Memoria Sonora del programa que se emite los Sabados a las 15 horas por Radio Nacional de La Republica Argentina. Conducido Por Mariana Moyano. Con la Participacion de Damian Valls y Flavio Rapisardi. Producción: Julieta Avalos y Micaela Polak
domingo, 11 de enero de 2015
Programa SF 142 - Claudia Acuña - 7 de Junio de 2014
Tiempos de felicidad.
por Mariana Moyano
Editorial del 7 de Junio de 2014
Fue muy provocador. Absolutamente disruptivo. Y nadie lo esperaba. Porque había habido apenas gestos (“simbólicos”, me acuerdo que me decían algunos amigos como modo de restarles relevancia) de cómo ese extrañísimo y desconocido presidente pensaba que debía ser el vínculo entre la prensa –la lógica de los medios, para ser más precisa- y la política.
Esas señas mostraban un núcleo de, ante todo, dos ideas básicas: en primer lugar que la política debía mandar, estar por encima de cualquier lógica ya instalada como dominante. Y, en segundo término, que los periodistas no eran ni tótem, ni vacas sagradas y, mucho menos, fiscales de la República. A ellos los concebía como iguales, con el respeto que va implícito en que un primer mandatario lo coloque a uno en el mismo sitial y con las posibilidades de estar a la par a la hora de discutir. O sea, gana el que tiene más argumentos, no el que ha elegido determinada profesión.
Era claramente otra mirada, otra lógica, otro paradigma. Era poner patas para arriba no sólo la última década de pleitesías a todo aquel que se presentara como miembro de la prensa, sino los doscientos años de sentido común liberal, dentro del cual el periodista era el intelectual intocable, cuya palabra chorreaba algo así como agua bendita.
Me acuerdo que aquellos primeros “gestos” –ratificados y sellados a fuego apenas se inició el conflicto político, pero sobre todo el cultural alrededor de la resolución 125 de retenciones móviles para el agro- no sólo me fascinaron, sino que me dispararon dos acciones inmediatas. Una académica o intelectual, si se quiere. Y otra absolutamente personal y familiar.
Respecto del primer movimiento, sucedió que recordé cabalmente aquella memorable, molesta y por ende ocultada frase del maestro, referente y modelo –y a veces lamentable y dolorosamente vaciado de contenido- que es Rodolfo Walsh. Una declaración que no es lo suficientemente conocida entre quienes lo respetan honestamente como para poder hacerla carne y que ha sido tácticamente ocultada por quienes han intentado pasteurizar su nombre al recordarlo apenas como “periodista”, sin agregarle a su mínima descripción “escritor, intelectual y militante”.
Me refiero a lo que dijo en su escrito “El delito de opinar”, publicado en la revista Primera Plana el 16 de mayo de 1972. “La libertad de prensa”, escribió Walsh, “no es la más importante de las libertades. Además, la única que merece ese nombre es la que expresa los intereses del pueblo y en particular los de la clase trabajadora”. Jaque Mate al liberalismo bobo y a los profesionales que se creen ajenos y fuera del juego de intereses de los medios en los que se desempeñan.
La segunda acción fue preguntarle a una de las pocas personas que conocen cada nucleótido de mi ADN, mi hermana. Recuerdo que después de la respuesta pública de Néstor Kirchner a José Claudio Escribano, luego de que el entonces mandamás de La Nación publicara disfrazado de artículo periodístico un pliego de condiciones y extorsiones a un presidente de la República y luego de un par de menciones con nombre y apellido a aquellos que por entonces aún nadie se atrevía a cuestionar en voz de demasiado alta, los periodistas, le consulté a ella con total franqueza y libre de toda especulación: ¿Qué es lo me entusiasma de este hombre al que voté con ganas, sin saber demasiado por qué me provocaba cierto encanto? “Ay” -me dijo ella para ponerle algo de palabra al gesto de ¿podés realmente ser tan distraída como para aún no haberte dado cuenta?- “porque Kirchner se la pasa cuestionando a los mismos con los que me venís enfermando desde que tengo uso de razón”.
Me quedé pasmada. Era así de obvio y de sencillo. Ante mis ojos, un presidente de la Nación, es decir, el lugar de la supremacía institucional, se atrevía a cuestionar y a empezar a desandar el camino que había puesto al periodismo en el sitial de mayor relevancia pública, muy por encima no sólo de la política sino de todo sector que correspondiera lo público.
Yo ya era periodista cuando en los espantosos noventa empresas, diputados, senadores, funcionarios, dirigentes, sacerdotes, representantes gremiales, líderes de ONGs y personalidades de la cultura nos reverenciaban, nos premiaban por no sé bien qué con regalos ridículos, nos invitaban a cócteles muy por encima de nuestro merecimiento y nos atendían los llamados telefónicos como si cualquier pregunta zonza fuera la máxima urgencia nacional.
Me acuerdo que detestaba ese lugar. No era para eso que había soñado con ser periodista ni para lo cual había estudiado la hermosa carrera de Ciencias de la Comunicación. Me horrorizaba que personas que estaban muy por encima de mis cualidades se sintieran menos, o temerosas frente a los micrófonos, las cámaras o las sencillas libretas con las que nos presentábamos los periodistas de gráfica. Pero más me espantaba que colegas vivieran esta situación no sólo como lo más habitual, sino como lo que no podía ser de otro modo. La naturalización del rol de vaca sagrada y de cinismo me alejaban de eso que Gabriel García Márquez había denominado “la más hermosa de las profesiones”.
¿Dónde estaban el honor, el valor y la dignidad que, supuestamente, eran inherentes a este oficio si era más fácil linchar públicamente a alguien que encontrar las palabras adecuadas para escribir una buena nota? Eso no era lo que había elegido, lo que había soñado y para lo que me estaba formando. Algo debía ocurrir. En voz baja lo decíamos en los pasillos de nuestra trinchera, la universidad. Con más jactancia lo sosteníamos en nuestros puestos de lucha, las aulas.
Y algo pasó. Primero fue que al valor político del diálogo con la prensa no le fue ajeno el espacio físico que se eligió para mantenerlo. El Presidente Kirchner le devolvió autoridad a la Presidencia. Si los periodistas quieren dialogar con la máxima figura institucional, pues deberán trasladarse a donde él se encuentra. Y no al revés.
Luego empezó a pasar que la desesperación de los colegas se hizo masiva: ¿qué era eso –parecían plantear ofendidos- de que un primer mandatario no adelantara medidas de gobierno para convertirlas en primicia y congraciarse con los más jetones del medio?
Después vino eso que los importantes vieron como una falta de respeto con el jet set profesional y que era ni más ni menos que dedicarle el mismo tiempo de respuesta a la menos escuchada de las radios provinciales que al diario que te pone la agenda a las trompadas.
Y por último, ese gesto irreverente no sólo de contestar sino de hacer explícita a través del humor la tensión –obvia, propia, innata, congénita pero enterrada y ocultada- que siempre mantendrán la política con la lógica de los medios de comunicación.
Fue a través de un aviso que se publicó en los diarios a modo de saludo por el Día del Periodista el martes 7 de junio de 2005. “Hoy estamos apretando a los periodistas”, decía en letras grandotas y a lo ancho de toda una página. Y un poquito más abajo, entre paréntesis y más chiquito: “con un fuerte abrazo”. Firmaba la Secretaría de Medios de Comunicación, Jefatura de Gabinete y Presidencia de la Nación y finalizaban el saludo con el siguiente texto: “Saludamos a quienes día a día buscan la verdad, ejercen la libertad de expresión sin temores y con su trabajo garantizan el derecho a la información para todos”.
