficiente con hablar de fiesta para referirse a los últimos momentos de la adolescente. Lo pusieron en la tapa y sin comillas. Porque no pensaron en violencia. Pensaron en festejo, en celebración. Lo de sexual venía como secundario y ni siquiera sugerían que la piba había dicho que no y que por eso, probablemente, la habían molido a palos.
A ellos eso no les importa. Porque ellos sobrevuelan. Buscan la sangre, la de Melina o la de Ángeles. O si no alcanza con mujeres que desaparecen y se vuelven aparecidas entre la basura, vale otro espanto espectacularizado: “Un nuevo video muestra otra masacre del ISIS. Las víctimas son unos trescientos soldados kurdos capturados en el norte de Siria”. Servidito en la web; listo para darle play. Secuestrados semidesnudos y obligados a correr. Eso sí, antes de llegar al morbo hay que quedarse ante la propaganda (sí, propaganda, le digo, no publicidad, porque aquí si algo cabe es la definición leninista) de El Gran DT, un juego de la industria cultural del grupo que no es otra cosa aquí que un sponsoreo de los asesinatos.
Uno busca. Escudriña qué les provoca presentar así las noticias. Para ellos son situaciones, casos, notas, realidades. Pero toda esta sangre es de segunda categoría. No merece, según su criterio, un rinconcito bajo el paraguas temático –cintillo le decimos en periodismo a esa línea por encima del título que hace las veces de subsección- de la “inseguridad”. Esa gigante, inmensa palabra sólo abarca aquello –venga con homicidio o no- vinculado con la propiedad privada.
La primera causa de muerte en la Argentina se la disputan los asesinatos intrafamiliares y los mal llamados accidentes de tránsito. Pero de eso no debemos sentirnos “inseguros”. Lo único que debe atemorizarnos es si alguien quiere nuestra billetera. La vida vale más cuando se la lleva un chorro. Si es femicidio o la muerte llega porque el mundo está estallando por los los aires, pues serán contingencias, excepcionalidades del planeta que nos toca. La violación de Rocío; la muerte de la nena de 3 años golpeada y abusada por su madre y padrastro; el padecimiento de la beba encontrada en una alcantarilla junto a su mamá ya fallecida; el bombardeo a civiles, en especial a mujeres y a niños sobre la franja de Gaza; los degüellos de un grupo cuya procedencia aún no llegamos a comprender cabalmente, no son acontecimientos por los cuales debamos detenernos a pensar en lo inseguro que se ha vuelto nuestro mundo. No, no. Porque ahí no hubo entraderas.
Y, encima, se ve que a alguno le llegó al oído una queja o cierta molestia. Entonces, apelaron al rictus, se presentaron con hombros erguidos y rostro circunspecto y recurrieron a lo más canalla, hipócrita y nauseabundo de lo políticamente correcto: “Brutal femicidio”, rotularon; igual que hace 15 años cuando escribieron “violenta violación”.
Les quisiera preguntar, estimados periodistas varones y colegas mujeres carentes de perspectiva, ¿existe acaso, creen ustedes, la más mínima posibilidad de un femicidio que no sea brutal?, ¿puede alguien, alguna mujer, ser violada sin que medie la violencia? Disculpen, pero quería trasladarles la pregunta.
Arañas. Una vez, hace unos años, me mandaron a la mierda por usarlo tan abrupta y directamente como disparador de la discusión sobre el estado de putrefacción del periodismo. Fue antes del 2001. Eran otros tiempos. Ahora lo puedo citar sin que nadie se horrorice. Se trata de un párrafo del libro “El periodista y el asesino”, de la reportera con capacidad de autocrítica Janet Malcom: “Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento. (…) Los periodistas justifican su traición de varias maneras. Los más pomposos hablan de libertad de expresión y dicen que ´el público tiene derecho a saber´; los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida”.
“La chica que nos gusta”, como alguien la llamó, encendió todas las señales de alerta que pudo. Sobre los medios y sobre las variopintas especies de aves de rapiña: con ese verde tan años 50 como fondo, desde el impecable edificio de la sede de Nueva York; en la conferencia de prensa que los propios periodistas que la protagonizaron a duras penas pudieron seguir o desde su cuenta de twitter. Parecía aullar: “¡Vinculen, muchachos!”, “¡Unan un tema con otro porque si no siempre serán la gilada del batallón!”, nos gritaba el encadenamiento de sus palabras.
Porque esta es una buitres y de caranchos, pero también de arañas, de las que tejen la red. Paul Singer es el dueño de mucho, entre tantas varias cosas, de fondos de inversión que compran y venden empresas, objetos, gerentes y también medios. Vendió sus acciones en Time Warner –la dueña de TNT, CNN, HBO y Warner Bros–, y se metió en otro gigante, de esos que colonizan con información y con entretenimiento: la Twenty-First Century Fox. Ya lleva ganado 4% por el precio de cada acción. Construyendo imaginarios no le ha ido nada mal.
El dinerito de Singer a través de Elliot Management Corporation en Fox lo asocia con el mayor accionista de la cadena, News Corp, o sea, Rupert Murdoch, pero también con el JP Morgan Chase. Murdoch y Singer son, se sabe, dos buenos aportantes a las arcas republicanas siempre encargadas de atender que Obama se mueva hacia la dirección que la derecha así lo haya decidido.
News Corp es, además, propietaria del Grupo Dow Jones, poseedor del diario The Wall Street Journal, una de las "biblias" (como le dice Ramón Reig) del neoliberalismo junto con el británico The Financial Times. Y aunque estos medios compitan en la primicia, entre bueyes no hay cornada y es por eso que ambos comparten la propiedad de la mayor editorial del mundo: Penguin Random House, quien hace poquito compró, salvo Santillana, todas las editoriales al grupo PRISA.
Este verano, Elliott Management invirtió mil millones de dólares para adquirir acciones de EMC Corporation, una de las seis empresas de almacenamiento de datos más importantes de los Estados Unidos, con una facturación de 23.200 millones de dólares y una filial en Argentina y con algunos importantes papelitos “casualmente” vueltos cenizas en el incendio de Iron Mountain. Lo curioso es que EMC ha sido acusada en no pocas ocasiones de colaborar con la NSA, la agencia de espionaje de EEUU, y tiene entre sus accionistas a BlackRock Institutional Trust Company, N.A., Goldman Sachs Group, Inc. y Bank of New York Mellon Corporation. O sea, los que nos cuentan las costillas y quienes tienen hoy los depósitos hechos por los argentinos para los bonistas. Hasta Griesa parece que vio el ridículo y aplicó su lógica delirante de que por “segunda vez”, pero por “única vez” (¿?) el Citi puede pagarles a otros bonistas lo que Argentina les depositó.
Pero hay un dato que falta y es donde más vemos la costura, donde la red de la araña hace hilacha: Singer compró el 6,7 % (570 millones de dólares) de Interpublic, la nave nodriza de las enormes agencias de publicidad Mc Cann y FCB (Foote, Cone & Belding, fundada en 1873 y la tercera en importancia a nivel mundial). Pero hete aquí un dato de esta trama –que si no fuese red, sería novela- que da de lleno en el corazón argentino: Según Reuters, el valor de la empresa es de 8.400 millones de dólares y sus inversiones superan los 25 mil millones de dólares y esa montaña de dinero está ahí porque fue utilizada para que Interpublic IPG creara IPG Mediabrands una estructura para medir las inversiones en medios de varios clientes. La planificación global de las nuevas tecnologías se volvió urgencia para algunos mega grupos oligopólicos y en 2013 desde estas empresas crearon MAGNA, un consorcio que trabaja en conjunto para acelerar soluciones en la adquisición de la estructura digital de los medios audiovisuales. Los fundadores de toda esta red fueron A +E Networks, AOL, Clear Channel Media and Entertainment y Cablevisión.
