Memoria Sonora del programa que se emite los Sabados a las 15 horas por Radio Nacional de La Republica Argentina. Conducido Por Mariana Moyano. Con la Participacion de Damian Valls y Flavio Rapisardi. Producción: Julieta Avalos y Micaela Polak
lunes, 1 de julio de 2013
Programa SF 73 - María Laura Garrigós de Rébori - 29 de Junio de 2013
Lastima porque ratifica
Por Mariana Moyano
Editorial SF del 29 de Junio de 2013
Lastima porque ratifica. Confirma. Nos dice que algo es o no. Es de las pocas instancias en las cuales una sociedad morigera sus ánimos salvajes y se “ajusta” a ese derecho vuelto más reglas de juego acordadas que normativas impuestas. Es la palabra performativa. “Absuelto”, “culpable”, “los declaro marido y mujer”. Es el poder de algunos –muy pocos- de hacer con palabras, de instaurar sentido, de legitimar condiciones objetivas. Curas, algún capitán de urgencia en altamar y, por supuesto, jueces.
Esa capacidad otorgada nos indica límites, un “hasta acá llegaron por esta vía” y nos pone a prueba: cómo volver de lo injusto legitimado judicialmente sin violar esas normas que son, nada más y nada menos, que punto de partida.
En algunos otros rincones del planeta pueden presentarse como sorprendidos, mirar desentendidos y hacerse los que no saben de qué se trata esta complejidad no jurídica sino política. Aquí, no.
Por estas tierras hubo –y gracias a su infinita capacidad de resistencia y a una porción fundamental de un pueblo que las abrazó aún hay- mujeres que comprendieron con precisión única de qué iba esto de torcer todo sin, con eso, romper lo poquito valioso que podía tener la aceptación de la legalidad. Las Madres y las Abuelas no supieron qué hacer. Hicieron algo mucho más extraordinario: construyeron, crearon un cómo se hace. Fueron un antes y un después y, por suerte, nos pusieron en un problema, en uno de esos apuros, de esos dilemas, que uno agradece si es más o menos buena gente, porque se trata de esas dificultades cuya superación sólo nos lleva a un sitio mejor.
Ellas treparon y nos subieron a todos a un escalón más arriba, a ese en el cual lo que no se hace, lisa y llanamente, no se hace. Y cuando lo que te enfrenta es legal pero injusto -nos enseñaron- se hace eso que lisa y llanamente sí se hace: política.
Y si miramos desde ahí, entendemos clarito lo que algunitos bien afincados en sus sillones intentan que confundamos.
Solicitar la cadena nacional para contarle a una ciudadanía aún apachuchada detalles de su Tribunal Supremo no fue apretar a la Corte; fue poner en autos a quienes no acceden a ese tipo de información acerca de cómo son esos espacios de ambo y corbata y de trajecito sastre que muchas veces tienen modos más brutales que los que les suelen asignar a los despectivamente llamados “barones del conurbano”.
Abrir la ESMA y pedir perdón en nombre del Estado no fue inaugurar una etapa de revanchismo y venganza contra las Fuerzas Armadas; fue indicar la improcedencia de hacerse el gil ante una muerte que cuando es impune ronda como fantasma y “oprime como pesadilla el cerebro de los vivos”.
Inventar un andamiaje resolutivo para que la soja no se lo quede todo no fue un embate contra el campo; fue convocarnos a sede pública para hacernos cargo de una situación que venía presentada como de unos poquitos pero que cualquier modificación, o el statu quo, daba de lleno en el corazón de los que menos vínculo monetario directo tienen con el yuyo, pero que más lo padecen.
Incluir en legalidades formales a gays, lesbianas, travestis, inmigrantes indocumentados o parejas con necesidades de ayuda para concebir no fue un regalito para minorías ni un tirar sobre las espaldas de un supuesto “todos” superior los inconvenientes de poquitos; fue hacernos comparecer ante esos otros que somos nosotros y que si no miramos de frente nos arrancamos un pedazo de nuestro propio ser.
Meter en el Congreso a fuerza de convicción y de prepotencia de democracia un proyecto para cambiar la estructura de los medios de la Argentina no fue ir contra la libertad de prensa y menos contra la independencia; fue colocarnos en antecedentes de que eso que ocurrió y ocurre con el esqueleto mediático de un país es lo mismo que le sucede al armazón institucional y económico de una patria.
De involucrar, de comprometer, de taladrarte el cerebro, de abrirte los ojos va esta etapa. De hacernos ver que lo de uno es un problema del de al lado y que lo uno ve que pasa, directamente te pasa.
De que nos conmovamos porque ya no nos es natural. De que reaccionemos porque ya pusimos límites. De que rechacemos aunque sea lo dado. De que nos rebelemos cuando nos dimos cuenta que no hay retorno. Un fallo, un insulto, una declaración, una bala de goma o la tapa de una cloaca periodística.
Lo que no se hace, es sencillito, no se hace. Y lo que sí… pues, política.
Hubo demasiado tiempo de sillón y control remoto; demasiado rato de espectador ante el hacer ajeno como para no darnos finalmente cuenta que ese accionar de otros no era más que la decisión terminante de qué nos iba a pasar a nosotros.
Algunos fánaticos dicen, sin pensar mucho, que antes de la era K no había más que páramo. En las usinas de fabricación de ideología desestabilizadora machacan con que estos gobiernos van contra todos. En la vereda bien de enfrente de los necios y los golpistas; en ese mismo sitio donde se debate con los ciegos hay una respuesta un tantito más acabada, más compleja, menos facilista y menos superficial y que posee la clave de por qué algunos proyectos, normas, instancias, leyes y debates ya tienen espalda para ser piso y para poder ir por más: la gran ganancia de la década ha sido consolidar en el modo kirchnerista un ADN de saber oír, de olfatear por dónde va la necesidad y de empujarte para ponerte a militarlo. Una especie de mandato político que te compromete y te desafía: “lo querés, conseguilo”.Y que cuando le armaste fuerza y el hilito de interés se propagó como pólvora, ahí nomás te ponen a mano un andamiaje institucional con espalda política para darle el tiro de gracia a lo regresivo y a lo reaccionario.
Y entonces es ahí donde pasa eso que lo que se hace, lisa y llanamente se hace: política.
Y hay obstáculos, zancadillas, zanjas, publicaciones, cautelares y fallos. Pero hay, sobre todo, miradas anonadadas, gestos de incredulidad y esa bronca que más que parálisis provoca ganas de meterse a dar pelea.
Y entonces es ahí donde nos pasa esa certeza de que eso que se hace, lisa y llanamente se hace: política.
Porque cuanto más te dicen que no, más sube desde el pie ese ardor, ese entusiasmo de que el cambio no está tan lejos, de que esto no sólo no terminó, sino que esto… esto recién empieza.
lunes, 24 de junio de 2013
lunes, 17 de junio de 2013
Programa SF 71 - Ana Maria Edwin & Norberto Itzcovich - 15 de Junio de 2013
Siempre duele más.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 15 de Junio de 2013.
Duele más. En la Argentina, según las cifras oficiales, mueren por año 5.000 personas en accidentes de tránsito. Los datos de las ONGs son aún más espeluznantes: 8.000 se nos van en las calles y rutas. 21 muertos por día les da el cálculo a los que estudian la cuestión. Pero igual, aunque el número ni se le aproxime, la debacle de un tren duele más. ¿Por qué? ¿Es que acaso los argentinos somos los suficientemente inmundos como para que nos conmuevan más unas muertes que otras? Puede que sí, pero no es de eso de lo que se trata ese estómago estrujado que no tarda en ganar el cuerpo cada vez que un daño tiene como protagonistas a los ferrocarriles.