La mayoría de mis amigos del medio se horrorizó. Y yo me espanté no sólo de la falta de humor sino por la cabal comprensión de cuánta hipocresía políticamente correcta circulaba entre colegas. Me había gustado el juego de palabras del apretón, pero más me había dejado pensando eso de felicitar en su día a quienes “buscan la verdad, ejercen la libertad de expresión sin temores y garantizan el derecho a la información para todos”. No sé bien por qué, pero tuve la certeza de que no se refería a los periodistas en general, sino solamente a aquellos que hacían eso con su profesión. No era una generalización. Era un sutil parteaguas entre los enamorados de este oficio, los que pensábamos que había algo más que el ego de nuestros nombres hechos cosa pública, y los cínicos y mercenarios.
Había algo allí que no sólo ratificaba ese re-enamoramiento más general de la política que empezaba a olfatearse, sino que, en lo personal, me reconciliaba con la profesión. En esos términos me gustaba el escenario que se abría. Porque los periodistas ya no podíamos ocultarnos detrás del mentiroso y ficticio telón de la independencia, la objetividad, la imparcialidad, la apoliticidad y toda la sarta de farsas, simulaciones y engaños con que la mayoría del medio se había embanderado y que fuese legitimado y coronado con aquel espanto vuelto discurso de Martín Fierro en 1992 de “cuando se enciende una cámara, se apaga el autoritarismo” del cerebro de Canal 13, Luis Clur.
Había sido un horror aquel discurso del jefe del canal del solcito, porque era la revalidación de la idea tramposa de que los medios son apenas canales vacuos a través de los cuales circulan mensajes sin que nadie intervenga en la construcción de discursos. Pero además, era fortalecer el mito ocultando la otra parte de la operación. Porque si con una cámara encendida se terminaba el autoritarismo, la pregunta que debíamos hacernos y que no se hacía era por qué no hay cámaras prendidas en TODOS los sitios de una República y no sólo en la arena de la política. Y porque si eso aún pueden sostenerlo algunos cronistas de quinta categoría cuando son premiados y les dan micrófono, vale hoy interrogarlos y preguntarles por qué se oponen a que un vicepresidente tenga cámaras encendidas cuando vaya a ser indagado con la certeza de ser procesado.
En su momento, como la guerra aún no era ni abierta ni declarada y Néstor Kirchner no había aprendido la parte de la lección que indica que con los dueños de medios no se puede acordar en almuerzos cerrados sino con el pueblo en la calle, al diario La Nación la solicitada del saludo no le había parecido ni agresiva, ni una embestida, ni polémica. “Particular”, dijeron en el título. Sugirieron lo que vendría, pero ni imaginaban que el kirchnerismo se iba atrever a correr todos los telones y permitir al pueblo entero ver y conocer los detalles del backstage –cuyos datos de funcionamiento se guardaban bajo siete llaves- de cómo opera el periodismo en particular, y los medios de comunicación en general. Cosas bien distintas éstas, pero que hoy gracias a que la temática es cosa pública hemos avanzado como República al saber no sólo que la disciplina tiene los condicionamientos de la propiedad, sino que los profesionales que no quieren definir su predilección partidaria o que aún hoy insisten en decirse fuera de la política tienen un enorme problema no con los demás sino con ellos, porque no llegan ni al escalón de mediocres.
La crónica sobre aquel saludo, que publicó La Nación, pero que escribió la agencia Diarios y Noticias, o sea, los propios La Nación y Clarín, era inocua para lo que leeríamos hoy. Decía: “(DyN) - El gobierno nacional saludó a los periodistas en su día a través de una solicitada en la que hace un juego de palabras en broma, aludiendo a la fama que se ganó de tener una difícil y dura relación con la prensa. (…) La expresión "apretando" a los periodistas que encabeza la solicitada es una obvia alusión a las numerosas críticas que reciben el presidente Néstor Kirchner y sus colaboradores por la complicada relación que mantienen con la prensa. (…) El presidente Kirchner suele cuestionar en actos públicos a periodistas identificándolos por nombre y apellido, o a medios en general, cuando publican artículos que no le resultan de su agrado”.
Bastante prudente el texto. Aún nadie se había animado a meterse de lleno en el barro en que opera el sistema de medios. Aún no lo habían escuchado a Kirchner reconocer que “Cristina es mucho más corajuda que yo”.
Todo lo que vino después es historia –detalle más, pormenor menos- bastante conocida. Cada espacio político sabe qué relato construyó y cada periodista sabe de qué lado estuvo en cada momento. No se trata ahora de hacer ese balance ni de contar costillas.
Pero sí sigue siendo tiempo de insistir en que “la grieta” no la abrió este gobierno. La zanja viene desde el fondo de los tiempos. Si queremos un grado cero en los libros de historia no antigua, podemos ubicar a la versión criolla de la muralla china en Adolfo Alsina. Y si nos remitimos al periodismo, vamos con el jacobino Mariano Moreno y su nada objetiva, ni imparcial, ni independiente, ni apolítica máxima de "Prefiero más una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila". O retomemos a quien siempre estaremos obligados a leer y releer: Rodolfo Walsh. Porque él escribió la Carta abierta a las Juntas, dijo que publicó Operación Masacre no para “reflejar” nada sino para que el libro “actuara” y sostuvo que “la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez”, entre otras tantas verdades dichas en sus textos más conocidos. Pero también puso negro sobre blanco en artículos mucho menos difundidos, por ejemplo, que: “En cuanto a la manera de informar –o deformar- de las agencias y los medios en general, sólo se me ocurre decir que su consecuencia es que la gente ya no cree nada. Ni los periodistas, ni los lectores. Salvo en los resultados del fútbol, se ha creado una forma de leer al revés”.
Lo sostuvo en 1972. Jamás tendrá idea de la actualidad y oportunidad de este párrafo en estos convulsionados, fervorosos, apasionados años que corren. Estos en los que muchos hemos podido sacarnos la mochila de farsas con las que quisieron meternos con fórceps en la profesión; éstos en los cuales gracias a todos quienes se atrevieron podemos sostener que los periodistas somos actores de la política -militemos o no- sin que nos miren raro y se rían mientras nos acusan de no haber visto caer el Muro de Berlín; estos “tiempos de felicidad”, como rezaba el lema de la Gazeta de Buenos Aires que fundó la Primera Junta de Gobierno Patrio y por cuya primera aparición celebramos el día del Periodista: “estos tiempos de felicidad en los cuales se puede sentir lo que se desea” y, además, “es lícito decirlo”.
domingo, 4 de enero de 2015
Programa SF 140 - Anibal Fernandez - 16 de Agosto de 2014
El analfabeto político.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 16 de agosto de 2014
El motivo va de la mano de los niveles de cinismo, de oportunismo o de básicos márgenes de dignidad. Lo cierto es que se vieron obligados a reconocer primero la alegría popular por una selección de fútbol que regaló bastante más que deporte. Luego debieron mostrar un nivel al menos mínimo de decencia patriótica frente a la peor carroña del capitalismo financiero mundial. Y después no tuvieron más alternativa que aceptar la emoción del 99,999 por ciento de la población con la llegada al universo de la verdad de Ignacio/Guido. Haya sido por aceptación genuina, por la exigencia de las encuestas o por algo de olfato, lo cierto es que los medios y políticos que no pueden terminar de rifar lo poco de credibilidad que les queda, durante los últimos meses mantuvieron más o menos a raya las toneladas de mala onda y pesimismo que vienen derramando a diario desde hace unos años.