Sí, así como suena, es Interpublic la empresa donde Cablevisión y Elliot se vuelven socios, donde Clarín y Paul Singer poseen una zona común.
Inmortales e inmorales. Tomás Eloy Martínez finalizó aquel texto sobre Capote con la siguiente afirmación: “ni a Faulkner ni a él les importaba ser condenados por la historia. Sólo estaban atentos a su obra, es decir, a ese banquete de buitres en el que cualquier realidad, hasta la más insulsa, (podía) transfigurarse en palabras inmortales”.
Capote no está para escribirla, pero que nadie nos calle para contarla. Porque a éstos tampoco les importa ser condenados por la historia, también están atentos a su obra y también quieren banquete de buitre, sólo que no de palabras inmortales, sino de nada insulsas realidades que se vuelven inmorales.
Por Mariana Moyano
Editorial SF del 27 de Septiembre de 2014
Buitres. The New Yorker es una revista, ya, mítica. En esa publicación, Truman Streckfus Persons -más conocido por adoptar como propio el apellido del segundo marido de su madre, un cubano llamado Joe García Capote- volvió objeto de carroña a una amistad de tiempo y cometió allí su primer acto público de traición.
“Abusó de mi confianza. Le abrí mi corazón de amigo y él me lo devoró. No quiero tener nunca más trato con caníbales”. Así de terminante fue Marlon Brando luego de ser entrevistado en Tokio por su –hasta ese reportaje- entrañable Truman Capote. El escritor, cuenta Tomás Eloy Martínez, en una de las más memorables crónicas sobre este gigante de la non fiction, “tuvo con el actor un par de sesiones de ocho horas. Hacia el final de la segunda, el whisky los tornó íntimos y se internaron en una selva de confidencias. Brando habló incansablemente de las borracheras de su madre, que caminaba tras él, de rodillas, suplicándole que le hiciera el amor. Aún en aquellas épocas progresistas, el incesto asustaba como un monstruo de feria, sobre todo cuando alguien lo escribía”.
Brando hizo una demanda por calumnia. Capote demostró que sus “revelaciones podían ser canallescas pero eran ciertas. ´Jamás lo engañé -replicó-. Al menos un par de veces durante cada encuentro le recordé que yo estaba allí para escribir un reportaje. Es verdad que me alimenté de su carne humana. Pero fue él quien me la puso en la boca´”.
1965 fue, definitivamente, su año. “A sangre fría” lo volvió una estrella. Para los Estados Unidos eso que –sólo que no con acento en la psicología individual, sino en la poderosísima noción política de retratar a algunos para contarnos a todos- Rodolfo Walsh había hecho en la Argentina era aún ignoto en el Norte y Capote fue así para ellos el primero en surfear entre varios géneros. La crítica, escribió Tomás Eloy en 2004, “no entendía muy bien la piadosa comprensión con que Capote se acercaba a los asesinos de su relato, enamorándose de uno de ellos, pero se lo perdonaron, porque no había cruzado aún ningún límite”.
Capote pasó de largo de lo que su ex amigo Brando llamó traición y fue más lejos. Pero recién en 1984 terminó de darle acabada forma a lo que ya venía sugiriendo: “a la libertad con que vivía le faltaba mucho para ser absoluta. No había bebido suficiente ácido de los abismos. Se acercaba a la realidad con escrúpulos en lugar de mancharse de sangre”, dijo. “La moral de los buitres” fue el nombre que Tomás Eloy dio a esto que Capote terminaría de completar cuando respondió que: “Me gustaría reencarnar en un pájaro, preferentemente en un buitre. El buitre no tiene que preocuparse por su apariencia, ni por su habilidad para seducir y agradar. No tiene que darse importancia. Nadie lo querrá de todos modos: es feo, indeseable, mal recibido en todas partes. La libertad que eso ofrece es envidiable”.
El buitre se vuelve así sustantivo pero también atributo. Es la naturaleza obligando a actuar cuando la carne empieza a corromperse, pero es también ese sujeto cuya transformación hace que lo corrupto no sea sólo su alimento sino su propia alma y razón de ser.
Caranchos. Ernestina Laura Herrera de Noble no es de escribir mucho, aunque el diario le pertenezca. Saludos de ocasión en algún aniversario y aquella recordada carta luego de que el entonces juez Roberto Marquevich se atreviera, allá por 2002, a poner patas para arriba lo más firme de lo imperante. Después de que la irregularidad de la llegada de los antes bebés pasara de ser secreto mencionado en voz baja a sospecha nacional, se guardó.
Héctor Horacio Magnetto tampoco hace muchos textos públicos. Él da órdenes y de las que no se dictan por escrito. Pero en 1997 cuando la impunidad y la inmunidad parecían conquistas ya selladas, los dos nos dieron clase de valores a través de lo que dieron en llamar su “Manual de Estilo”.
“Ha pasado más de medio siglo desde que Roberto Noble sentó las bases de un diario en el que la independencia de criterio, la seriedad profesional y el compromiso con el país fueran los pilares de su propuesta periodística”, escribió la viuda. “Este Manual resume lo que es el periodismo de Clarín. Detalla nuestro compromiso editorial con los argentinos. Explicita de qué manera asumimos cotidianamente la ética, el rigor profesional y la calidad periodística”, sostuvo el CEO. Páginas 12 y 14 de un libro inhallable, un material que se han ocupado de quitar de las estanterías, de esconder.
Se horrorizaron estos días porque un conductor todoterreno le dio minutos de aire a un chorro de los que andan en moto. Lo pusieron por escrito, en las redes sociales y el conductor del noticiero de la noche del canal de aire que manejan se mostró indignado por el accionar de su colega de América. Pero no les había parecido mal lo de días previos. Porque la paja en el ojo ajeno… ¿Y la viga? Bien, gracias. No la ven.
El 13 de septiembre -con la certeza en el corazón, pero sin el cuerpo aún como prueba- la crónica sin firma -o sea, la de un cobarde o de todos los del diario de las soluciones argentinas para los problemas locales- no se había privado de nada:
“Una fanática de los boliches, que abandonó la secundaria”, fue el título. “Melina es la mayor de cuatro hermanos. Su papá, ex policía, tiene poco contacto con ellos”, la bajada. La ilustración, una selfie sexy y con el pretendidamente absolutorio “la publicó la adolescente en uno de sus perfiles en Facebook”. Y la crónica arrancaba así: “La vida de Melina Romero, de 17 años, no tiene rumbo. Hija de padres separados, dejó de estudiar hace dos años y desde entonces nunca trabajó. Según sus amigos, suele pasarse la mayoría del tiempo en la calle con chicas de su edad o yendo a bailar, tanto al turno matiné como a la noche, con amigos más grandes. En su casa nadie controló jamás sus horarios y más de una vez se peleó con su mamá y desapareció unos días”.
Hacía poquito, demasiado poquito, habían comido carne putrefacta en la misma editorial, pero desde la ventanilla de MUY, oportunidad en la cual nos obligaron a ver a Ángeles Rawson muerta entre la basura. 25000 pesos les habían pedido por las fotos. 5000 terminaron pagando, según informaron los portales que se ocupan de este tipo de datos.