Es como si por las venas nos corriera un hilo de agua helada. Cerramos los ojos. Miramos hacia arriba y es casi inevitable el “no otra vez”. Es que los trenes son como arterias, son los vasos comunicantes de nuestra historia contemporánea y cada centímetro de riel nos devuelve como espejo lo que hicieron, lo que hicimos, lo que deshicieron, lo que permitimos deshacer, lo que se hace y lo que falta con nuestro propio acontecer como pueblo, como nación, como país, como patria.
El tren nos recorre y nos escupe identidad. Nos dice quiénes somos. Cuántos quedaron en el camino cuando el país era formateado para poquitos. Cuántos de los nuevos consiguieron laburo. Cuántos de los viejos levantaron un poco la cabeza al volver al ruedo. Es lo palpable del Estado. Es la materialidad más a mano de lo público.
Se siente como YPF, pero uno, a los hidrocarburos los racionaliza, no los toca.
Está encarnado como Aerolíneas, pero de los que celebran la recuperación unos cuántos puede que nunca hagan un vuelo.
Pero el tren no. Con el tren es otra cosa.
Al tren los niñitos lo saludan de entrada. Al tren se juega en cualquier ceremonia infantil. Al tren se lo extraña cuando un pueblo cambia sus hábitos con la despedida de los vagones. Al tren se lo toca, se lo vive, se lo usa, se lo sufre. Los ferrocarriles están hermanados con nuestra vida histórica y con la cotidiana y dicen de nosotros lo que podemos y no podemos ser.
Sabemos a qué vinieron los británicos a estas pampas. A extraer, a llevarse y a practicar su deporte nacional, que no es el fútbol sino la colonización. Para lograr el cometido necesitaban medio de transporte y la inferencia cierra con la primera lección que nos dan de jóvenes, en esa etapa en la cual comenzamos a liberar nuestras cabezas del yugo del conquistador: basta ver cómo es el entramados del recorrido ferroviario de la Argentina, cómo emula la forma de una mano, para entender que el único objetivo de ese armado era que las riquezas llegaran bien y pronto al puerto de ese Atlántico, que no era otra cosa que camino seguro de lo nuestro a la corona inglesa.
Y el tren fue menos medio de transporte que herramienta de penetración colonial en territorio argentino. Algo de eso entendió un gobierno popular y por eso se los quedó.
Belgrano y San Martín. Pero también Sarmiento, Roca y Mitre. Perón se les animó. Miró de frente a los ingleses y les dijo: “muchachos, hasta aquí. De ahora en más, son nuestros. Bye, bye y déjennos los adoquines y el roble macizo”. Pero Belgrano y San Martín. Y Sarmiento, y Roca y Mitre. Enormes animales de acero y de hierro que cuando los ves venir no hay vuelta atrás. Enormes paradigmas de tipos de naciones los que deseaban ésos cuyos apellidos bautizan a las líneas.
¿Qué Estado propone un Estado que combina en nombramientos a libertadores y a gerentes coloniales? ¿Tiene precisión quirúrgica esa línea divisoria? ¿O es, quizás, que esos nombres fueron puestos como faro, como modo de indicarnos, de ordenarnos, que para hacernos como Nación tenemos que tener un objetivo, claro, categórico y sólo así trazar el recorrido? ¿Es –como parece que es- que los trenes nos vomitan todo eso y cuando miramos para otro lado se nos estrella en medio de nuestro “como sí”?
50 mil kilómetros de riel. Eso había. Eso nos quitaron.
Para fines de 1980, Ferrocarriles Argentinos tenía más de 106 mil empleados; 36 mil kilómetros de vías, 1.800 estaciones, 51 talleres principales y 23 de mecánica, 2.200 edificios para estaciones, 435 galpones de carga y 635 galpones para encomiendas y equipajes, 2.100 puestos de cabinas y señalización, 43 mil unidades de material tractivo y remolcado.
Datos, de esos duros, durísimos, por indiscutibles y por lo severo del impacto. Y silencio.
Las empresas de transporte automotor trasladan, después de la debacle noventosa, el 90% de las cargas y de los pasajeros y le montan un 50% más del valor de costo de lo que brindaba el tren.
Datos, de esos duros, durísimos, por indiscutibles y por lo severo del impacto. Y silencio.
8.000 muertos por año en las calles y rutas por accidentes de tránsito. 5.000 aceptan las cifras oficiales.
Datos, de esos duros, durísimos, por indiscutibles y por lo severo del impacto. Y silencio.
Y una pregunta que se cae sola, madura, evidente, de una obviedad pasmosa: ¿No hay acaso una relación inversamente proporcional entre la cantidad de muertos en desgracias con volante y asfalto y el envío al destierro del andar por sobre rieles?
Cada vez que Flores, Once o, ahora, Castelar, se las rebuscan para colarse en el día a día y mostrarnos de qué va la vida si el Estado no agarra toda completa la papa caliente de la realidad ferroviaria, se superponen, hasta conseguir un ensordecedor bochinche, conceptos, certezas, afirmaciones, recetas, oportunismos, canalladas, fórmulas y verdades infalibles. “Fallaron los frenos”, “son todos corruptos”, “hay que soterrar”, “hay que estatizar”. Comportamiento mediático mediante, todo eso suele aparecer lanzado al ruedo, así, sin más, sin grises, sin complejidades, como si fuera lo mismo pensar estratégicamente la red vial que ver si preparo las tortas fritas con grasa o con aceite.
Yo no sé nada del detalle de la trama ferroviaria. No estoy formada en eso, no conozco y no es mi tema. No lo afirmo en esta primera persona para sacarle el cuerpo a la catástrofe, sino para explicitar mi profundo desconocimiento. Aceptar que uno no sabe no te disminuye, te ubica.
Pero tres décadas de militancia y participación política, de resistencia y lectura, me dan permiso para decir que si fue éste el proyecto que subió a los trabajadores nuevamente a un tren, pues es éste proyecto el tal vez no único, pero sí el mayor responsable de tomar el asunto y solucionarlo.
Y es el Estado -el otrora grandote bobo, torpe, tullido gigante de lo público que está desperezándose de tres décadas de siesta; ése al cual los poderosos tendieron en el suelo para darle de patadas, ése al que responsabilizan cuando algo falla, pero al que defenestran cuando pretende inmiscuirse para apretar las clavijas- ése corpulento, el único capaz de cobijar, de cuidarnos, de hacer a un lado los parches, de meterle decreto, regulación y organización y reapropiarse.
Porque el verbo nacionalizar pocas veces como ahora tuvo tanto, pero tanto sabor a recuperación.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 15 de Junio de 2013.
Duele más. En la Argentina, según las cifras oficiales, mueren por año 5.000 personas en accidentes de tránsito. Los datos de las ONGs son aún más espeluznantes: 8.000 se nos van en las calles y rutas. 21 muertos por día les da el cálculo a los que estudian la cuestión. Pero igual, aunque el número ni se le aproxime, la debacle de un tren duele más. ¿Por qué? ¿Es que acaso los argentinos somos los suficientemente inmundos como para que nos conmuevan más unas muertes que otras? Puede que sí, pero no es de eso de lo que se trata ese estómago estrujado que no tarda en ganar el cuerpo cada vez que un daño tiene como protagonistas a los ferrocarriles.