Pero pasado el huracán celeste y blanco y los Maschefacts; conocidos los detalles del primer round en la batalla contra los buitres y a medida que uno se va habituando a la brisa cálida de la restitución, los de siempre volvieron a lo suyo con el hundimiento de su política en el lodo, el veneno destilado disfrazado de eso que llaman “inseguridad” y la tergiversación más a mano y burda.
Dejemos para más adelante la frivolización de la tarea más noble y vayamos directo a dos ejemplos que nos quedan bien a mano y nos permiten ver la trampa diaria.
Fui día por día. Y miré y leí en detalle las tapas y la presentación de esa creación de clima que en la jerga decimos “agenda”. Y ocurrió lo que me suponía. Me sonreí porque son de manual. La primera vez que al dispositivo se le habían visto los hilos fue en 2008, durante lo que algunos con el cachito de cabeza colonizada aún denominan la “crisis del campo”. Me acuerdo muy vívidamente de un día en el aula. Una alumna habló embebiendo de fina ironía cada palabra: “Che, resultó buenísimo para todos esto de que el gobierno nacional la emprenda contra la Sociedad Rural. ¡Durante los 90 días que duró el conflicto no hubo casi casos de inseguridad! ¡Qué genial! O…, bueno, al menos así nos lo contaron algunos medios de comunicación. Ahora que el enfrentamiento terminó, vuelve a haber delito. ¿Qué extraño todo, no?”, había comentado la estudiante.
En esta oportunidad fue igual: El Mundial, el procesamiento de Boudou, la masacre en Gaza, el supuesto default, la recuperación del nieto de Estela de Carlotto y hasta el ébola contribuyeron a que en la Argentina bajara el delito.
¿No? ¿No hay una ecuación matemática entre lo que presentan las portadas y lo que ocurre? Ah, disculpen la inocencia. Pensé que sí porque mientras estos temas estaban en la cresta, no hubo ni un título grandilocuente sobre robos y asesinatos relacionados con robos.
Las alarmas volvieron a ser encendidas recién a principios de este mes bajo las siguientes advertencias periodísticas: “Secuestros, el delito que crece en el conurbano”, “Seguridad electrónica: cada vez más hogares regulados”, “Inseguridad sin freno”, “Gran Buenos Aires violento”, “Asaltos y secuestros cada vez más violentos”, “Matan a un jubilado cada 5 días en asaltos” e “Inseguridad: en el año ya asesinaron a 23 menores”. Ninguna de estas generalizaciones pudieron leerse entre el 15 de junio (cuando rodó la primera pelota) y el 30 de julio (día en que, supuestamente, caíamos al abismo debido al default). Los delitos vinculados con la propiedad privada -es decir eso a lo que la mayoría llama inseguridad y que no incluye ni abusos sexuales, ni violencia de género- no fueron tema de tapa en ese mes y medio de balón y batalla judicial en la oficina de Griesa. Llamativo, para decir lo menos.
Sobre el falseamiento y la adulteración, ¿qué más afirmar que no haya sido ya discutido y demostrado? Valga lo de ayer, el viernes 15 de agosto, como botón de muestra de lo que vienen haciendo de lungo y siguen porque es lo que conocen. A la decisión presidencial de ir a fondo contra las aves de rapiña, funcionen éstas afuera o aquí y se llamen Elliot o Donnelley, los principales periódicos del país la definieron así: “Aplican a una empresa de EEUU la ley antiterrorista” y “El gobierno quiere aplicar a una empresa la ley antiterrorista”. Así. Bien vago. Con una falta de especificidad y especificación que permite que el distraído acentúe esa idea ramplona de que lo que más le divierte a este Poder Ejecutivo es aplicar un intervencionismo stalinista a las fábricas y a la propiedad privada. Con esta concepción vuelan bien alto, como un cóndor, como un águila o como un buitre –para usar precisión de cirujano- la idea tan desarrollada del vocero número uno de esos fabricantes de juicios inmorales a países soberanos que se dan el distinguido nombre de “holdouts” para tapar la caca que los embadurna. Me refiero al modo en que José Luis Espert –quien no se ahorra insultos ni a mi persona ni a la Presidenta- definió a la política oficial: “el estatismo stalinista que nos regala casi a diario la pingüinera gobernante”.
Y sobre la actividad más honrosa y estimable que puede desarrollar una persona, como es la política valgan un par de apuntes sobre cómo los medios han vuelto a sobrevolarla al igual que otras aves que aletean por la zona.
Es sabido que desde que los medios nacieron, si algo se les opone es la política. Ella necesita complejización, tiempo, profundidad, análisis, pormenores y detallado conocimiento de los por qué si ésta se lleva adelante en serio y con sincero deseo de transformación. Es decir, ontológicamente es lo opuesto a la lógica propia de los medios de comunicación. Es “aburrida” para este modo de dar a conocer el mundo y de abordarlo. Se opone, se enfrenta, pelea, da batalla ante la inmediatez, la instantaneidad, lo espontáneo, lo vacío, lo banal, lo superficial, lo liviano. Está en las antípodas del entretenimiento. La política necesita largo plazo y cabeza fresca. Y formación. Mucha formación, de bocho y corazón.
Durante la segunda década infame -los años noventa- política, medios y farándula parecieron lo mismo. No fue una casualidad. Fue premeditado y zurcido con ahínco. Esperaron agazapados a que política sonara más a desilusión que a sueño para ocupar su sitio.
Pongamos una fecha. Abril de 1987. Digamos que el “Felices Pascuas” nos mandó a varios a casa defraudados de la primavera. Pues bien. Allí estaban ellos, para volver al sitial, el que habían perdido en otro abril, el de 1982, cuando se cavaron la fosa de la credibilidad con el “Estamos ganando” del triunfalismo uniformado.
Unas horas antes de que todo se tiñera con el nombre de Guido, tuvimos una dosis fuerte, concentrada de intento de desterrar a la política del lugar que le corresponde. En el programa que ya lo había hecho –o intentado- en 2009 y con el mismo prototípico modo: llamar a Olivos y que el o la jefe o jefa del Estado salude con exagerada simpatía y cercanía al conductor. Y aquí quiero detenerme un instante para sentar posición de modo claro y terminante: la farandulización no es que los dirigentes políticos vayan a la televisión. Decirlo así es reducir un sistema complejísimo de simbologías y sutiles construcciones semiológicas. El problema está en si ese dirigente -o el partido político- se entrega manso a los modos de construcción de sentido de ese medio. Si se rinde a las mieles de la inmediatez. Si cree que la televisiva es la única arena en la cual disputar. Si piensa que minuto a minuto es sinónimo de voto a voto. Si cree que la generación de simpatía efímera es idéntica a empatía y confianza.
Un dirigente que no piensa, analiza, conoce e incluso va a la televisión es alguien ajeno a estos tiempos. Es decir, los medios deben formar parte de su hacer cotidiano. Pero una cosa es tener un poco de la atención puesta en ellos y otra bien distinta es ser de ellos.
Un signo (positivo y muy) de estos tiempos fue que la visita excesivamente extensa del diputado/novio y la complicidad lindante con lo obsceno de otros que tienen funciones ejecutivas fue empalagoso y disruptivo para muchos. Entonces, lo ocurrido el lunes pasado por la noche no fue parte del paisaje, no fue un dato más de la cotidiana de la televisión. Y esto tiene una y sólo una piedra basal: Néstor Kirchner primero y Cristina Fernández después comprendieron en toda su acabada dimensión aquel “¡Que se vayan todos!” -que le daba de lleno al corazón de los gerentes del hacer y dejaba de lado a los autores intelectuales del desastre- y repusieron además de la autoridad presidencial, la política en el sitio que le corresponde si pretende ser sinónimo de transformación.