“Formamos parte de una civilización en la que la violencia y la muerte han tenido un componente importante de espectáculo ejemplar. La pena de muerte se ejecutaba antiguamente en público para que sirviese de ejemplo, pero también porque era un gran espectáculo para el pueblo. El sustituto moderno de la guillotina o del garrote vil son hoy las imágenes que difunden la industria del cine y de la televisión destinadas a representar, con mayor o menor realismo, toda la gama imaginable de violencia entre las personas”.
Este párrafo pertenece a un trabajo de Monserrat Quesada, una catedrática de Periodismo de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona. En ese texto también se afirma que: “el mal es un gancho que atrae multitudes y eso se sabía desde siempre, pero (…) los récords de audiencia todavía nos siguen sorprendiendo. Cuanta más maldad encierra un mensaje más fascinación despierta. Y esa fascinación explica el que un canal de televisión acepte asistir y grabar la matanza de un psicópata asesino para después ofrecerla abriendo su informativo estrella. 0 que en Los Ángeles se ganen bien la vida los llamados stringers -reporteros buitres-, cuyo trabajo consiste en sobrevolar con helicópteros, equipados con potentísimas cámaras de infrarrojos. Estos reporteros buitres venden su material a las televisiones norteamericanas que no imponen ningún control ético a la información que compran. La difusión de esos reportajes a menudo infringe las normas más básicas del código deontológico de los periodistas y, lo que es aún peor, muchas veces también hiere gravemente la sensibilidad de los telespectadores al proporcionarles unas imágenes del todo innecesarias para considerarse y sentirse ciudadanos correctamente informados”.
El artículo es del año 2000 y Cristina Fernández no lo leyó. Seguro. Pero ella intuye bien. Porque es sensible y está atenta. En el mismo sitio donde hace unos años otro líder latinoamericano se atrevió a meterse con el mismísimo diablo y mencionar cuánto quedaba del potente olor a azufre aún después de que el humano Lucifer se hubiese retirado, la Presidenta argentina se metió con los buitres financieros. Pero dedicó tiempo también a la mecánica cinematográfica de la carroña: “Ahora es el ISIS –dijo ella- este nuevo engendro terrorista que ha aparecido degollando gente por televisión en verdaderas puestas en escena, que uno se pregunta cómo, desde dónde… Me he vuelto absolutamente desconfiada y veo que las cosas que pasan por televisión, en las series que tanto nos entretienen, son pequeñas ficciones al lado de la realidad que tenemos que vivir hoy como mundo”.
Lo de Melina había sido espantoso. Carroñoso. De buitre, o de –al decir de Noé Jitrik- “especies criollas de bastante bien ganado prestigio: chimangos y caranchos, también predadores y carroñeros, pero más pequeños”. No les había sido suficiente con hablar de fiesta para referirse a los últimos momentos de la adolescente. Lo pusieron en la tapa y sin comillas. Porque no pensaron en violencia. Pensaron en festejo, en celebración. Lo de sexual venía como secundario y ni siquiera sugerían que la piba había dicho que no y que por eso, probablemente, la habían molido a palos.
A ellos eso no les importa. Porque ellos sobrevuelan. Buscan la sangre, la de Melina o la de Ángeles. O si no alcanza con mujeres que desaparecen y se vuelven aparecidas entre la basura, vale otro espanto espectacularizado: “Un nuevo video muestra otra masacre del ISIS. Las víctimas son unos trescientos soldados kurdos capturados en el norte de Siria”. Servidito en la web; listo para darle play. Secuestrados semidesnudos y obligados a correr. Eso sí, antes de llegar al morbo hay que quedarse ante la propaganda (sí, propaganda, le digo, no publicidad, porque aquí si algo cabe es la definición leninista) de El Gran DT, un juego de la industria cultural del grupo que no es otra cosa aquí que un sponsoreo de los asesinatos.
Uno busca. Escudriña qué les provoca presentar así las noticias. Para ellos son situaciones, casos, notas, realidades. Pero toda esta sangre es de segunda categoría. No merece, según su criterio, un rinconcito bajo el paraguas temático –cintillo le decimos en periodismo a esa línea por encima del título que hace las veces de subsección- de la “inseguridad”. Esa gigante, inmensa palabra sólo abarca aquello –venga con homicidio o no- vinculado con la propiedad privada.
La primera causa de muerte en la Argentina se la disputan los asesinatos intrafamiliares y los mal llamados accidentes de tránsito. Pero de eso no debemos sentirnos “inseguros”. Lo único que debe atemorizarnos es si alguien quiere nuestra billetera. La vida vale más cuando se la lleva un chorro. Si es femicidio o la muerte llega porque el mundo está estallando por los los aires, pues serán contingencias, excepcionalidades del planeta que nos toca. La violación de Rocío; la muerte de la nena de 3 años golpeada y abusada por su madre y padrastro; el padecimiento de la beba encontrada en una alcantarilla junto a su mamá ya fallecida; el bombardeo a civiles, en especial a mujeres y a niños sobre la franja de Gaza; los degüellos de un grupo cuya procedencia aún no llegamos a comprender cabalmente, no son acontecimientos por los cuales debamos detenernos a pensar en lo inseguro que se ha vuelto nuestro mundo. No, no. Porque ahí no hubo entraderas.
Y, encima, se ve que a alguno le llegó al oído una queja o cierta molestia. Entonces, apelaron al rictus, se presentaron con hombros erguidos y rostro circunspecto y recurrieron a lo más canalla, hipócrita y nauseabundo de lo políticamente correcto: “Brutal femicidio”, rotularon; igual que hace 15 años cuando escribieron “violenta violación”.
Les quisiera preguntar, estimados periodistas varones y colegas mujeres carentes de perspectiva, ¿existe acaso, creen ustedes, la más mínima posibilidad de un femicidio que no sea brutal?, ¿puede alguien, alguna mujer, ser violada sin que medie la violencia? Disculpen, pero quería trasladarles la pregunta.
Arañas. Una vez, hace unos años, me mandaron a la mierda por usarlo tan abrupta y directamente como disparador de la discusión sobre el estado de putrefacción del periodismo. Fue antes del 2001. Eran otros tiempos. Ahora lo puedo citar sin que nadie se horrorice. Se trata de un párrafo del libro “El periodista y el asesino”, de la reportera con capacidad de autocrítica Janet Malcom: “Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento. (…) Los periodistas justifican su traición de varias maneras. Los más pomposos hablan de libertad de expresión y dicen que ´el público tiene derecho a saber´; los menos talentosos hablan sobre arte y los más decentes murmuran algo sobre ganarse la vida”.
“La chica que nos gusta”, como alguien la llamó, encendió todas las señales de alerta que pudo. Sobre los medios y sobre las variopintas especies de aves de rapiña: con ese verde tan años 50 como fondo, desde el impecable edificio de la sede de Nueva York; en la conferencia de prensa que los propios periodistas que la protagonizaron a duras penas pudieron seguir o desde su cuenta de twitter. Parecía aullar: “¡Vinculen, muchachos!”, “¡Unan un tema con otro porque si no siempre serán la gilada del batallón!”, nos gritaba el encadenamiento de sus palabras.