Es como si por las venas nos corriera un hilo de agua helada. Cerramos los ojos. Miramos hacia arriba y es casi inevitable el “no otra vez”. Es que los trenes son como arterias, son los vasos comunicantes de nuestra historia contemporánea y cada centímetro de riel nos devuelve como espejo lo que hicieron, lo que hicimos, lo que deshicieron, lo que permitimos deshacer, lo que se hace y lo que falta con nuestro propio acontecer como pueblo, como nación, como país, como patria.
El tren nos recorre y nos escupe identidad. Nos dice quiénes somos. Cuántos quedaron en el camino cuando el país era formateado para poquitos. Cuántos de los nuevos consiguieron laburo. Cuántos de los viejos levantaron un poco la cabeza al volver al ruedo. Es lo palpable del Estado. Es la materialidad más a mano de lo público.
Se siente como YPF, pero uno, a los hidrocarburos los racionaliza, no los toca.
Está encarnado como Aerolíneas, pero de los que celebran la recuperación unos cuántos puede que nunca hagan un vuelo.
Pero el tren no. Con el tren es otra cosa.
Al tren los niñitos lo saludan de entrada. Al tren se juega en cualquier ceremonia infantil. Al tren se lo extraña cuando un pueblo cambia sus hábitos con la despedida de los vagones. Al tren se lo toca, se lo vive, se lo usa, se lo sufre. Los ferrocarriles están hermanados con nuestra vida histórica y con la cotidiana y dicen de nosotros lo que podemos y no podemos ser.
Sabemos a qué vinieron los británicos a estas pampas. A extraer, a llevarse y a practicar su deporte nacional, que no es el fútbol sino la colonización. Para lograr el cometido necesitaban medio de transporte y la inferencia cierra con la primera lección que nos dan de jóvenes, en esa etapa en la cual comenzamos a liberar nuestras cabezas del yugo del conquistador: basta ver cómo es el entramados del recorrido ferroviario de la Argentina, cómo emula la forma de una mano, para entender que el único objetivo de ese armado era que las riquezas llegaran bien y pronto al puerto de ese Atlántico, que no era otra cosa que camino seguro de lo nuestro a la corona inglesa.
Y el tren fue menos medio de transporte que herramienta de penetración colonial en territorio argentino. Algo de eso entendió un gobierno popular y por eso se los quedó.
Belgrano y San Martín. Pero también Sarmiento, Roca y Mitre. Perón se les animó. Miró de frente a los ingleses y les dijo: “muchachos, hasta aquí. De ahora en más, son nuestros. Bye, bye y déjennos los adoquines y el roble macizo”. Pero Belgrano y San Martín. Y Sarmiento, y Roca y Mitre. Enormes animales de acero y de hierro que cuando los ves venir no hay vuelta atrás. Enormes paradigmas de tipos de naciones los que deseaban ésos cuyos apellidos bautizan a las líneas.
¿Qué Estado propone un Estado que combina en nombramientos a libertadores y a gerentes coloniales? ¿Tiene precisión quirúrgica esa línea divisoria? ¿O es, quizás, que esos nombres fueron puestos como faro, como modo de indicarnos, de ordenarnos, que para hacernos como Nación tenemos que tener un objetivo, claro, categórico y sólo así trazar el recorrido? ¿Es –como parece que es- que los trenes nos vomitan todo eso y cuando miramos para otro lado se nos estrella en medio de nuestro “como sí”?
50 mil kilómetros de riel. Eso había. Eso nos quitaron.
Para fines de 1980, Ferrocarriles Argentinos tenía más de 106 mil empleados; 36 mil kilómetros de vías, 1.800 estaciones, 51 talleres principales y 23 de mecánica, 2.200 edificios para estaciones, 435 galpones de carga y 635 galpones para encomiendas y equipajes, 2.100 puestos de cabinas y señalización, 43 mil unidades de material tractivo y remolcado.
Datos, de esos duros, durísimos, por indiscutibles y por lo severo del impacto. Y silencio.
Las empresas de transporte automotor trasladan, después de la debacle noventosa, el 90% de las cargas y de los pasajeros y le montan un 50% más del valor de costo de lo que brindaba el tren.
Datos, de esos duros, durísimos, por indiscutibles y por lo severo del impacto. Y silencio.
8.000 muertos por año en las calles y rutas por accidentes de tránsito. 5.000 aceptan las cifras oficiales.
Datos, de esos duros, durísimos, por indiscutibles y por lo severo del impacto. Y silencio.
Y una pregunta que se cae sola, madura, evidente, de una obviedad pasmosa: ¿No hay acaso una relación inversamente proporcional entre la cantidad de muertos en desgracias con volante y asfalto y el envío al destierro del andar por sobre rieles?
Cada vez que Flores, Once o, ahora, Castelar, se las rebuscan para colarse en el día a día y mostrarnos de qué va la vida si el Estado no agarra toda completa la papa caliente de la realidad ferroviaria, se superponen, hasta conseguir un ensordecedor bochinche, conceptos, certezas, afirmaciones, recetas, oportunismos, canalladas, fórmulas y verdades infalibles. “Fallaron los frenos”, “son todos corruptos”, “hay que soterrar”, “hay que estatizar”. Comportamiento mediático mediante, todo eso suele aparecer lanzado al ruedo, así, sin más, sin grises, sin complejidades, como si fuera lo mismo pensar estratégicamente la red vial que ver si preparo las tortas fritas con grasa o con aceite.
Yo no sé nada del detalle de la trama ferroviaria. No estoy formada en eso, no conozco y no es mi tema. No lo afirmo en esta primera persona para sacarle el cuerpo a la catástrofe, sino para explicitar mi profundo desconocimiento. Aceptar que uno no sabe no te disminuye, te ubica.
Pero tres décadas de militancia y participación política, de resistencia y lectura, me dan permiso para decir que si fue éste el proyecto que subió a los trabajadores nuevamente a un tren, pues es éste proyecto el tal vez no único, pero sí el mayor responsable de tomar el asunto y solucionarlo.
Y es el Estado -el otrora grandote bobo, torpe, tullido gigante de lo público que está desperezándose de tres décadas de siesta; ése al cual los poderosos tendieron en el suelo para darle de patadas, ése al que responsabilizan cuando algo falla, pero al que defenestran cuando pretende inmiscuirse para apretar las clavijas- ése corpulento, el único capaz de cobijar, de cuidarnos, de hacer a un lado los parches, de meterle decreto, regulación y organización y reapropiarse.
Porque el verbo nacionalizar pocas veces como ahora tuvo tanto, pero tanto sabor a recuperación.
lunes, 10 de junio de 2013
Programa SF 70 - Lucila "Pimpi" Colombo y Tristan Bauer - 8 de Junio de 2013
A esos. Entre los tomates perita y el periodista ilustrado.
por Mariana Moyano
Editorial del 8 de junio de 2013
-Pero si se trata de algo absoluta y completamente menor. Son tomates perita en lata, no problemas de Estado. ¿Qué cuernos tiene eso que ver con un rol como el mío? ¿Qué vínculo puedo tener yo con eso?
“Yo”, dice él. Él que es tan afín, tan próximo, tan comparable a un ser superior. A uno de esos que –diría Cortázar- te hablan desde lo más alto del ropero.
Porque, digámoslo con claridad y con cada letra en el lugar que corresponde: no es tanto que observen errores en la puesta en marcha de un plan gubernamental de control sobre los quieren enriquecerse metiéndole aumento a cada producto básico, sino que les provoca un profundo rechazo que el glamour se vaya al suelo cuando la información nodal del quehacer argentino actual transcurre por el andarivel del valor de los fideos tirabuzón o el jabón en polvo. Tanta preparación –en los menos- y tanto ego acrecentado a fuerza de ojo de amo –en los más- para terminar discutiendo cuestiones de góndola; eso los crispa.