Por eso la comunicación de atril, en lugar de los anuncios en sets de televisión. Por eso la palabra política en las sedes institucionales y no las primicias en las tapas de los domingos. Por eso la sorpresa en el anuncio, en lugar del off the record al diario de más tirada. Por eso el debate caliente en Diputados en lugar de los insultos televisables que terminaban volviéndose anestesiante luego del loop en que el medio convierte a la reiteración. Por eso el señalamiento hacia los medios y el debate de igual a igual con periodistas de renombre, en lugar del show en los medios y el brindis compartido con los editorialistas. Por eso el debate masivo, callejero y popular sobre la propiedad y la desmonopolización en lugar de la negociación entre cuatro paredes con los dueños de las licencias.
Todo esto no es una táctica de un par de personas astutas. Es la estrategia de quien no quiere entregarle la subjetividad -la suya y la de toda una nación-al modo autoayuda de hacer política.
“Y Aníbal lo hizo otra vez”, se manda la presidenta para iniciar el segundo prólogo que le regala al ahora senador y durante más de una década ministro kirchnerista. Y lo que hizo Fernández (hombre) que Fernández (mujer) introduce es un libro titulado “Conducción política, así hablaba Juan Perón”.
En este título, Aníbal Fernández se refiere, entre otra decena de nociones a algo de lo que aquí estamos comentando: al coaching, un término que suena a entrenamiento, a preparación física para, a repetición de movimientos y dice que: “sobre esta base se ha creado una suerte de método enlatado que, pomposamente han dado en llamar coaching político”, algo que “huele a plástico, a desodorante de ambiente llamado Rumor de un amanecer tardío en el otoño, o algo así. Huele a esteroides, a oficina con ozonificador de aire, a vida light, a milanesa de soja”, sostiene él.
Y agrego yo: suena al Ernesto Marroné de “La aventura de los bustos de Eva” y de “Un yuppie en la columna del Che Guevara”, de Carlos Gamerro. Sobre todo al de esa fabulosa escena en la cual este ex montonero devenido gerente, que luego de engullirse por décadas todos los manuales de autoayuda del estilo cómo ser un emprendedor exitoso, termina comandando una asamblea fabril con la lógica de esos decálogos berretas y mentirosos que siempre cuentan con consejos del estilo “Empieza visualizando las cosas positivamente” “Busca el talento y no los títulos” y “Sé tenaz y nunca te rindas”.
Porque son lo mismo. Están untados con la misma pasta. Esos que se dicen políticos pero que sienten asco por la política -incluso la que ellos hacen- o aquellos que se jactan, se auto embadurnan con esa sustancia pringosa y maloliente de ser apolíticos, no son más que los que encajan como en obra de ingeniería en aquello de Terry Eagleton de que “la noción de desinterés intelectual es por sí misma una forma oculta de interés, una expresión de la rencorosa malicia de aquellos que son demasiado cobardes para vivir peligrosamente”.
No fue una casualidad que en un libro de 2014, en el libro de 2014 de Aníbal Fernández, la Presidenta haya encontrado una excusa perfecta para lanzar esas botellas al mar que suele arrojar. “Desconfíen –solicita Cristina Fernández en esas dos páginas del prólogo- de los que les recomiendan que no se metan en política. Porque ¿saben una cosa? La política sí se mete con ustedes”. Dura, directa e incisiva. En la misma dirección que esas líneas de Bertolt Brecht que apuntan directo a aquellos que se sacan la política de encima como si fuese caspa en el hombro.
“Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde”, advirtió el dramaturgo alemán a los mismos que define en El analfabeto político. “El peor analfabeto –escribió- es el analfabeto político. Él no oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. Él no sabe que el costo de la vida, el precio de los porotos, del pan, de la harina, del vestido, del zapato, de los remedios, dependen de las decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostitución, los niños abandonados, el asaltante y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, estafador y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.
A algunos los vemos en tele. A otros los observamos entregarle hasta su propia subjetividad al aparato mediático, gritar hasta la afonía que no hay ideologías y entregarse sometidos al discurso de la posmodernidad, lo que es lo mismo que correr presuroso y con ansias a que los abrace y haga de ellos lo que quiera la más poderosa y dañina maquinaria de la siempre llena de dinero derecha.
Programa SF 139 - Leonardo Grosso - 20 de Diciembre de 2014***
* el programa no esta completo debido a fallas en la grabación. Pedimos disculpas. SF
19 y 20 de diciembre: por esos tiempos.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 20 de diciembre de 2014.
Por esos tiempos su voz no sonaba estridente ni sus dichos delirantes. Es más, era de las pocas que intentaba vincular la tragedia diaria del hambre, la pobreza y la exclusión con el comportamiento del anarcocapitalismo -aunque aún no había sido definido con semejante precisión- y que no se quedaba anclada en la chatura de la crítica a la corrupción desde una perspectiva meramente moral.
Por esos tiempos, Elisa Carrió era una mina interesante. No caía en la tontería de adjudicar el padecimiento argentino al vuelto con el que se podía haber quedado algún funcionario. No era del grupo de los voceros del poder real que le daban al tamboril con el retintín de la ineficiencia del Estado y lo corrupto de nuestro sistema político; versitos éstos que servían de gruesísimo y astuto telón para tapar los zafarranchos financieros del poder económico –por esos tiempos- bastante invisible a la mirada masiva.
Intentaba relacionar los viajes a través del mundo del capital financiero (deudas externas e internas, pedidos de préstamos impagables, organismos multilaterales de crédito, financistas, cuevas) con nuestro 27% de desocupación y nuestro 53% de pobreza. Andaba bastante desgreñada y no tenía demasiado predicamento. Pero, hay que reconocerlo, por esos tiempos, era la que intentaba poner voz al problema. En parte, no obtenía oreja atenta porque la Argentina aún no había visto de cerca y cara a cara -como ahora- al serpenteo del poder real. Nadie lo había desenmascarado aún. Pero, por esos tiempos, Carrió aportaba. Incluso, logró que un caso, de esos que se ponen el traje completo de "caso", que había comenzado como un simple artículo policial en los diarios, fuera remontando la cuesta hasta convertirse en un ejemplo político de cómo ese anarcocapitalismo empezaba a actuar como anarco Narco capitalismo y a fuerza de insistencia hasta llevó a algunas tapas su interpretación.
Junto a Mario Cafiero, por esos tiempos, Carrió había presentado una denuncia por traición a la patria contra Fernando De la Rúa y Domingo Felipe Cavallo por los préstamos garantizados vinculados con el Megacanje. Y lo hacían bien a contrapelo de las voces que dominaban el espacio común. El 20 de diciembre de 2000, Clarín había titulado en tapa: “Préstamos entre bancos: En el primer día del blindaje el costo del crédito bajó. La estimación del riesgo país mejoró y por eso las tasas para operaciones entre bancos cayeron. Las acciones y bonos de la deuda subieron casi un punto. En créditos para la gente aún no se nota”. Era un ¡Iupi! para la gilada. Y un ¡puaj! para el que sabía leer.