Porque esta es una buitres y de caranchos, pero también de arañas, de las que tejen la red. Paul Singer es el dueño de mucho, entre tantas varias cosas, de fondos de inversión que compran y venden empresas, objetos, gerentes y también medios. Vendió sus acciones en Time Warner –la dueña de TNT, CNN, HBO y Warner Bros–, y se metió en otro gigante, de esos que colonizan con información y con entretenimiento: la Twenty-First Century Fox. Ya lleva ganado 4% por el precio de cada acción. Construyendo imaginarios no le ha ido nada mal.
El dinerito de Singer a través de Elliot Management Corporation en Fox lo asocia con el mayor accionista de la cadena, News Corp, o sea, Rupert Murdoch, pero también con el JP Morgan Chase. Murdoch y Singer son, se sabe, dos buenos aportantes a las arcas republicanas siempre encargadas de atender que Obama se mueva hacia la dirección que la derecha así lo haya decidido.
News Corp es, además, propietaria del Grupo Dow Jones, poseedor del diario The Wall Street Journal, una de las "biblias" (como le dice Ramón Reig) del neoliberalismo junto con el británico The Financial Times. Y aunque estos medios compitan en la primicia, entre bueyes no hay cornada y es por eso que ambos comparten la propiedad de la mayor editorial del mundo: Penguin Random House, quien hace poquito compró, salvo Santillana, todas las editoriales al grupo PRISA.
Este verano, Elliott Management invirtió mil millones de dólares para adquirir acciones de EMC Corporation, una de las seis empresas de almacenamiento de datos más importantes de los Estados Unidos, con una facturación de 23.200 millones de dólares y una filial en Argentina y con algunos importantes papelitos “casualmente” vueltos cenizas en el incendio de Iron Mountain. Lo curioso es que EMC ha sido acusada en no pocas ocasiones de colaborar con la NSA, la agencia de espionaje de EEUU, y tiene entre sus accionistas a BlackRock Institutional Trust Company, N.A., Goldman Sachs Group, Inc. y Bank of New York Mellon Corporation. O sea, los que nos cuentan las costillas y quienes tienen hoy los depósitos hechos por los argentinos para los bonistas. Hasta Griesa parece que vio el ridículo y aplicó su lógica delirante de que por “segunda vez”, pero por “única vez” (¿?) el Citi puede pagarles a otros bonistas lo que Argentina les depositó.
Pero hay un dato que falta y es donde más vemos la costura, donde la red de la araña hace hilacha: Singer compró el 6,7 % (570 millones de dólares) de Interpublic, la nave nodriza de las enormes agencias de publicidad Mc Cann y FCB (Foote, Cone & Belding, fundada en 1873 y la tercera en importancia a nivel mundial). Pero hete aquí un dato de esta trama –que si no fuese red, sería novela- que da de lleno en el corazón argentino: Según Reuters, el valor de la empresa es de 8.400 millones de dólares y sus inversiones superan los 25 mil millones de dólares y esa montaña de dinero está ahí porque fue utilizada para que Interpublic IPG creara IPG Mediabrands una estructura para medir las inversiones en medios de varios clientes. La planificación global de las nuevas tecnologías se volvió urgencia para algunos mega grupos oligopólicos y en 2013 desde estas empresas crearon MAGNA, un consorcio que trabaja en conjunto para acelerar soluciones en la adquisición de la estructura digital de los medios audiovisuales. Los fundadores de toda esta red fueron A +E Networks, AOL, Clear Channel Media and Entertainment y Cablevisión.
Sí, así como suena, es Interpublic la empresa donde Cablevisión y Elliot se vuelven socios, donde Clarín y Paul Singer poseen una zona común.
Inmortales e inmorales. Tomás Eloy Martínez finalizó aquel texto sobre Capote con la siguiente afirmación: “ni a Faulkner ni a él les importaba ser condenados por la historia. Sólo estaban atentos a su obra, es decir, a ese banquete de buitres en el que cualquier realidad, hasta la más insulsa, (podía) transfigurarse en palabras inmortales”.
Capote no está para escribirla, pero que nadie nos calle para contarla. Porque a éstos tampoco les importa ser condenados por la historia, también están atentos a su obra y también quieren banquete de buitre, sólo que no de palabras inmortales, sino de nada insulsas realidades que se vuelven inmorales.
viernes, 26 de septiembre de 2014
Programa SF 126 - Juliana Di Tullio - 20 de septiembre de 2014
Deja Vú
Por Mariana Moyano
Editorial SF 20 de Septiembre de 2014
Gustavo Cerati tiene una hermosa canción –una más, una de tantas- en la cual con sus característicos giros lingüísticos nos conduce con palabras a través de una sensación que todos hemos tenido en alguna oportunidad. En este tema de su último disco, se detiene en esa tan particular experiencia, ese tipo de paramnesia de reconocimiento de sentir que se ha vivido previamente una situación nueva. El nombre se lo debemos al investigador psíquico francés Émile Boirac, quien la llamó Déja vu, que en francés quiere decir “ya vivido”.
Cerati era un gran artista, completo, sensible y sutil. En la canción a la que me refiero habla de volver a pasar por “errores ópticos del tiempo y de la luz”; de esa “misma sensación” sobre una canción ya escrita hasta en el más mínimo detalle. “Todo es mentira, ya verás
La poesía es la única verdad/Sacar belleza de este caos es virtud”, escribió.
Algo así me pasó –sobre todo- esta última semana, aunque provocado por personajes –o personeros, quién lo sabe con precisión- que no son ni artistas, ni sensibles y mucho menos sutiles. La primera sensación fue el miércoles; este miércoles 17 de septiembre que acaba de transcurrir a partir de un título central del diario Clarín: “El oficialismo intenta imponer”, escribieron “la ley de control de empresas”. Me sonreí. ¿No tienen más versiones?, me interrogué. 2Para no pasar vergüenza”, pensé, porque dicen que de lo que único que no se vuelve es del ridículo y, a veces, cuando se cae y se vuelve nuevamente a tropezar con lo obvio y lo burdo, no se es más que eso: ridículo. Era el mismo, calcado, igualito título de aquel memorable 10 de octubre de 2009 cuando el Congreso coronaba la gran patriada que se llamó Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. “Kirchner ya tiene su ley de control de medios”, fue la furia vuelta primera plana que en aquella madrugada leímos. Deja vu, pero con bonus track para la sorna porque, casualmente, por esos giros extraños que viene dando la historia en esta última década, esa frase aparecía en “letra de molde” –como le gusta decir a una que conocemos todos- un 17 de septiembre, fecha en la cual 5 años atrás, la Cámara de Diputados de la Nación le daba media sanción a aquella ley sobre medios cuyo debate puso patas para arriba todos los modos de contarnos que conocíamos en la Argentina.
Y a partir de ahí no pararon: “polémica”, le dijeron a la ley que acaba de ser promulgada y que regula la relación entre consumidores y productores y que ha sido presentada –igual que con la vinculada con la propiedad de los medios de comunicación- como la expresión máxima de stalinismo soviético, algo extraño porque es bastante parecida a mecanismos que los Estados Unidos le aplicaron a Billa Gates. Pero, en fin, como ejercen un periodismo muy particular, no lo vamos a discutir ahora.
“Polémica”, decía que usaron mucho, muchísimo estos días. “Control”, también fue un término que repitieron bastante. “Exprés”, por lo rápido y diligente. “Trámite exprés”, llamaban al debate y combinaban esta caracterización con las otras palabritas que sabemos les gustan: control, polémica y, ah!, por supuesto, no vaya a faltar eso de “avance sobre la propiedad”. No se privaron de decir que se trataba de una normativa “inconstitucional” y avisaron también que “los empresarios ya se preparan para denunciar la ley en la Justicia” les construyeron plataforma a varios pre candidatos presidenciales para que pudieran decir en voz bien alta que “la oposición derogará la ley si llega al poder”. Explicaron, además, que no es otra cosa que una “intervención” y un “avance del gobierno sobre las empresas”. Lo mismo. “Mismito”, como dicen en algunas provincias del norte argentino. Deja vu, como apuntaron Cerati y aquel Boirac del que sabemos bastante poco.