Lo que más le molesta al periodismo actual es que lo sacaron de un azote de su torre de cristal. No es que haya habido golpes, ni aprietes, ni cercenamiento, ni presiones, ni nada de esa pavada que, cuando es bien dicha por algunos que se agachan, es bien paga por quienes buscan desestabilizar y recuperar el sitial desde el cual, hasta hace muy poco, daban las órdenes.
Que haya vuelto la política al centro de la escena es lo que los desencaja. Que haya retornado la autoridad institucional a mostrar que los atributos presidenciales cuando son sólo accesorios, son también traición. Que haya quedado claro quién debe mandar en la Argentina.
La ecuación, por más disfrazada de indignación actual, por más enmascarada con falsas acusaciones, por más banalizada en el gesto de los nuevos cínicos, siempre ha sido la misma e igual de sencilla: cuando la política se hace a un costado, el show mediático avanza con fiereza, se adueña de cada rincón, impone su lógica, maniata cualquier resistencia y convence, persuade y hasta hipnotiza. Y no se ve más que eso. Y el éxito individual es la única salida. Y la Historia, señores, esa cuyo conflicto es su corazón, esa, se ha terminado.
Pregúntenle, vayan, consulten a nuestros hechos recientes. Averigüen cómo le fue al Alfonsín de la democracia cuando intentó sentarse a negociar de igual a igual con las corporaciones. Anden, salgan, indaguen sobre qué le pasó cuando desilusionó a millones y mandó a media militancia a su casa. Anímense, escarben, vean cómo la lógica del espectáculo se lo comió todo y transmutó a sus periodistas en estrellas de la farándula, reemplazó los espacios de debate, se apropió de los sitios de denuncia, despojó a la política de la representación y apoltronó en el altar de la credibilidad democrática a la escena mediática.
-¿Pero cómo podés meter en un mismo saco a los dueños y a los periodistas? ¿Cómo sos tan necia para no diferenciar entre propietarios y trabajadores? escucho que me gritan sin ninguna gana de pensar, de hincar el diente donde molesta, desde aquella esquinita.
¿Saben qué me pasa con eso? ¿Saben, vocecitas enojadas, por qué lo digo así sin poner el acento en esos surcos profundos? A los periodistas que no recurren a la definición de trabajador sólo como escudo de protección cuando alguien los desafía con una buena controversia, a esos que luchan para organizarse, a esos que desde la franqueza y la honestidad se los ve batallar para lograr otras condiciones, a esos que hoy protagonizan una pelea por las paritarias de prensa; a esos no se los ve agacharse, a esos no se los ve dar asco y repetir como loro el versito del patrón, a esos no se los ve disparar a mansalva munición de la pesada contra un fabulado autoritarismo oficial ahora y una –así, en bloque, bien slogan- “clase” –así les gustaba decirle: clase- política corrupta, antes.
A esos no se los ve hablar con desapego del precio de un alimento que se mantiene donde está; a esos no se los ve sentir repulsión porque alguien desde un escalón institucional superior hace el intento de cuidarle el bolsillo a los laburantes; a esos no se los ve explicar con repugnancia la importancia de cuidar el importe del papel higiénico. Porque esos no usan la inflación. En todo caso, la padecen. Esos no se montan en la suba de precios para levantar deditos rectores. En todo caso, se interesan. Esos no aprovechan la especulación. Porque, en todo caso, a esos los golpea.
Porque esos ni son voceros, ni esclavos bien pagos, ni levantan la nariz con deseo tilingo de participar de la fiesta de los arriba. Esos conocen de condiciones materiales, de relaciones de producción y hasta de plusvalía. Lo digan en panfletos o lo charlen con el psicoanalista. Conciencia de clase, decía el barbudo. Dignidad de trabajador, alguna versión más pampeana. Y para esos, la lata de tomate perita no es una rareza, ni un objeto de estudio coyuntural. Es la cotidiana, la de todos los días, la del codo a codo con su otro par trabajador.
Y allí se filtra, ahí en la grieta clara, dura, firme que hace la diferencia, la figura de los renombrados, y no siempre re-pensados, Rodolfo Walsh o Mariano Moreno. Esos a quienes visitan a menudo los mega medios de comunicación -o sus lacayos menores- para pasteurizar, alivianar, quitarles complejidad, batalla y toda la política. Y presentarlos, de paso, como intelectuales quietitos, reflexivos de salón fumador, conversadores de confitería y escritores de habitación solitaria. Sin militancia, sin compañeros, sin enemigos.
A uno, lo convertían -cada vez que les era posible- en una especie de pensador de Palermo Sensible, al que le reconocían como acto heroico una carta, pero al cual le borraban su peronismo, toda su lucha y su obra anterior. A ese, al que escribió sin dudarlo que “la libertad de prensa no es la más importante de las libertades. Además, la única que merece ese nombre es la que expresa los intereses del pueblo y en particular los de la clase trabajadora” * A ése lo volvieron un very british exquisito escritor borgeano porque les molestaba hasta el grado del asco su cepa irlandesa y su corazón popular.
Al otro, al que ordenó que “cualesquiera que hable o vierta especies contra el nuevo Gobierno será remitido preso a esta Capital”; al que sostuvo que “nada hemos de conseguir con la benevolencia y la moderación” porque “la moderación, fuera de tiempo, no es cordura ni es verdad”; al que escribió: “No debe escandalizar el sentido de mis voces, de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar”; a ese que indicó que “hay que tener consideración y extrema bondad con los delitos que cometan los partidarios de la revolución y la menor especie debe ser castigada de manera cruel y sanguinaria cuando sea realizada por los enemigos declarados de la revolución”; a ese lo biilikenizan, lo bañan en las aguas para ellos dignas del liberalismo educativo y te lo estampan con la mano en la sien, como un abogaducho de escritorio. Le arrancan el jacobinismo, su inevitable comparación con Robespierre y lo presentan lavadito. O lo desaparecen. De los libros de historia y de la faz de la tierra.
Pero, eso sí, te hablan de pluralismo. Les chorrea la comisura de lo llena que tienen la boca con la democracia informativa. Pero si uno escudriña, nota enseguidita que limitan la diversidad a la reunión de un periodista radical con su par peronista para que –dentro de las reglas de juego fijadas, por supuesto, por los dueños del circo- discutan de lo lindo en la democracia de escenografía. Y los temas de los bordes, los de los márgenes, los subterráneos. Ellos, los temas y las personas de esos bordes, bien gracias. Ellos, la pobreza y los pobres, siempre desde la lástima. La morochada y los negros, siempre desde el temor. Los pibes, como “menores”. Las provincias como el interior. Embarazadas sin un mango como “Fábrica de Hijos”. Y los tomates perita como problema de la gronchada.
Mucha ley de defensa del consumidor, mucha ONG, mucha Fundación Noble, muchos soles para los chicos y muchas banderitas de Radio 10. La solidaridad reducida a la dádiva y la Patria disminuida a un stand.
Hay que recordarlo, hacer resonar, perpetuarlo en la memoria colectiva: cuando la Argentina estallaba en miles de partículas aquellos 19 y 20, las paredes –en una especie de Emile Zola graffittero- se cubrían con una certeza de roble y con una invitación a dar pelea: “Nos mean y Clarín dice que llueve”, pintaban en San Telmo. “Apagá la tele y salí a la calle”, provocaban desde Avenida de Mayo. Al mismo tiempo, inocentemente, como al pasar, sutil como es la batalla por las ideas, el canal de Constitución, el del solcito convocaba: “Quedate en casa viendo la tele”. Adentro, muchachos. A casita. Al sujeto, volverlo cada vez más individuo; al pueblo, cada vez más “la gente”.