Mientras ella y un grupito más, por esos tiempos, andaba de aquí para allá meta denunciar empresas, bancos, financistas y guita sucia y los diarios seguían dale que va con la máquina de anestesiar cerebros, en un departamento de Cariló, en febrero de 2001, aparecían los cadáveres de un hombre y una mujer, cada uno con un tiro en la cabeza. Se trataba de un financista de nombre Mariano Perel y de su mano derecha, Rosita. La investigación judicial y policial fue calificada como “catastrófica” por los periodistas que, por esos tiempos, eran lo suficientemente inteligentes y honestos como para darse cuenta de que estábamos frente a un crimen de causas financieras que no mostraba sino el inicio de lo que le pasaría a la Argentina poco tiempo después. Los burros o los distraídos hablaban de un asunto meramente policial. La procedencia de Perel nos impedía a quienes intentábamos mirar un poco más allá de la nariz propia quedarnos en esa hipótesis. La muerte o había sido causada por un suicidio desesperado por motivos de dinero, o lo habían matado por algo relacionado con el lavado o por la enormidad de guita en negro que debía.
No había que ser muy vivo para vincular y para darse cuenta que la Argentina estaba al borde de todos los estallidos. Veníamos de una saga de suicidios y asesinatos más que dudosos, particulares y llamativos. Y la mayoría iba directo o a Alfredo Yabrán o al lavado de dinero: el brigadier Rodolfo Etchegoyen había sido Administrador Nacional de Aduanas durante 1990, cargo para el que había sido recomendado, justamente, por Yabrán. Apareció muerto el 13 de diciembre. Había renunciado a su puesto un mes antes, mientras investigaba varios casos de contrabando relacionados con la Aduana de Ezeiza y con Edcadassa, una de las empresas de Yabrán. La causa no fue caratulada como muerte dudosa y la investigación fue cerrada.
José Luis Cabezas apareció calcinado dentro de su auto el 25 de enero del 97, en una cava de Pinamar. El jefe de custodia de Yabrán, Gregorio Ríos, fue condenado a perpetua por ese crimen junto con otros más.
Mezclado con toda la mugre del contrabando de armas a Ecuador, el capitán de navío Horacio Estrada fue encontrado muerto en agosto de 1998 con un disparo en la cabeza en su departamento de la calle Arenales. No encontraron rastros de pólvora en sus manos, pero en la investigación no dudaron en hablar de suicidio. Estrada fue hallado muerto el mismo día que Sudáfrica rechazó el pedido de extradición de Diego Palleros. Ex detenidos de la ESMA vincularon a Estrada con Licio Gelli, jefe de la Logia P-2.
Marcelo Cattáneo apareció ahorcado entre los árboles de la parte de atrás de Ciudad Universitaria. Había sido señalado como el encargado de repartir las coimas del mega curro entre IBM-Banco Nación. Nada de lo que llevaba puesto le pertenecía y su camioneta apareció en Olivos.
En febrero de 2001, contaba Página 12 que Mariano Perel “no era un banquero de la primera línea del establishment financiero, aunque estaba ligado a los poderosos. Su primera aparición en los medios no fue de lo más feliz: ocurrió en octubre de 1996, cuando el juez Julio Cruciani allanó las oficinas del Banco Mercurio en una investigación por el giro de divisas a Estados Unidos presuntamente vinculadas al ingreso de mercadería de contrabando al país. Perel, para entonces ex director de Mercurio, había sido citado a declarar como involucrado (…) Las maniobras en las que había quedado involucrado –y finalmente sobreseído– estaban vinculadas a las operaciones de la denominada “aduana paralela” a través de la cual se ingresó mercadería de contrabando por varios miles de millones de dólares durante todos los noventas. “El Banco Mercurio habría sido utilizado para realizar los pagos al exterior por estas compras, obviamente sin documentación respaldatoria, y Perel había quedado en el centro de la investigación con respecto a quiénes posibilitaron la operación”.
Apenas un incidente policial, insistían algunos, por esos tiempos. Seguramente los mismos que acusan a Hernán Arbizu en lugar de subrayar lo que él denuncia; los que frente a la muerte de Mariano Benedit no sospechan y quienes se hacen los zonzos frente a las 3 toneladas y media de documentación de las cuentas de los truchos en el HSBC de Suiza.
“Página/ 12 pudo corroborar –contaba por esos tiempos Susana Viau, esa periodista que hizo un recorrido similar al de Carrió y que terminó recostada en los mismos brazos- en 2001, que el Banco Mercurio, entidad de la que Perel fue directivo, mantenía con el Citibank de Nueva York y un banco uruguayo operaciones de triangulación de dinero similares a las que investiga el Senado de los Estados Unidos en relación al Banco República, el Federal Bank (ambos propiedad de Raúl Moneta) y el Citi de Nueva York. Entre las cuentas que el Mercurio llevaba en tales condiciones, estaban las del empresario menemista Mario Falak y, bajo distintas denominaciones, las del estudio Vignoli-Lublinerman, responsable de la sociedad a cuyo nombre figura la casa de Belgrano en la que reside Carlos Menem”.
Por esos tiempos “Luis Balaguer, quien junto a Carrió y Gustavo Gutiérrez inició las investigaciones sobre lavado de dinero, reveló que tanto la Compañía General de Negocios como el Intercontinental Bank of Uruguay, dos de las vías por las que circuló la coima del contrato IBM-Banco Nación, tenían cuentas en el Federal Bank, por las que movían cientos de millones de dólares. La Compañía General de Negocios es la off-shore del Banco General de Negocios, propiedad de los hermanos José y Carlos Rohm, dueños también del privatizado Banco de Santa Fe; el Intercontinental Bank of Uruguay es la off-shore del Banco Mercurio, centro de atención de los investigadores del asesinato del financista Perel. Alcoyana, alcoyana. Tocado.
Balaguer, este contador que investigó –por esos tiempos- las redes de los bancos y su operatoria de lavado se quejaba porque “se aparecieron por el hotel en el que me alojaba en Buenos Aires unos señores que dijeron ser de la SIDE. Presenté una denuncia en el juzgado de Claudio Bonadío y a pesar del tiempo transcurrido todavía no sé qué pasó con eso”. Bingo. Hundido.
Lavado de dinero, suicidados, privatizaciones, timba financiera, bancos metidos hasta el tuétano en el negocio sucio, plata dulce y rápida, políticos no a la altura de la política que sólo atinaban un “Sí, bwana” a los poderes permanentes, miseria, hambre, falta de representación, crisis de confianza en las instituciones, militares asesinos y chorros impunes, pibes sin horizonte y un Estado que aparecía sólo para gerenciar a los ricos y para pegarle a los pobres. Era cuestión de esperar cuándo entraría en erupción el volcán.
La década ladraba, movía la cola, tenía cuatro patas y hacía guau. Pero la mayoría de los medios miraban para otro lado. El único diario que se animaba a decir que estábamos frente a un perro era Página/12. Había sólo que estar más atento para saber que esos años de menemato-delarruismo no terminarían sino en un ataque de rabia.
La vida subterránea del dinero lavado, farsesco o sin respaldo en algún momento iba a salir a la superficie. Y como cualquiera que ha visto lo que hacen los geiseres, cuando el chorro brota está hirviendo y tiene una fuerza imposible de parar.
Así que vino el estallido. Desprolijo. Y me atrevo a decir que fue así, en parte, porque todavía no linkeábamos plata virtual con hundimiento de países. La conversión de Argentina en un país de servicio, con el homicidio que ello implica para la industria y el empleo, aún no podía ser ni descripta ni señalada por las mayorías. Hernán Arbizu, cuando su mundo era la guita y los negocios de la banca, lo dijo con su especial honestidad brutal: “los países son pobres por tipos como yo”.