Es una línea argumental gemela a la usada con la LSCA y si no me creen vayan y revisen uno a uno los calificativos y consideraciones que fueron desde marzo hasta octubre de 2009. Como dice Marcelo Bielsa “exímanme” de reiterar un ejercicio que ya hice.
Pero seamos justos y démosle al autor intelectual el mérito que posee. Quien lanzó la primera piedra para volver este paquete legislativo -al que ellos han bautizado livianamente como “ley de abastecimiento”- fue Joaquín Morales Solá. Un domingo, el 18 de agosto, tituló “La radicalización de un gobierno que se termina” y en serio, sin ponerse colorado, ni aclarando que se trataba de un texto ni jocoso, ni cargado de ironía escribió: “En la mañana del 30 de julio pasado, horas antes de que el país entrara en default parcial, Cristina Kirchner decidió radicalizar su gestión y emprender el último tramo de su mandato como líder de una revolución que deberá suceder. Durante los dos días anteriores, su Gobierno había presionado sobre banqueros nacionales y privados para que la ayudaran a esquivar la cesación de pagos. Estuvieron cerca de lograrlo, pero la Presidenta giró poco antes de llegar a un acuerdo. La rotación presidencial continuó luego con un paquete de medidas que promete estatizar de hecho a todas las empresas privadas”.
O sea, la ecuación sería más o menos así. La presidenta, que es peronista, se despertó un día y dijo “me cansé. Desde hoy me recostaré sobre mi hemisferio izquierdo, pero no para ser más racional sino para volverme bolchevique y mañana firmaré un decreto a partir del cual La Cámpora y para ser más específica, Máximo en persona, quedará a cargo de todas las empresas de la República Argentina. Esta decisión, básicamente la tomo porque carezco de apoyo popular y como me voy no me importa nada lo que le pase a mi país en el futuro. Por eso ya no le daré órdenes a Axel para que se devane los sesos pensando alternativas frente a los buitres porque por DNU también nos quedaremos con todos los emprendimientos privados de Paul Singer”.
Era el mismo, calcado, igualito mecanismo que en 2009 con la LSCA. Absurdo. Dicen que de lo que único que no se vuelve es del ridículo y, a veces, cuando se cae y se vuelve nuevamente a tropezar con lo obvio y lo burdo, no se es más que eso: ridículo.
Pero el Deja Vu no fue la única interesantísima operación de la semana. Hubo una escondida asunción que lo que molesta no son los modales; sino el modelo¸ que palabra, Poder Ejecutivo y ley sean una misma acción.
Como al pasar, sin que fuese esa su frase más estridente, al cerrar uno de los debates de estos días, la jefa del bloque de Diputados del Frente para la Victoria sostuvo: “Me quedó absolutamente claro que si la oposición fuera Gobierno, no las utilizaría”.
Y con esa, no precisamente la frase más fuerte, puso el cuchillo en el centro de la herida. Porque los calificativos rimbombantes de los medios que hacen el ridículo son la carcasa. El nudo es la acción. Y La Nación, el diario, o cometió el error de escapársele la confesión o intentaron mantener algo de cierta franqueza intelectual en su rol de cuna argumentativa de la derecha. Y lo dijeron. Así: “La reforma impulsada por la Presidenta acota las facultades de intervención estatal previstas en la ley actual, eleva las multas y elimina las penas de prisión”. Bien, en la letra chica, reconocen todo lo contrario de lo que afirman en la punta de lanza de la charlatanería. “Da la pauta, al mismo tiempo”, sigue el texto del artículo “de que el Gobierno planea usarla más seguido como herramienta para combatir la inflación, que, a juicio del Poder Ejecutivo, es producto de la concentración económica en determinadas etapas de la cadena de producción”.
Por eso, no sólo jugaron con la paramnesia de reconocimiento. Hubo también “errores ópticos del tiempo y de la luz”, con eje en ella, en Di Tullio, a quien algunos medios hace un tiempito definieron como “una combativa”, como “una dama de hierro” en “el timón de la bancada K”, “la primera jefa de bloque de la historia política argentina” y casada con “un hombre del kirchnerismo de la “primera hora” y “pingüino de pura cepa” por ser de la cuna santacruceña”. Brava, bravísima. Así la presentaron.
Encima, ella no tuvo mejor idea que hablar de “aguantar los trapos”; de remarcar ante quien quisiera su feminismo; de esquivar por despreciable cualquier modo de mujercita dócil y agradable a los cánones aceptados por estos señores del statu quo y de rememorar a Kirchner con la recordada idea de que “uno tiene que hacerse fuerte frente a los poderosos, y los cobardes son los que se hacen los fuertes frente a los débiles”.
Usaron las fotos. La edición gráfica. La que recorta apenas un gesto y lo vuelve escenario general, permanente y único. Primero lo hizo Clarín, el miércoles 17. El presidente de la Sociedad Rural, por alcurnia, apellido, historia de impunidad o la chapa que le da seguir los pasos de todos los Martínez de Hoz en la conducción de esa institución se sentó, para dar su posición frente a las normas en debate, no en cualquier silla sino en una de las que usualmente usan los legisladores, no los invitados. Al lado de Di Tullio. Y en la fotografía ella lo observa. Se toca la oreja y lo mira. Lo escucha, pero su media sonrisa lo dice todo. Dice todo lo que el peronismo piensa y siente de la oligarquía vacuna. Años de historia pueden sintetizarse en esa imagen. Y Clarín no se la perdió.
Otra fue al día siguiente. En la edición impresa, la del jueves. Cuando el diario de papel –a diferencia del on line- aún no tenía el resultado final de la votación. La foto es grande. Se ven las bancas, a varios diputados del FPV sentados y a la “jefa” de pie, con una lapicera en la mano derecha, con la cual señala algo. No sabemos qué. Ni los lo cuentan. Porque no les importa. Lo que vale es que ella aparezca amenazadora, “combativa”, como una “verdadera dama de hierro”. La Nación del viernes la pintó triunfante, amenazadora. Con los brazos en alto como festejando un gol. “Claro, no es otra que ESA que habló de aguantar los trapos. Habrase visto, lenguaje ese para una dama” parece ser el sonido que trae incorporada la fotografía. Y hoy la pintaron seria, con el brazo en alto, en el momento de la votación. No cansada, abatida después de dios semanas sin dormir, sino con cara de culo, porque después de todo no debe ser que una “minita mala onda, como la otra, la que la manda: Otra yegua”.
Así operan, con iguales argumentos, mismos títulos, con un foto que no dice nada para que diga todo, con “errores ópticos del tiempo y de la luz”, con eso que también Cerati -definió en aquella hermosa canción que pintaba una época- como ese segundo, ese único instante en una de “hiperhistoria”, en la que “todos quieren un flash y pocos algo para ver”.