¿Alguien, señores periodistas de la pluma pomposa, de rictus de oler caca y de la indignación fácil, realmente piensa que ahora, en el actual estado de cosas, el Gobierno Nacional no está en condiciones de mandar cuatro, cinco, seis mil inspectores de pechera intimidante para ingresar en nombre de Moreno (Guillermo, esta vez) a un supermercado y preguntar un valor, meter sanción y pasar a otra cosa?
¿Tanto les cuesta comprender o tanto les pagan por ocultar que la verdadera intención de esos “militantes controladores” como los llamó el diario del Mitre heredero del Mitre es crear una red que con la excusa de los precios fortalezca el lazo social de la integración que provoca la participación?
Porque mirar te hace conocer, conocer te hace cuidar, cuidar te hace querer y querer te hace participar. Y de usuario se asciende a ciudadano; y de audiencia se deviene protagonista; y de interesado se escala a militante. Y cuando eso ocurre, no hay libre mercado que te ponga las reglas y no hay agenda ajena que te haga la cabeza.
A cada modo de producción le corresponde un modelo informativo. Ya lo sabemos. Lo dicen los libros, lo entendimos en la universidad. Y a cada momento histórico le corresponde su lucha por el precio de los tomates perita. Porque no es de latas que estamos discutiendo, sino de que no nos vuelvan a meter, con país y todo, adentro de un frasco.
lunes, 3 de junio de 2013
Programa SF 69 - Miguel Rep - 1 de Junio de 2013
Nadie lo había imaginado así.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 1 de Junio de 2013
Nadie lo había imaginado así. Tanto abrazo, una fiesta de tamaña proporción, semejante nivel de alegría, esa cantidad de gente. Porque había clima previo. De ganas largas de encontrarse, de vernos; y de demostrar que ni el fin de ciclo lo tienen tan a la mano, ni que la fábrica de odio, por más que produzca a su máxima capacidad, tiene clientes en todas partes. Pero nadie lo había imaginado así.
Y ya sea por Agustín o por el bochornoso modo que tienen -ya casi siempre- de querer contarnos como NO sucedido eso que es innegable, la “vida real” –para seguir la sustanciosa definición del pequeñito ahora famoso- les y nos fue estampada en el medio de la jeta. A unos, para que la bilis del odio les subiera al esófago y –según se ve- no supieran que hacer con eso; a los otros para darnos cuenta de que esto que nos pasa no es un capricho: es un anhelo y una avidez de cosa común que teníamos atragantado desde hace décadas.
Nada de lo que leí sobre por qué pasó lo que pasó ese patriótico e inolvidable 25 me terminó de convencer del todo. A cada artículo, opinión, análisis, se le escapaba un costado. Y lejos de ser esto una crítica o un gesto de pedantería ante quienes hicieron el esfuerzo de intentar comprender, es una celebración de que algo del orden de lo inexplicable ha sucedido. Eso demuestra que el laboratorio de la política sigue siendo ineficaz para revelar las razones de un pueblo. Y cuando eso sucede, gana el proyecto, porque a los que lo detestan se les vuelve palo enjabonado y les chanta en el medio del rostro que para hacer afirmaciones del talante de las que eligen hay que, al menos, asomarse a eso que a Agustín le gusta llamar la “vida real”.
Las maquinitas de la inquina también le dieron duro a la pluma, pero no alumbraron nada decente. Y es obvio. Desde el resentimiento, la repugnancia, la hostilidad, la hiel no es muy posible parir un texto digno. Es que nadie se lo había imaginado así.
Nadie se lo había imaginado así. Tanto descaro, un paralelismo de tamaña proporción, semejante nivel de delirio, esa cantidad de ira. Porque había clima previo. De ganas de dar el golpe final, de la estocada y de demostrar que la Argentina tenía su fin de ciclo a la vueltita de la esquina y que la fábrica de odio producía a máxima capacidad por el tremendo nivel de demanda.
Pero, ¿que haya “ciertos paralelismos entre aquella realidad del Tercer Reich y la actualidad argentina que nos obligan a mantenernos alerta”? Porque, muchachos, huestes de Bartolomé, el “salvando las enormes distancias” no es acero lo suficientemente duro como para fabricarse escudo.
Ni 48 horas pudieron aguantar. ¿Era demasiada gente, no?, demasiado humano junto como para esperar un poco, llamarse a la reflexión y garabatear una explicación política.
No había ni chori, ni bondi, ni plan para justificar -sin causar risa- la marea humana de ese día. Así que la cólera les subía como piraña y les iba carcomiendo el almita desestabilizadora sobre la que se sostienen. Entonces, zas, a la bazuca para aniquilar al mosquito. “Nazismo”. Sin grises, sin titubeos, sin zigzagueos. Ya ni siquiera como adjetivación o sugerencia. En nombre propio. Hitler. Él en persona. Una presidenta de la actual América Latina en la misma baldosa del sujeto que por poco elimina la posibilidad de razón del planeta, el que se cargó a seis millones entre judíos, gitanos y otros que no le gustaban, el que le hizo decir a Adorno que después de Auschwitz no se puede volver a escribir poesía. Ese. Ese mismísimo… y a la par, Cristina. Nadie se lo había imaginado así.
Antes era más fácil. En España tienen un dicho popular que le descubre la hipocresía al progresismo blandito, ése que de tan flexible termina no sólo NO siendo progre sino que le regala el ismo a la derecha. “Contra Franco estábamos mejor”, dicen los republicanos ibéricos. Porque antes era más fácil. Una pátina de raciocinio bien pensante, la dosis justa de corrección política y todos a dormir sin culpa. “Porque nos opusimos, claro que sí. A ese corrupto, ostentoso, cirquero, turco chabacano, nuevo rico y desprolijo”.
A esa queja le molestaba más la Ferrari que YPF; le dolía más Zulemita de primera dama que la sospecha del asesinato del hijo; le preocupaba más Gostanián y sus billetes que los teléfonos; le inquietaba más la visita de los Rolling a Olivos que las AFJP; le alarmaba más la avispa que el indulto; le fastidiaba más las amantes que la rebaja de los aportes patronales; le enfadaba más el golf con Bush que la desaparición de los órganos reguladores; le irritaba más el baile con la odalisca que los históricos niveles de desempleo; le atormentaba más el tapado de María Julia que María Julia.
Es que nadie lo había imaginado así. Quienes lo habían votado por razones de peronismo popular e hiperinflación no sospechaban que el cuadro de honor de la década serían Bunge y Born y Alsogaray. Y quienes no lo habían votado por antiperonismo rabioso ni sospechaban que ése que venía a llenar de oficinas de la OLP la Argentina iba a ser el aliado bochornoso del sionismo más recalcitrante. Y como nadie lo había imaginado así –salvo los enormes y verdaderos resistentes- la línea se trazó sobre el ornamento, sobre el decorado, sobre lo cosmético, sobre lo accesorio: los modales, como dijo Wainfeld una vez y no me canso de robarle, los modales por sobre el modelo.
Pero un día todo se les dio vuelta. Alguien metió la mano en la mierda. Y se embarró. Y por ensuciarse, limpió. Y puso luz. Y asombró. Y fue por más. Y vamos por más. Porque vienen por todo.