Fue una explosión de hartazgo, de hastío. Que juntó ahorristas recientemente despertados y desesperados con militantes que habían resistido estoicos y heroicos la estepa política de los noventa a fuerza de convicción; que unió a desahuciados de unos cuantos años con algunos recién desilusionados del segundo capítulo del "deme dos"; que reunió a cierta antipatía por el cinismo de los pibes sushi con piqueteros de lucha de casi una década que no alcanzaban a ganarse el respeto de las principales ciudades del país.
No sobraba claridad conceptual para explicar el fenómeno. En parte, porque la propia experiencia era novedosa y, en parte, porque quienes sí le pusieron palabra analítica estaban todavía involucrados más con cuerpo que con pluma en el estallido argentino.
Como siempre, las bengalas perdidas se apresuraron a hablar de revolución y las clases medias livianas vieron en lo que ocurría una especie de picnic colectivo al que podían estar invitados.
El 19 fue bastante de sorpresa. "Vienen saqueando desde el conurbano", me acuerdo que me dijo una cajera de avenida Pueyrredón cuando le consulté por qué cerraban el local antes del mediodía. "Desde el conurbano, vienen saqueando". Se me compuso una imagen: pobres desdentados que acaparaban a su paso todo lo que los locales comerciales les ofrecieran. Los saqueos eran una posibilidad. Pero eso de "venir saqueando", esa idea de forasteros que van acumulando a medida que avanzan era absurda. Básicamente porque no tendrían donde cargar lo supuestamente robado.
Pero ese día transcurrió alrededor de los rumores. Y sin Twitter, ni Facebook, ni Internet para todos y todas y sólo algunos privilegiados con celular, era difícil enterarse de que estaba exactamente ocurriendo.
Por esos tiempos, las dos cabezas más lúcidas de la Argentina de esos años, Nicolás Casullo y Horacio González, no andaban muy de acuerdo. Así que, imaginemos lo perdidos que podíamos estar el resto de los mortales. Como explicó González: “La forma más prestigiosa de la movilización es aquella que actúa no por intereses específicos o particulares, sino cuando se desenvuelve por el interés universal. Y Casullo pensaba que en las movilizaciones de la clase media aparece siempre el interés particular” (1). Eso se discutió mucho por esos tiempos de Asamblea Interbarrial, de tanta intromisión trosca y troskeada, de tanto desconcierto entre los veteranos y experimentados militantes, de tanta cacerola multitarget.
El estado de sitio definió el humor, y la protesta del 19, por espontánea y porque ocurría bajo la más antipolítica de las consignas -ese que se vayan todos, que si no es desesperado es bien de derecha-, fue la que siempre conmemoraron los que le hacen mueca a la noción de militancia.
El 20, en cambio, además de envalentonar tuvo algún grado mínimo de organización. Y, por supuesto, más violencia. La cabeza de Martín Galli con la bala que le quedaría alojada, el asesinato de Carlos “Petete” Almirón, de Diego Lamagna y de Gastón Riva; los motoqueros del SIMECA que operaban de vanguardia y retaguardia de los sin nada; los limones y trapos mojados para bancar los gases; los tiros desde el -valgan las paradojas del destino- HSBC de Avenida de Mayo y Chacabuco que mataron a Gustavo Benedetto y la montada sobre las Madres son algunas de las postales de esas jornadas de mucha sangre, mucha bronca y mucha violencia institucional. Las de más sangre, más bronca y más violencia institucional de la Argentina desde la recuperación democrática.
Es arriesgada -pero por eso me gusta- la hipótesis de la politóloga María Esperanza Casullo (la pobre carga con un apellido que la obliga a aclarar que no tiene parentesco). Dice ella: “Nunca estuve de acuerdo con esa idea de que 2001 expresó una crisis política. Obviamente hubo una crisis política, pero no fue una crisis del sistema político. De hecho, la crisis fue procesada dentro del sistema político. Bien o mal, pero hubo una salida política del conflicto. El 2001 expresó una crisis del Estado y no del sistema político. No hubo un agotamiento de las capacidades políticas, sino de las capacidades de injerencia del Estado. Cuando hubo que hacer una negociación en el Congreso, los diputados y senadores se sentaron en sus bancas y negociaron y no hubo un golpe. Con todas las críticas que hubo a la clase política, nadie, con ningún tipo de credibilidad, pidió por la vuelta de los militares al gobierno o algo similar” (1)
El sistema político resistió. Hubo, eso sí, una criminal devaluación que calmó a las fieras más poderosas. Pero ese mismo lodo parió al hombre que mejor supo leer el 2001 y que casi como al pasar dijo cuando una vez le preguntaron: “Mi ministro de Economía voy a ser yo”, en una frase que resume la cabal comprensión de que el Estado no es una ONG, sino un espacio permanente de batalla del poder y que la economía no es ni una ciencia ni el reinado de los tecnócratas, sino el lugar de las más importante de las decisiones políticas. Ya el Néstor Kirchner candidato supo que si se plantaba bien en las jornadas del 19 y 20 del 2001 iba a poder usarlas de trampolín para correr los límites de lo posible.
Además de Almirón, de Lamagna, de Riva y de Benedetto, caían por balas liberadas por el poder político Juan Delgado, Alejandro Pacini y Yanina García. Elvira Abaca moría en Cipolletti y Rubén Pereyra y Claudio “Pocho”Lepratti, en Rosario. Jorge Cárdenas fallecía en las escalinatas del Congreso y Alberto Márquez sería otro de los nombres de la lista de asesinados y lastimados que incluye a otros cientos de anónimos heridos por la represión.
“Culmina un día muy difícil” fue la respuesta televisiva de De la Rúa el 19 de diciembre de 2001. De un hombre que no comprendió la diferencia entre un spot y una decisión presidencial y que eligió, para definir esas jornadas, la fórmula “horas difíciles”.
El 19 y el 20 de diciembre de 2001 no fue derrotado un Presidente, ni perdió un gobierno. Por esos tiempos empezó a quebrantarse un modelo de país. Comenzaron a crujir los cimientos neoliberales que se habían empezado a instalar mucho antes de la Alianza, mucho antes de Menem y mucho antes de Raúl Alfonsín. Decir esto no les quita responsabilidad, sino que pone en su real dimensión el enemigo que aún tenemos enfrente.
“Ese día –como dice Luis DElía- fue el derrumbe que abrió una crisis. Algunos señalan que fue EL día de la lucha, pero yo creo que fue el último minuto del último round, de una pelea que duró una década y que se expresó sectorialmente en centenares de luchas” (1)
“Se abrió una etapa completamente diferente, que también fue inesperada” , analiza uno de los pañuelos que más sabe, Hebe de Bonafini.
En esa etapa, en ese día, en ese minuto, en ese último round, por esos tiempos -me animo a decir- la parte democrática del ADN argentino supo que podía y que, justamente por eso, estaba –y esta vez de verdad- dándole uno de los tiros certeros a lo que vinieron a instaurar todas nuestras dictaduras. Por esos tiempos empezaron a ocurrir una enormidad de sucesos que nos permiten, si estamos a la altura, construir éstos y otros mejores tiempos (2).
domingo, 14 de diciembre de 2014
Programa SF 138 - Eduardo Rinesi - 13 de Diciembre de 2014
Democracia.
por Mariana Moyano (a 31 años de Democracia y desde la Plaza de Mayo)
Editorial SF del 13 de diciembre de 2014
Era, y mucho más para esos años, chiquita. 13 años tenía. Y fue la primera vez que vi en vivo y en directo la Plaza de Mayo repleta.
Era un 10 de diciembre. Para entonces, EL 10 de diciembre. El de 1983. Fue mi bautismo de fuego en el más simbólico de los espacios públicos de la Argentina. Recuerdo que los miles que estábamos ahí le dábamos la espalda a la Casa Rosada. Aún estaban ahí los monstruos de carne y hueso y los fantasmas de sus hechos. No había mucho que celebrar -era el mensaje- mirando de frente hacia esa sede de gobierno.