Editorial SF 20 de Septiembre de 2014
Gustavo Cerati tiene una hermosa canción –una más, una de tantas- en la cual con sus característicos giros lingüísticos nos conduce con palabras a través de una sensación que todos hemos tenido en alguna oportunidad. En este tema de su último disco, se detiene en esa tan particular experiencia, ese tipo de paramnesia de reconocimiento de sentir que se ha vivido previamente una situación nueva. El nombre se lo debemos al investigador psíquico francés Émile Boirac, quien la llamó Déja vu, que en francés quiere decir “ya vivido”.
Cerati era un gran artista, completo, sensible y sutil. En la canción a la que me refiero habla de volver a pasar por “errores ópticos del tiempo y de la luz”; de esa “misma sensación” sobre una canción ya escrita hasta en el más mínimo detalle. “Todo es mentira, ya verás
La poesía es la única verdad/Sacar belleza de este caos es virtud”, escribió.
Algo así me pasó –sobre todo- esta última semana, aunque provocado por personajes –o personeros, quién lo sabe con precisión- que no son ni artistas, ni sensibles y mucho menos sutiles. La primera sensación fue el miércoles; este miércoles 17 de septiembre que acaba de transcurrir a partir de un título central del diario Clarín: “El oficialismo intenta imponer”, escribieron “la ley de control de empresas”. Me sonreí. ¿No tienen más versiones?, me interrogué. 2Para no pasar vergüenza”, pensé, porque dicen que de lo que único que no se vuelve es del ridículo y, a veces, cuando se cae y se vuelve nuevamente a tropezar con lo obvio y lo burdo, no se es más que eso: ridículo. Era el mismo, calcado, igualito título de aquel memorable 10 de octubre de 2009 cuando el Congreso coronaba la gran patriada que se llamó Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. “Kirchner ya tiene su ley de control de medios”, fue la furia vuelta primera plana que en aquella madrugada leímos. Deja vu, pero con bonus track para la sorna porque, casualmente, por esos giros extraños que viene dando la historia en esta última década, esa frase aparecía en “letra de molde” –como le gusta decir a una que conocemos todos- un 17 de septiembre, fecha en la cual 5 años atrás, la Cámara de Diputados de la Nación le daba media sanción a aquella ley sobre medios cuyo debate puso patas para arriba todos los modos de contarnos que conocíamos en la Argentina.
Y a partir de ahí no pararon: “polémica”, le dijeron a la ley que acaba de ser promulgada y que regula la relación entre consumidores y productores y que ha sido presentada –igual que con la vinculada con la propiedad de los medios de comunicación- como la expresión máxima de stalinismo soviético, algo extraño porque es bastante parecida a mecanismos que los Estados Unidos le aplicaron a Billa Gates. Pero, en fin, como ejercen un periodismo muy particular, no lo vamos a discutir ahora.
“Polémica”, decía que usaron mucho, muchísimo estos días. “Control”, también fue un término que repitieron bastante. “Exprés”, por lo rápido y diligente. “Trámite exprés”, llamaban al debate y combinaban esta caracterización con las otras palabritas que sabemos les gustan: control, polémica y, ah!, por supuesto, no vaya a faltar eso de “avance sobre la propiedad”. No se privaron de decir que se trataba de una normativa “inconstitucional” y avisaron también que “los empresarios ya se preparan para denunciar la ley en la Justicia” les construyeron plataforma a varios pre candidatos presidenciales para que pudieran decir en voz bien alta que “la oposición derogará la ley si llega al poder”. Explicaron, además, que no es otra cosa que una “intervención” y un “avance del gobierno sobre las empresas”. Lo mismo. “Mismito”, como dicen en algunas provincias del norte argentino. Deja vu, como apuntaron Cerati y aquel Boirac del que sabemos bastante poco.
Es una línea argumental gemela a la usada con la LSCA y si no me creen vayan y revisen uno a uno los calificativos y consideraciones que fueron desde marzo hasta octubre de 2009. Como dice Marcelo Bielsa “exímanme” de reiterar un ejercicio que ya hice.
Pero seamos justos y démosle al autor intelectual el mérito que posee. Quien lanzó la primera piedra para volver este paquete legislativo -al que ellos han bautizado livianamente como “ley de abastecimiento”- fue Joaquín Morales Solá. Un domingo, el 18 de agosto, tituló “La radicalización de un gobierno que se termina” y en serio, sin ponerse colorado, ni aclarando que se trataba de un texto ni jocoso, ni cargado de ironía escribió: “En la mañana del 30 de julio pasado, horas antes de que el país entrara en default parcial, Cristina Kirchner decidió radicalizar su gestión y emprender el último tramo de su mandato como líder de una revolución que deberá suceder. Durante los dos días anteriores, su Gobierno había presionado sobre banqueros nacionales y privados para que la ayudaran a esquivar la cesación de pagos. Estuvieron cerca de lograrlo, pero la Presidenta giró poco antes de llegar a un acuerdo. La rotación presidencial continuó luego con un paquete de medidas que promete estatizar de hecho a todas las empresas privadas”.
O sea, la ecuación sería más o menos así. La presidenta, que es peronista, se despertó un día y dijo “me cansé. Desde hoy me recostaré sobre mi hemisferio izquierdo, pero no para ser más racional sino para volverme bolchevique y mañana firmaré un decreto a partir del cual La Cámpora y para ser más específica, Máximo en persona, quedará a cargo de todas las empresas de la República Argentina. Esta decisión, básicamente la tomo porque carezco de apoyo popular y como me voy no me importa nada lo que le pase a mi país en el futuro. Por eso ya no le daré órdenes a Axel para que se devane los sesos pensando alternativas frente a los buitres porque por DNU también nos quedaremos con todos los emprendimientos privados de Paul Singer”.
Era el mismo, calcado, igualito mecanismo que en 2009 con la LSCA. Absurdo. Dicen que de lo que único que no se vuelve es del ridículo y, a veces, cuando se cae y se vuelve nuevamente a tropezar con lo obvio y lo burdo, no se es más que eso: ridículo.
Pero el Deja Vu no fue la única interesantísima operación de la semana. Hubo una escondida asunción que lo que molesta no son los modales; sino el modelo¸ que palabra, Poder Ejecutivo y ley sean una misma acción.
Como al pasar, sin que fuese esa su frase más estridente, al cerrar uno de los debates de estos días, la jefa del bloque de Diputados del Frente para la Victoria sostuvo: “Me quedó absolutamente claro que si la oposición fuera Gobierno, no las utilizaría”.
Y con esa, no precisamente la frase más fuerte, puso el cuchillo en el centro de la herida. Porque los calificativos rimbombantes de los medios que hacen el ridículo son la carcasa. El nudo es la acción. Y La Nación, el diario, o cometió el error de escapársele la confesión o intentaron mantener algo de cierta franqueza intelectual en su rol de cuna argumentativa de la derecha. Y lo dijeron. Así: “La reforma impulsada por la Presidenta acota las facultades de intervención estatal previstas en la ley actual, eleva las multas y elimina las penas de prisión”. Bien, en la letra chica, reconocen todo lo contrario de lo que afirman en la punta de lanza de la charlatanería. “Da la pauta, al mismo tiempo”, sigue el texto del artículo “de que el Gobierno planea usarla más seguido como herramienta para combatir la inflación, que, a juicio del Poder Ejecutivo, es producto de la concentración económica en determinadas etapas de la cadena de producción”.
Por eso, no sólo jugaron con la paramnesia de reconocimiento. Hubo también “errores ópticos del tiempo y de la luz”, con eje en ella, en Di Tullio, a quien algunos medios hace un tiempito definieron como “una combativa”, como “una dama de hierro” en “el timón de la bancada K”, “la primera jefa de bloque de la historia política argentina” y casada con “un hombre del kirchnerismo de la “primera hora” y “pingüino de pura cepa” por ser de la cuna santacruceña”. Brava, bravísima. Así la presentaron.