Y la línea no fue difusa. Y se abrió una zanja. Y muchos saltaron. Y se amucharon. Y se amontonaron. Y comunistas de tres generaciones se abrazaron al bombo peronista. Y socialistas paladar negro no le hicieron asco al sudor de JP. Y anarquistas de pura cepa se brindaron generosos a poner el hombro en la patriada. Y artistas de encierro individual rompieron el ombliguismo y se batieron a duelo para poner mirada. Y pensadores con egos bien trabajados salieron al ruedo y le hicieron frente a la mugre para poner palabra.
Y la línea no fue difusa. Y se abrió una zanja. Y es que nadie lo había imaginado así. Y, entonces, avalados por los dueños de los moldes que le ponen letra a la derecha golpista, una especie de nuevo progresismo ultraliberal conservador jugó con munición gruesa: “pelotudo”, brama el periodista excedido de ego. “Nazis”, lanzan los dueños del papel.
Y queda. Porque falta. Porque hay que terminar de dar todo vuelta. Y hay que seguir metiendo la mano porque queda mierda. Y hay que embarrarse. Y hay que ir por más. Porque nadie lo había imaginado así. Y hay que ir por más. Porque vienen por todo.
martes, 28 de mayo de 2013
Programa SF 68 - Gabriel Di Meglio - 25 de Mayo de 2013
Los 25.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 25 de Mayo de 2013
Dicen que, en realidad, durante aquel 25 -el más viejo, el primero que uno conmemora- no llovía. Que la imagen de señoras de vestido largo, miriñaque y peineta es la prueba más cabal de la billikenización de la historia. Puede que así sea, o que incluso no haya sido otra cola que la del prisma mitrista la que se metió ahí para tergiversar y generar ruido. Pero aun así, inclusive con la perspectiva hegemónica como punto de partida para contarnos a nosotros mismos, lo del paraguas, a mí, me gusta. Da la idea de un “a pesar de”; de un deseo popular de estar llueve o truene; de un “de acá no nos mueven”, de un “resistiremos”, o de un “no pasarán”, según los niveles de brío revolucionario.
El otro 25 sí llovía. No el primero de esta nueva era, ese de esperanza, sí, pero entre signos de interrogación. No ese. Me refiero al del primer aniversario, el de la primera bisagra; ese en el cual ya había germen de tropa propia; aquel en el cual estábamos pudiendo celebrar que algunas de las convicciones no dejadas en la puerta de la Casa Rosada ya habían torcido unos centímetros ese destino tan instalado por décadas como inevitable. Ese. En ese sí llovía.
Y los que estaban –estábamos- ahí, nos bancamos estoicos la llovizna finita pero persistente y molesta. Esa que, junto a los todavía presentes rastros de la desilusión de hacía demasiado poco, tironeaban para la casa y como máximo nivel de compromiso, mirar todo por televisión, igualito a como habíamos hecho durante la década de las puñaladas.
Pero no nos fuimos. Nos quedamos incluso cuando Charly nos dijo “Huid, mortales”. Nos quedamos, vaya uno a saber por qué. Nos quedamos. Y confiamos. Y los pibes que sólo revoleaban los trapos en el rock -porque era lo único que no los traicionaba- también se le quedaron a la política, ¡a un gobierno!, a bancar. Porque, esta vez en serio, “de acá no nos mueven”, “resistiremos”.
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Dicen que por aquellos días de mayo, los primeros -en la sesión del 22, para ser más precisos- se lanzó un concepto nuevo para la vida pública de lo que aún no era ni Argentina, ni país, ni el nosotros que ahora empezamos a ser: el de soberanía popular, ese “Nadie es más que nadie”. Ya no “bien común”, ni “poder en la corona”: pueblo. Eso sucio y plebeyo que empezaba a protagonizar.
El otro 25, el de los doscientos años, millones coparon las calles. Se las apropiaron, se las adueñaron. Se mostraron, se vieron, se encontraron, se abrazaron, cantaron, gritaron, pasearon y hasta comieron lo de otros que somos nosotros mismos, eso que, para ordenar, uno le dice fiesta de las colectividades. Era el 2010. Y habían pasado sólo meses de la derrota por apenas un 2%, esa que para algunos apuraditos y desconocedores de los procesos populares, era lisa y llanamente el fin de una época. Por eso no lo pudieron creer, porque suelen no mirar con atención. El pueblo estaba ahí todo a la vista, con desborde de alegría y sin ningún policía, en el ejercicio más patriótico de soberanía, ese que tiene lugar cuando la apropiación de lo simbólico no es superflua sino eminentemente política.
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Dicen que Saavedra le cortó las piernas, pero que las intenciones de Moreno no eran continuar con las formalidades, sino pisar el acelerador e ir a fondo con la independencia. Ningún autogobierno limitado, ni dar la vida por el libre comercio. Forma republicana para cortar los lazos con la colonia. Lo tuvieron que matar, con demasiada agua, como dicen que dijo ese Cornelio, “para apagar tanto fuego”.
A mí me da risa lo que hacen con Moreno (con los dos, valga la chanza y el contexto de primer plano del que han bautizado, caprichosa y puerilmente, como “polémico”). Y se lo hacen los 25 y poquitos días después cuando conmemoran el día del periodista. En la fecha patria aparece pensando. Nada de acción. Nada de gestos. Nada de furias. Quitado de toda pulsión humana. Marmolizado. Un ente. No un revolucionario.
Y los 7 de junio, completan la escalada mentirosa. Celebran en el día del nacimiento de La Gaceta -el periódico más abiertamente ideológico; el que nació con el único objetivo de ser un arma escrita para convencer; ese en el cual se propagaban verdades jacobinas- la farsa de la independencia del periodista objetivo, escindido de todo tipo de compromiso político.
Y a los que les decimos “epa, muchachos, ¿no será mucho?” no sólo nos miran mal, sino que nos sacuden con el –creen ellos- insultante “periodista militante”. Pobres, no sólo no ven; no entienden.
Pero como sí hay de los que entienden, otros 25 nos metían olor a bosta, caballos con trotecito artístico, boina y bombacha bataraza, muuuuchooo teatro Colón y taladrazo en la cabeza para que en lugar de interrogarnos por aquel 25 de Moreno, celebrásemos el de 1910. Cuando cuatro vivos tiraban literalmente manteca al techo, mientras para la mayoría un derecho -uno, apenas uno solo- era más imposible de obtener que un milagro.
Y entre vacas, trigo, uniforme, ópera y vestido largo e instalación del periodismo engañoso y liberal y modo de relato antipopular como única alternativa, nos fueron robando estrofas del himno, ardores de rebelión, la liberación como ansia y la patria en todas sus dimensiones: desde la palabra hasta el territorio.
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“¡¿Qué escarapela?! Yo no me pongo nada. Si ese circulito careta es el mejor escondite que han tenido los traidores, los uniformados del genocidio, los gerentes de la opresión para tenernos cortitos y que a la primera queja nos tiraran con eso de `apátridas` o con lo del `trapo rojo`.”
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¿Cuándo fue que volvimos a cantar el himno? ¿Cuándo fue que nos empezamos o volvimos a creer eso de “o juremos con gloria morir”? ¿Cuándo fue que los peronistas volvieron con los deditos en V en la última estrofa y que los comunistas y socialistas se animaron nuevamente al puño cerrado en la plaza pública en plena entonación de la canción patria? ¿Cuándo fue que le metimos cancha, recital, arenga, pueblo, bah, a aquello inaugurado nada menos que por una Sánchez de Thompson?