Raúl Alfonsín habló desde el Cabildo y terminó su discurso con lo mismo que había cerrado cada acto de campaña: esa partecita de la Constitución que es el preámbulo, que recorríamos y recorremos poco, pero que para esos días se aparecía como algo de luz en medio de sólo tinieblas. “Luchamos –concluía el entonces candidato y el ya presidente en ejercicio desde ese día- para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…”. Y el público estallaba en aplausos, en lágrimas y en esperanzas.
Pero incluso en aquellos años, con mi incipiente juventud apenas a cuestas no era esa la parte que más me increpaba. Probablemente sí la que más me conmovía, pero no era la que me interrogaba, la que me ponía a pensar. Es decir, la que me generaba la responsabilidad de la acción. El momento de las palabras de Alfonsín que más que inquietaba era el anterior, el inmediato anterior a ese -como le decía él- rezo laico, esa oración patriótica que, exactamente, como en misa, quienes lo oían repetían junto con él. Me impactaba cuando él iniciaba ese ya a esta altura fílmico momento; cuando iniciaba la comunión: “…Y en todas partes he dicho –comenzaba él-, y permítanme que lo repita hoy, porque es como un rezo laico y una oración patriótica…“ Y ahí venía lo que me llegaba a lo más hondo en aquellos días de viaje iniciático a la vida política: “que si alguien distraído, al costado del camino, cuando nos ve marchar, nos pregunta cómo juntos, hacia dónde marchan, por qué luchan. Tenemos que contestarle con las palabras del preámbulo y que marchamos, que luchamos para…” enumeraba los patrióticos motivos de nuestro encuentro.
Me sacudía eso de marchar, codo a codo con otros, unidos, a sabiendas de hacia dónde y por qué íbamos y que al costado, a la vera de ese camino hubiera unos distraídos con preguntas en busca de fundamentales respuestas. ¿Cómo juntos? ¿Hacia dónde marchan? ¿Por qué luchan?
Se trata de preguntas que siguen interrogando. Incluso hoy. Cuando alguien, sin pudor, mete en una misma frase “curro” y “Derechos Humanos” -y no como interrogante incómodo, sino como bandera plantada a la derecha- y utiliza el accionar de un estafador para intentar manchar un pañuelo blanco, las interpelaciones siguen siendo las mismas. ¿Cómo juntos? ¿Hacia dónde marchan? ¿Por qué luchan? ¿Qué festejan? ¿Qué celebran? ¿Qué conmemoran?
Porque la democracia puede ser una solemnidad. Un minuto de silencio para los caídos que uno siente propios. Puede ser un acto oficial; una fecha trajecito sastre en el calendario del funcionariado. Puede ser una acción casi mecánica cada cuatro años, realizada en día domingo, entre desayuno y almuerzo familiar o con la fiaca post siesta. Puede ser un acto de supuesta rebeldía con una feta de salchichón. Puede ser un versito apropiado en boca de apropiadores. O puede ser una manifestación de futuro. Una fiesta popular. Un crecimiento diario. Uno de tantos movimientos de compromiso. Una práctica militante. Una realización cotidiana. Una batalla permanente. Porque aún estamos dando la pelea: todavía hoy la democracia puede ser un gesto de cinismo o un ejercicio de civismo.
Nuestro Eduardo Rinesi hace un recorrido que bien podría responder algunas de las tantas preguntas que nos hemos hecho acerca de desde qué modo de vida hemos abrazado la palabra democracia. Dice él que “la democracia fue pensada sucesivamente, entre los tramos finales de la última dictadura cívico-militar y estos días que ahora transitamos, como una utopía, como una rutina, como un espasmo y como un proceso”.
Democracia es una palabra cara. Cara a los sentimientos de las víctimas directas del terrorismo de Estado, a un Estado ultrajado por los capitales más especuladores, a una ciudadanía empobrecida por pagar deuda privada, a millones de cerebros colonizados por la pata cultural del consenso de Washington primero y el uno a uno después, a un pueblo que –paradojas y crímenes de la historia mediante- batalla férreamente hoy por conseguir como horizonte de mínima justicia lo que en 1973 era el fifty-fifty cotidiano.
“¿Por qué ponemos el eje en los militares?” se preguntaba en 2006 el mismo jefe de ciudad que por estos días habló de curro con el diario La Nación. Y no es una pregunta desatinada, si la perspectiva para atenderla nace de la vereda de enfrente del gobernante ingeniero.
Jorge Rafael Videla, el mismísimo ícono del terror uniformado viene desde el pasado con esas sugestivas apariciones poco antes de morir. “Mi relación con la Iglesia fue excelente, mantuvimos una relación muy cordial, sincera y abierta. No olvide que incluso teníamos a los capellanes castrenses asistiéndonos y nunca se rompió esa relación de colaboración y amistad”, sostuvo ante la revista española Cambio 16 y agregó allí mismo: “los empresarios también colaboraron y cooperaron con nosotros. Incluso nuestro ministro de Economía de entonces, Alfredo Martínez de la Hoz, era un hombre conocido de la comunidad de empresarios de Argentina y había un buen entendimiento y contacto”. Entonces, eso, ¿por qué ponemos el eje en los militares? Cuando los poderes permanentes no son ni han sido ni las Fuerzas Armadas ni la dirigencia política.
Alfredo Yabrán sabía de poder real porque lo conocía desde adentro. Y por eso ha de haber sido que lo definió mejor que un par de libros: “Para mí el poder es impunidad” y completó su obra maestra de revelaciones con aquel “para mí que me saquen una foto es como que me fusilen porque el poder debe ser invisible”. Es decir, silencio, no rostro, no nombre, nulo conocimiento e invisibilidad. Eso es lo que garantiza la impunidad, la que necesita el poder para poder seguir siéndolo.
Puede que hayan sido el primer acto de su show, las palabras del represor Ernesto Barreiro, tal como lo dice la testigo clave en juicio de La Perla, Susana Sastre, pero algo me resuena a crujido. No porque los datos brindados por el no-contento-con-ser-torturador
Esta semana llegó el 116 y nos alegramos, pero nos parece ya algo conquistado. Esta semana logramos el apoyo de la Cumbre Iberoamericana contra los buitres y nos alegramos, pero nos parece ya algo conquistado. Esta semana se dieron a conocer más detalles de la vinculación de los dueños de la plata con el golpe del 76, y nos alegramos, pero nos parece ya algo conquistado. Esta semana, fue condenado un ex subcomisario por fraguar datos en una causa de restitución de otro nieto, y nos alegramos, pero nos parece ya algo conquistado. Esta semana se presentó un documental sobre los HIJOS y nos alegramos, pero nos parece ya algo conquistado. Esta semana se supo más de la maniobra del HSBC y se siguieron corriendo velos del poder económico y nos alegramos, pero nos parece ya algo conquistado.
Pero no estaría mal que volvieran a aparecerse esos, los del costado del camino, los que preguntaban ¿Cómo juntos? ¿Hacia dónde marchan? ¿Por qué luchan? Porque pese a lo mucho de civismo, aún hay demasiado de cinismo. Si tiene razón Eduardo, y de la utopía hemos avanzado hacia el proceso, no sería demasiado aventurado asegurar que en este camino de desenredar la madeja estamos llegando al nudo; echando luz, haciendo foco, obligando a mirar. Y eso no gusta porque a los que alumbra, los asusta.