Encima, ella no tuvo mejor idea que hablar de “aguantar los trapos”; de remarcar ante quien quisiera su feminismo; de esquivar por despreciable cualquier modo de mujercita dócil y agradable a los cánones aceptados por estos señores del statu quo y de rememorar a Kirchner con la recordada idea de que “uno tiene que hacerse fuerte frente a los poderosos, y los cobardes son los que se hacen los fuertes frente a los débiles”.
Usaron las fotos. La edición gráfica. La que recorta apenas un gesto y lo vuelve escenario general, permanente y único. Primero lo hizo Clarín, el miércoles 17. El presidente de la Sociedad Rural, por alcurnia, apellido, historia de impunidad o la chapa que le da seguir los pasos de todos los Martínez de Hoz en la conducción de esa institución se sentó, para dar su posición frente a las normas en debate, no en cualquier silla sino en una de las que usualmente usan los legisladores, no los invitados. Al lado de Di Tullio. Y en la fotografía ella lo observa. Se toca la oreja y lo mira. Lo escucha, pero su media sonrisa lo dice todo. Dice todo lo que el peronismo piensa y siente de la oligarquía vacuna. Años de historia pueden sintetizarse en esa imagen. Y Clarín no se la perdió.
Otra fue al día siguiente. En la edición impresa, la del jueves. Cuando el diario de papel –a diferencia del on line- aún no tenía el resultado final de la votación. La foto es grande. Se ven las bancas, a varios diputados del FPV sentados y a la “jefa” de pie, con una lapicera en la mano derecha, con la cual señala algo. No sabemos qué. Ni los lo cuentan. Porque no les importa. Lo que vale es que ella aparezca amenazadora, “combativa”, como una “verdadera dama de hierro”. La Nación del viernes la pintó triunfante, amenazadora. Con los brazos en alto como festejando un gol. “Claro, no es otra que ESA que habló de aguantar los trapos. Habrase visto, lenguaje ese para una dama” parece ser el sonido que trae incorporada la fotografía. Y hoy la pintaron seria, con el brazo en alto, en el momento de la votación. No cansada, abatida después de dios semanas sin dormir, sino con cara de culo, porque después de todo no debe ser que una “minita mala onda, como la otra, la que la manda: Otra yegua”.
Así operan, con iguales argumentos, mismos títulos, con un foto que no dice nada para que diga todo, con “errores ópticos del tiempo y de la luz”, con eso que también Cerati -definió en aquella hermosa canción que pintaba una época- como ese segundo, ese único instante en una de “hiperhistoria”, en la que “todos quieren un flash y pocos algo para ver”.
domingo, 14 de septiembre de 2014
Programa SF 125 - Emilce Moler - 13 de septiembre de 2014
Palabras más, palabras menos
A propósito de los miedos frente a otro aniversario de “La Noche de los Lápices”
Por Mariana Moyano
Editorial SF del 13 de Septiembre de 2014
Es chiquitita, bajita. Inevitable que, a primera vista, den ganas de protegerla. Tiene una sonrisa inmensa, que además de ocuparle medio rostro, le ilumina la mirada. Es, claramente, una mujer de acción. Lo que, de ningún modo, quiere decir que la palabra y el pensamiento no ocupen un lugar central en toda su vida política e intelectual. Pero ella guarda el testimonio para los específicos momentos en que piensa que éstos harán la diferencia. No lanza frases al aire porque sí, de ocasión, simplemente porque puede. Espera que la circunstancia sea la oportuna para que eso dicho, también haga.
Estuvo detenida, estuvo desaparecida. Le hicieron daño, mucho. Físico y de los otros. Pero zafó porque puso la cabeza en movimiento. Porque le encontró la vuelta. Porque fue precisa, exacta, podríamos decir, matemáticamente minuciosa. Y así, quizás por eso, su palabra en sede judicial tuvo especial relevancia: en primer lugar porque fue la primera ex detenida desaparecida de lo que una época fijó como “La noche de los lápices” que pudo contar lo sucedido en el centro de detención clandestino llamado Arana, lo que se sumó a aquello que se sabía sobre el Pozo de Banfield; y en segundo término porque –y esto es de pura cosecha personal- cuando uno lee su testimonio encuentra un orden, una exactitud de ciencia dura, que la hace, como me dijo uno de los jueces que más víctimas ha escuchado, una “testigo sumamente creíble y confiable”.
Y así es que desde hace rato ella habla. Cuenta lo que le pasó y aporta datos, muchos datos de extrema fidelidad. No habló ante el tribunal del juicio a las juntas, pero sí declaró ante el Equipo Argentino de Antropología Forense en 1985; en el Juicio a Ramón Camps en 1986; en los juicios de la verdad; ante el juez Baltazar Garzón; y a metros de Miguel Etchecolatz cuando lo juzgaban a él y al conocido como circuito Camps.
“El impacto de ser sobreviviente lo sentí ante el EAAF. Me preguntaban detalles, como si me acordaba de fulano y si él tenía pantalones de corderoy. Dato importante porque habían encontrado fibras de esa tela entre los cuerpos. Entonces yo aporto ahí. Puedo contar el adentro. Por eso es que los ex detenidos tenemos una responsabilidad social”, dice Emilce Moler en una de las tantas entrevistas que le han realizado. Pero aclara de modo terminante: “No soy sólo una sobreviviente. Hice todo para no ser sólo sobreviviente”.
Cuando leí esta declaración viajé de inmediato a una de las respuestas que logró Benjamín Ávila en su excelente documental Ex ESMA, cuando uno de sus entrevistados dice: “yo no soy un sobreviviente. Soy un testimoniante”. Alcoyana, Alcoyana. Bingo. ¿Es casualidad? ¿Es una coincidencia que dos (o miles, da lo mismo) ex detenidos desaparecidos vayan por la misma senda en la reflexión sobre su palabra posterior a la salida del cautiverio? ¿Es sólo una eventualidad que militantes de antes que lo son de ahora también tengan tan profunda meditación sobre el rol de la palabra?
Hace casi 30 años que Emilce Moler habla. Ante los tribunales, los jueces, a metros de los genocidas y de sus torturadores, pero también en escuelas, en instituciones educativas donde hay chicos, jóvenes, pibes de la misma edad que tenía ella cuando la madrugada del 17 de septiembre un grupo de encapuchados que dijeron ser del Ejército se la llevaron de prepo de su casa familiar para que formara parte de los 10 estudiantes secuestrados en aquel operativo y de los 4 que lograron sobrevivir.
“Es un desgaste muy grande ir a dar una charla. Me quiebro a veces emocionalmente cuando veo a las chicas y a los chicos, porque tomo conciencia de lo que era yo. Es una carga muy intensa y no la quiero perder, ni ponerme el casete. No quiero ser una figurita de Billiken. Aunque diga siempre lo mismo, quiero tener el corazón abierto para poder recibir también. Me he sentido muy mal en muchos lugares porque no saben nada. Allí no me necesitan a mí, necesitan a un profesor de Historia”.
Es chiquitita, menudita, dulce y amorosa. Pero es dura. Es brava. No es autocomplaciente ni con ella ni con los demás. Sabe que su historia no puede ser una efeméride y que el momento político necesita palabra, pero no bla bla, sino palabra con peso específico, palabra política.