Yo ya lo dije. En 2004, cuando veía que los pibes de no más de 30 se despojaban del cinismo, recuperaban cierta mirada limpia y volvían a poner la confianza en el mandamás institucional del poder político. Si estos pibes que sólo tienen el rock como escudo son capaces de brindarle, de regalarle a ese flaco al que no conocen lo más preciado que tienen como es su ceremonia de comunión pública, cómo yo no voy a volver a cantar el himno con ganas, desde el estómago, con la piel erizada. Y lo grité. Y fue con Charly. Y fue un 25.
Y bien difícil que fue conquistar a ese himno y quitarle los grilletes de tanta bayoneta oligárquica; y bien peliagudo que fue arrebatarles el concepto de Patria que tan convertido en propiedad privada tenían; y bien arduo que fue hacer entender que defender la nación no tiene como única acepción la de un loco chauvinista que va a andar mandando extranjeros a la hoguera.
Hubo que bajar cuadros, darle vida a predios de muerte, desembarazarse de los caranchos financieros, limpiar la Corte y meterle nafta al poder judicial para que actuase. Hubo que repatriar el sistema previsional y el petróleo, meterle decisión al Estado y Estado a la decisión. Hubo que incluir -con lo que implican las formalidades institucionales- a gays, lesbianas y trans; devolverles algo de la dignidad robada a los que no tienen trabajo con una Asignación que es dinero pero que es sobre todo reparación y darle ley justa y lógica a la labor rural y a la doméstica. Hubo que poner a los medios en su sitio, abrir las fronteras para que América Latina quepa en un solo corazón y hacer de las cuentas públicas algo que se oponga al manualito monetarista. Hubo que lograr que la inversión no sea considerada gasto. Hubo que vacunar a los chiquititos para que puedan ser grandes y devolverles a los papás de esos chiquitos la posibilidad de un laburo. Hubo que ponerle nombre, ley y sanción a eso que se había naturalizado de robarse personas. Dar DNIs como lo que son, lo básico para que cualquiera pueda al menos empezar a soñar con ser ciudadano. Hubo que jubilar, restituir paritarias y devolverle debate a lo público.
Pero, sobre todo, hubo que torcerle el brazo a la historia oficial, esa que dijo siempre y que, a los alaridos y empujones, gritó en 2008 que “La Patria es el Campo”, para -de a poco y también a fuerza de derrotas- contraponerle a esa voz altiva y presuntuosa que semejante enormidad no le pertenece a algunos, que “La Patria somos todos”.
Y hubo que tener toneladas de paciencia, de entereza, de estoicismo, de equilibrio, de tolerancia. Temple, espíritu, calma y tremenda capacidad de resistencia. Porque hubo desestablizaciones, canalladas y pavadas. Porque hubo otros 25. Como el de 2008, y soportar que un Buzzi campechano afirmase –tan luego en día patrio- que el gobierno no era más que un obstáculo; a un Van der Kooy que rodeaba –tan luego en festividad nacional- al Poder Ejecutivo sólo de desconfianza popular; a un texto de Editorial de La Nación que se atrevía –tan luego en celebración patriótica- a denominar al sector rural como el “más dinámico de nuestra economía” y a un Morales Solá vaticinar –tan luego en una conmemoración histórica- que la luz de un gobierno asumido hacía apenas meses, se había apagado.
Y, entonces, “a pesar de”, con la convicción de que “de acá no nos mueven”, con la certeza de que “resistiremos” y de que si lo hacemos bien, “no pasarán”, acá estamos, en otro 25, en uno que recorre, retoma y recupera a los otros 25. Pero uno que, más que nada, grita el himno desde las tripas y le pone celeste y blanco a la convicción porque ahora la Patria no es del campo o del uniforme; no es de los que tienen y no de los que no. Ahora uno exclama bien fuerte porque siente que está a mano, cerquita, pronto eso de que la patria… de que la patria somos todos.
lunes, 20 de mayo de 2013
Programa SF 67 - Carlos Raimundi - 18 de Mayo de 2013
Ahí está Videla.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 18 de mayo de 2013
Desde que en 1983, el crimen que habían orquestado con el único propósito de quedarse con todo y con todos, se hizo inocultable, la derecha local realizó diferentes y astutos movimientos.
La derecha económica se hizo, como siempre la distraída, silbó disimulada y escondió una vez más debajo de la mesa los modos tramposos e irregulares forjados por décadas para ser el sector nunca perjudicado.
La derecha política o se mantuvo en su discurso decrépito, uniformado y fascista o se camufló en partido político para hacerle un como si al juego electoral.
La eclesiástica y la judicial se quedaron incólumes. Ahí, paraditas, sedimentando sus espacios de modo tal de que la red tuviera el necesario espesor para que ninguno de los recién llegados de esa democracia renga y tiernita se atreviese a ocupar un espacio solamente asignado para la familia de la tradición patria.
La derecha mediática que venía del horror, del ocultamiento del horror y del papelón del "Estamos ganando" -el obsceno y el más sutil pero igual de cómplice- se sumó marketineramente a los aires de cambio, puso cara de circunstancia y promocionó el morbo del espanto vivido con gesto de vecina chismosa que hace como que no ve nada, para ser la primera indignada cuando la porquería sale finalmente a la luz.
Y la económico mediática - que no era ni vista ni considerada como tal, hasta hace un tiempo excesivamente corto para un país que se precie de responsable- continuó poniendo a la Constitución y a los tres poderes del Estado bajo una -y permítaseme la fascinante y paradojal casualidad de que la palabra sea la misma- pesada prensa. Mientras tanto, sus vidrieras gráficas, televisivas y radiales se empachaban de corrección política al tiempo que una corrosión calculada milimétricamente carcomía la credibilidad social hasta dejarles a ellos el lugar de fiscales de la República.
Y así estas tres décadas padecieron el movimiento pendular más perverso: del infierno a la esperanza ingenua; del descreimiento a la furia; de la ilusión al cinismo y del romper todo al "no me interesa".
No fue gratis este avanzar uno para retroceder tres. Eso se paga. La confianza se lo cobra. Y caro. Y termina pasando que duele más la reiteración que el primero de los cortes, porque lo peor de una herida, no es tanto lastimarse, sino que nunca empiece la sanación. Y es por eso que veníamos viviendo una democracia con recaídas: débil, sin fuerzas, pachucha, desanimada.
De esas, que con criterio y precisión algunos han dado en llamar “democracias de baja intensidad”. Dicho “en fácil”: gobiernos con las manos semi-atadas. Es decir, con la capacidad de hacerle gestos a la gilada popular para que no embarulle la calle, pero no lo suficientemente sueltos como para torcer el brazo de la digitación histórica.
Y cuando alguno se va de mambo, ya sabemos: que el autoritarismo, que la libertad de prensa, que la libre comercialización de la soja, que la República, que la Constitución, que el fascismo, que el stalinismo, que la escribanía, que la soberbia, que la bipolaridad o que el shopping y hasta que él no está, en realidad muerto. Parrafadas de pavadas berretas y baratas, pero eso sí, siempre en medio de un poco más sutiles operaciones, con media verdad como materia prima y una tergiversación un poquitín más compleja de desarmar.
Porque así funcionan. Chillan, por supuesto; insultan, claro; adjetivan y agreden, desde ya. Pero eso no va nunca solo. Al ladito, como quien no quiere la cosa, está siempre la “información objetiva basada en datos”. Es cierto, suele no ser ni información, ni objetiva, ni estar basada ni poseer datos. Pero a simple vista parece que sí.