“Muchas veces me pregunto: ¿por qué me llaman a mí? Porque soy docente, universitaria, rubiecita, doctora, no anduve con armas. De la cuestión armada no se habla todavía. Yo les caigo bien a todos. Después, con ese tonito digo lo que pienso, bajo línea. No es bueno eso, porque significa que no hubo aprendizaje. Me llaman porque fuimos (entre comillas) "víctimas inocentes". Recién ahora, con estas políticas nacionales, se habla más. Pero nadie cuestiona "La noche de los lápices" desde ningún lugar. Porque éramos “unos pobres chicos del secundario”, reclamando por el boleto estudiantil y nos mataron. Primero, que no éramos eso, teníamos un proyecto político, éramos militantes; y segundo, que no alcanza para comprender el hoy”, reflexiona y agrega como subrayando y con resaltador: “Además, haber vivido una historia no me habilita a dar respuestas. Para hacerlo tengo que estar formada”.
Me impresiona la firmeza, el rigor, y hasta diría, la severidad con que mide lo dicho y lo suyo por decir. Y como este texto pretende ser algo más que una sinopsis de una persona, algo más que un recuerdo lavado de lo ocurrido en aquel septiembre de 1976 con aquel grupo de estudiantes secundarios de La Plata, algo más que una mirada edulcorada y lacrimosa de ese pedazo del genocidio, me resulta inevitable conectar, hacer un puente, entre los modos en que esta ex y actual militante mide y se esfuerza en los cómo de las palabras y la autorización de la voz que varios grupos de construcción de ideología le otorgaron a un individuo -que hizo, justamente eso, hablar en términos individuales, de persona sola en un mundo aparentemente llano y sin complejidades- que ante cada pregunta o disparador temático desbarataba dos mil años de intento civilizatorio pisoteando cualquier mínimo armado de una estructura de razonamiento.
“Sus contundentes declaraciones sobre la inseguridad”, rezaba el graph que iba encabezado con el nombre propio del actor, quien se volvió protagonista de un debate complejísimo y lleno de aristas; lo que muchos llaman “la inseguridad”. Era en un canal al que le gusta el tachín tachín antigubernamental pero cuya lógica convive en muchos otros medios. Porque acá el hueso es bien duro de roer. No se dividen aguas fácilmente y la imprecisión verbal y semántica –y, por ende, ideológica- chorrea para todos los costados.
Éste, el actor, era un caso grave de puesta en primer plano desde un yo completamente carente de solidez argumental. Pura carne viva. Todo lo contrario de quienes, como Emilce, como las Abuelas, como las Madres, como las Madres del dolor, como las Madres del Paco, como los pibes de La Garganta Poderosa, como los HIJOS y como tantos otros, supieron convertir su dolor privado en una travesía compleja para ir un paso más allá del regodeo en la tragedia individual. Todos aquellos que pudieron ubicar que eso padecido formaba parte de una madeja mucho más grande y enredada que esa aflicción particular. Que lograron pasar del yo al nosotros completo. Que pudieron poner “buenos” y “malos” en la misma licuadora porque, ante todo, hicieron el infinito esfuerzo por comprender. Que lograron colocarse bien lejos de esa perversión vuelta mecanismo mediático -y ya social- de que la tragedia privada inmediatamente nos convierte en cita de autoridad sobre todas las aristas de lo sufrido.
“Haber vivido una historia no me habilita a dar respuestas. Para hacerlo tengo que estar formada”, me resonaba como reiteración eterna mientras oía al actor decir: “ya sabemos que Massa y Macri han hecho cosas muy buenas con la seguridad… Pero yo no soy opositor porque no estoy haciendo política. Yo hablo sin careta y sin ideología… Porque hay que sacar la ideología y lo que hay que hacer es que reúnan un equipo técnico en un hotel y saquen de ahí un plancito… Yo no tengo ideología. No creo en los partidos. Yo me comprometí en política una sola vez, con Alfonsín, por el sufrimiento de las Madres de Plaza de Mayo… Yo me crie con Pepe Campagnoli, soy amigo de Pepe… Quiero soluciones de sentido común. Yo paso de la ideología. Ese concepto lo tengo re claro”… No llegó a hablar de los “derechos humanos de los delincuentes”, pero pegó en el travesaño.
Uf! De una pieza me quedé al fin de su alocución.
¿Cómo se desarma? ¿Cuál es la primera porción a quitar de semejante malentendido, de semejante mar de contradicción, de semejante oxímoron presentado como argumentación? ¿Cuánto hay de ignorancia ajena y cuánto de error propio en os límites que se presentan para ir poniendo en primer plano el reverso de la cultura aún hegemónica?
El paso del tiempo y los cambios en el día a día del batallar político ayudan. “No vamos a ser protagonistas de ningún cambio importante. Pero, bueno, seremos una buena retaguardia”, le decía resignada y más cerca del bajón militante que del estado de euforia que provoca la construcción colectiva Emilce Moler a Página 12 en septiembre de 1998. En aquellos días donde no sólo habían arrasado con todo, sino que parecía que nada íbamos a poder poner en pie.
Hoy, ella, como tantos sobrevivientes de los centros de detención pero también quienes lograron perdurar frente al cinismo y al hastío, y quienes pudieron hacerle ole a la desesperanza y revivir, hacen un brutal esfuerzo por ponerle cada vez más peso específico a las palabras. Para que se engarcen, se tatúen en la piel colectiva y perduren. Es decir, para triunfar por sobre la liviandad, la superficialidad, la falta de complejización, las generalidades, las vaguedades, la descontextualización y la frase vacía, esos tremendos y poderosísimos condimentos de la receta que mejor aplican las derechas; esas que saben a la perfección como poner la indignación a los gritos en el medio de la arena social, cargarla hasta el tope con un poquito de liberalismo y otra dosis de fascismo local, simplificar el decir hasta que hasta twitter parezca La Ilíada y presentar la generalidad más banalizada como el sentir “de la gente”, el general, el de todos. Esa derecha no confesada que tiene las argucias y la llave para cerrar el arcón y clausurar la posibilidad de escapatoria.
“Antes –explica Emilce sobre aquello que ella observa ocurre con la puesta en público de su palabra- cuando observaba a los chicos con un trabajo serio, con preguntas preparadas, con la elaboración del tema, yo salía muy reconfortada. Pero ahora, a veces veo una sobresaturación de todo esto. No veo una comprensión en el hoy. Es decir: existe una condena social a la dictadura, lo cual no es menor. Pero no hay una vinculación con lo que se vive hoy. Eso se ve en el rechazo a los piqueteros, por ejemplo. En el 2003, los mismos chicos que me llamaban para una charla y se mostraban afectados por lo que me había sucedido, se indignaban y decían "¡Qué barbaridad! Mirá los negros con los palos". Observo que en algunos lugares hay una condena a la dictadura y a los genocidas, pero no veo esos atisbos en las cuestiones que permitieron esa dictadura. Eso está faltando. Antes de las acciones de Kirchner, era predicar en el desierto. Ahora hay que ver qué se hace con cierta sobresaturación. Es necesario ponerle mucho más contenido; a ese ayer, pero en el hoy, en la construcción de la ciudadanía, en los valores y en la solidaridad”.
Da en el clavo, Emilce, pega en el centro del problema. Porque pide palabra con peso específico. Porque nota con claridad que en esa debilidad es en la cual las derechas saben perfectamente cómo inocular el veneno; como engendrar uno más de los tantos huevos de la siempre misma serpiente.
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