Y por ahí es por donde ganan, en esa parte, en esa porción, en ese territorio donde no cualquiera nota el operativo, donde un distraído, un desatento, uno que desconoce o uno de esos que no les gusta ni un lado ni el otro, toman por ejemplo, la cifra, como referencia y desmalezando de categorizaciones al texto, van por la vida convencidos de que han realizado la limpieza para quitar el lodo y la basura de lo que sí vale la pena.
Claro, no notan que allí también hay una –otra- operación: quién fue la fuente, cómo obtuvieron ese resultado, quién es ese que habla como cita de autoridad, en qué contexto se sostuvo esa frase. En fin, gajes, vicios de los que nos pasamos casi una vida intentando correr los velos que se presentan siempre antes de una crónica. Algo que no hace –y no tiene por qué, además-la mayoría de los ciudadanos que ya bastante tiene con sostener un país, como para ponerse a hacer análisis crítico de medios.
Y es ahí donde ganan, en esa parte, en esa porción, en ese territorio. En el sinuoso, en el que pueden ser palos enjabonados. El dólar, la inflación, la disminución en los índices de crecimiento, alguna desinteligencia entre organismos oficiales, las inevitables metidas de pata de un Estado cascoteado casi desde que nació, los delitos, el paco. Ahí tienen dato, arman tema y a toda máquina con la maniobra. El insulto, la agresión, el adjetivo descalificativo queda para la estocada, que ellos siempre intentan sea la final.
Por eso no se entienden estos días de permanente desvarío, de locura, de frenesí del agravio, del ultraje a todo o nada, de la infamia en primer plano, de la afrenta y de la burla en cada centímetro, de los chismes como novedad periodística, de las patrañas como mercadería y hasta de la profanación.
• “Tensos cruces en el Senado por el polémico proyecto”
• “El gobierno en problemas para explicar el blanqueo”
• “Casi el 50% por la fuga de divisas fue en la gestión de Cristina”
• “Ahora quieren emitir dólares”
• “Proyecto oficialista para expropiar Papel Prensa”
• “Cierran con jueces K los tribunales en el Sur”
• “Denuncias de corrupción y peleas en el gobierno”
• “Las cuevas no operaron y el blue quedó en 9,80”
• “Más polémica por los muertos en La Plata”
• “Diez puntos oscuros de la polémica ley de blanqueo de dólares”
• “El blue en 10”
Y LA BÓVEDA
• “Peligro de lavado”
• “Nuevo y grave retroceso para la libertad de expresión”
• “Disparos contra Cablevisión desde un auto que iba por la autopista”
• “AMIA: 4 acusados presidenciables en Irán”.
• “Lavado: viajes bajo sospecha del hijo de Báez y su contador”
• “La salidera bancaria, un delito sin solución”
• “Derrota judicial de Moreno por la inflación”
Y LA BÓVEDA
• “Impacto en el gobierno por la bóveda de los K”
• “Cristina volvió a jugar con la idea de reformar la Constitución”
• “Un condenado por abuso salió libre y violó otra vez”
• “Macri impone una fuerte protección a la prensa en la Ciudad”
• “El subte suma otras 5 estaciones”.
Epa! ¿buenas noticias?
Y LA BÓVEDA
• “El gobierno intenta poner techo a los aumentos salariales”.
• “Se favorece a los delincuentes”
• “No se hace mamografía el 45% de las mujeres en el país”
• “Scioli bajo la presión financiera de la Nación”.
Y LA BÓVEDA
• “El dólar paralelo no frena: ya vale el doble que el oficial”
• “Volantazo decidido bajo presión”
• “Aprobaron el control político del Consejo de la Magistratura”
• “DecisiónK: un abogado de Lázaro Báez será ahora camarista en la Patagonia”
• “El oficialismo impulsa una expropiación para controlar Papel Prensa”
• “EL Banco Central intima a los que sacaron desde 5000 dólares en el exterior con tarjetas de crédito”
• “Wall Street cree que el blanqueo no evitará una devaluación”
• “El misterio de Alicia Kirchner”
Y LA BÓVEDA
Irrespirable. La única alternativa: cargar a la familia, pasaporte y a Ezeiza. Y a un lugar indefinido “porque acá, en este país, ni dólares podés comprar”.
Pero aún faltaba la coronación, en un domingo, en un domingo de sol: “Ante el terrorismo simbólico de Estado”.
Es un poco fuerte, Joaquín, “Terrorismo de Estado”, ¿te parece? ¿Cristina en mismo andarivel de Videla?...
“El país está flotando sobre una crisis institucional latente y peligrosa. La desataron funcionarios cristinistas que acorralan a los jueces y al periodismo independiente. Un conflicto entre el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial es inminente. El grupo Clarín podría ser intervenido”.
¿Qué? ¿Quién? ¿Dónde? ¿Cuándo? No hay respuesta para ninguna de estas preguntas básicas de la redacción periodística y de todo aquel que no sea lo suficientemente estúpido como para tomar un delirio como posibilidad.
Nadie, nunca se había animado a tanto. Porque hasta un Julio Ramos confesamente de derecha y menemista entusiasta pudo colocar algunas de las tantas cosas desordenadas, en su lugar. Hasta aquel fanático defensor del libre mercado tuvo la capacidad de horrorizarse por el pacto militar/periodístico para lograr papel barato: “el Estado no exigió ninguna documentación técnica para admitir a los diarios como socios, lo que muestra la total complicidad del gobierno militar con los tres diarios”.
“Complicidad”, dice Ramos. ¿”Terrorismo de Estado” para Cristina, Joaquín, no será demasiado?
Y LA BÓVEDA
Y sigue el vehemente fundador del diario financiero: “En una de las reuniones, el representante de Clarín –o sea Magnetto- planteó su necesidad de hacer él un viaje a Europa con técnicos. Dijo Magnetto que el viaje, útil para la futura fábrica de papel costaría 50 000 dólares a pagar entre los cuatro diarios. La Nación y La Razón dijeron no tener plata para afrontar ese gasto porque estaban terminando sus edificios. “No tenían plata un gasto de 50 000 dólares y querían montar una empresa con una inversión de 50 millones”, se interroga Gainza, de La Prensa, en el libro de Julio Ramos. Y responde, casi sin que haga falta el autor: “Los tres diarios que quedaron prácticamente recibieron gratis la empresa”.
Flojos de papeles, les dice Ramos. ¿”Terrorismo de Estado” para Cristina, Joaquín, no será demasiado?
Volcaron. Algo debe volver la situación a un cauce de mínima cordura.
Porque ahí, en ese relato de negadores, cómplices y mercenarios hay una bóveda. Pero también hay estafas, mentiras, muertes, tumbas, preguntas. Y está Videla.
Y que la intervención, y que la bóveda y un pelirrojo que montado en la adrenalina de esa alucinación colectiva lanza: “La Presidenta es autoritaria y toma decisiones propias de una dictadura. Hay que ponerle un límite”.
Volcaron. Algo debe volver la situación a un cauce de mínima cordura.
Y ahí está Videla. El dictador que con su propia muerte anunciada nada menos que por Cecilia Pando, tuvo un último acto que, paradójicamente, puso cordura, borde, frontera, demarcación. Ahí está Videla. Muerto o vivo, con el efecto de que la sola pronunciación de su nombre haga que el frío te recorra el cuero.
Señores, Joaquín, mercenarios, mentirosos, socios, incautos, habladores, charlatanes, bóvedas. Ahí está Videla.
Y ustedes… ustedes verán donde están. Porque en esto, en esto sí que somos binarios.
Ahí está Videla y bien pero bien enfrente, estamos nosotros.
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