No es una celebración cualquiera. No es redonda, ni hay regalo de calendario de que hoy justo sea 10. Parece una más, pero la vivo como la más definitiva. La que merece la introspección, la pregunta auto interrogante y una enorme cuota de responsabilidad en el festejo. Estamos viviendo un regreso a la impudicia. Vemos pornográficos acuerdos de los poderes permanentes. Están en avanzada porque la política de la luz del día les viene saliendo mal.
Conmemoramos derechos y el haberlos conquistado. Pero que sea con festejo en movimiento. “La única lucha que se pierde es la que se abandona”, decía un peludo; “el que abandona no tiene premio”, canta un pelado”. Pues me parece que algo de eso es lo que festejamos hoy de los jóvenes 31 añitos de nuestra democracia. Una idea de fuego interno, de fuego intenso, vivo y en movimiento. Algo que huela a no bajar los brazos, a pelear por lo ganado y a no quedarse quietos. Y a hacer como los mayas del México profundo, que en su lengua no conocen la palabra rendición. Lo que ellos asimilan al darse por vencido es el “dejar de luchar”.
Y cuando nos pregunten ¿cómo juntos? ¿hacia dónde marchan? ¿por qué luchan? ¿qué festejan? ¿qué celebran? ¿qué conmemoran? responderles a esos distraídos al costado del camino que andamos para no doblegarnos, porque hemos entendido que la única lucha perdida es la abandonada; que queremos el premio y que hemos asumido la responsabilidad de no rendirnos, porque ya sabemos que ganar la democracia no es llegar a algún sitio, sino nunca dejar de luchar.
sábado, 6 de diciembre de 2014
Programa SF 137 - Hernan Arbizu - 6 de Diciembre de 2014
Los informantesPor Mariana Moyano
Editorial SF del 6 de Diciembre de 2014
Es una adicción nueva. Y no es
peligrosa, a menos que se considere un riesgo robarle horas de sueño a la
noche. Empezó hace unos años y ya se ha tejido la red: no puedo parar de
consumir libros, películas y series policiales y de suspenso made in los países nórdicos. La ficción
escandinava, más precisamente la danesa y la sueca, ha podido conmigo. Mi
voluntad ya no tiene fuerza para enfrentarlas.
Sé perfectamente por qué me pasa:
porque ese material es perfecto. Y en esa perfección incluyo el suspenso, la narración,
el vértigo (pero bien alejado de la ampulosa híper actuación yanqui donde todo
debe ser dicho con palabras), el manejo de las miradas y los silencios en los
audiovisuales, los detalles que nos introducen de lleno en el relato en el caso
de los libros y el modo de contar (el tono del texto y el movimiento de la
cámara).
Mis consumos han ido desde los
inigualables de Henning Mankell -desde El Chino hasta la saga de Wallander
(libro, serie y film)-; pasando por las 1800 páginas del Millenium de Stieg
Larsson, que parecen apenas 100; las series Forbrydelssen (la versión original
de The Killing), Den Som Dræbe
(la original de Aquellos que matan), Broen/Bron, Graven/Morden, Borgen y el
resto de la infinita lista de maravillas audiovisuales que nos están regalando
esos países en cuyos inviernos las cinco de la tarde es plena noche.
Me he vuelto completamente
adicta. Lo reconozco y si es bueno para mi sanación, lo digo en público: “Hola,
mi nombre es Mariana y soy adicta a la ficción nórdica”.
Pero el costado que más se acerca de
estas ficciones a lo que considero perfecto no tiene tanto que ver con el modo
en que son narradas, como con la capacidad de estas ficciones de mostrarnos el
lado B de las sociedades supuestamente perfectas. Los crímenes más atroces, las
explotaciones más feroces y los delitos de guante blanco más multimillonarios
–se atreven a contarnos estas realizaciones- provienen de los más impecables
países y de las más insospechadas empresas.
Recuerdo casi de moto textual un
diálogo del Millenium 1 y que suelo citar a los que igualan crimen y robo sólo
a motochorro. La conversación es la siguiente:
_Espera, hombre, escúchame. El CADI
estaba compuesto principalmente por compañías suecas de toda la vida que
querían entrar en los mercados del Este, importantes sociedades como ABB,
Skanska y similares. En otras palabras, nada de empresas especuladoras.
Dice uno
_¿Me estás diciendo que Skanska no
se dedica a especular?
Le pregunta/responde sorprendido el
otro protagonista de la conversación. Y sigue:
_¿No despidieron acaso al director
ejecutivo de Skanska por dejar que uno de sus chavales especulara y perdiera
quinientos millones buscando dinero rápido? ¿Y qué te parecen sus histéricos
negocios inmobiliarios en Londres y Oslo?
“Bueno”, recuerdo que pensé, “si en
la página 31 del primer volumen de la saga, este autor se mete así,
brutalmente, con una compañía cuyo nombre incluso en la Argentina aún sigue
siendo sinónimo de corrupción privada -pese a que muchos quieren adjudicarle la
capacidad de robo sólo al Estado-, pues este escritor tendrá mi lealtad para
siempre”.
Así que, sí. Soy adicta. Y desde la
asunción de esta debilidad es que me comporté estos días. Al mejor estilo
detective de serie danesa, puse en una hoja en blanco de mi computadora fotos
tomadas del buscador de google. Nada muy científico como notarán.
Eran ocho cuadritos de siete
hombres. En estas imágenes estaban suizo Rudolf Elmer, el arrepentido
involuntario, como lo llaman algunos, el jefe de operaciones del banco Julios
Bar de las islas Caimán, que fuera despedido en 2002, arrestado en 2005 por
violar el sacrosanto secreto bancario de la suiza de mecanismo de relojería, y
que en 2008 entregara dos discos duros con información clave al fundador de
WikiLeaks, Julian Assange.
El segundo era el propio Assange,
quien sigue desde hace casi tres años encerrado en la embajada ecuatoriana en
Londres y que es centro de denuncias judiciales en Suecia, Gran Bretaña y
Estados Unidos; el que sostiene que el monopolio de los medios de comunicación
es un verdadero problema, que el secreto y el dinero gastado por parte de
organizaciones para que ese secreto se mantenga debe ser interrogado y que
explica que Suecia (esa maravilla de la distribución de la riqueza) es el
principal fabricante de armas per cápita en el mundo.
Edward Snowden y Bradley Manning
estaban juntos en el segundo escalón de fotos. Inofensivos a primera vista.
Uno, con cara de nerd y anteojitos que culminan la caricatura; y el otro, un
rubito blandito, pecoso y con esos ojos celestes insulsos y armazón de lentes
de los llamados montados al aire. La no peligrosidad hecha personas. Sin
embargo, uno dio enter y puso a todo el sistema de seguridad del país más
poderoso de la tierra en jaque. Y el otro, por ser acusado de ser una fuente de
Assange, estuvo detenido en los Estados Unidos en condiciones que las propias
Naciones Unidas han descripto como similares a la tortura. A este soldadito
Denver Nicks le dedicó un libro: “Privado: Bradley Manning, WikiLeaks y la más
grande exposición de secretos oficiales en la historia americana”.
La revista Time –que no le regala
nada a nadie- les dedicó una tapa: “Los informantes”, era el título principal y
en una imagen símil Matrix se leía la bajada: “Por
qué una generación de hacktivisitas está impulsado a derramar los secretos
gubernamentales”
En esta portada
estaba un tercero. Uno que también estaba en mi pizarrón de investigaciones
imaginario: Aaron Swartz, quien en septiembre de 2010 descargó 4, 8 millones de
documentos académicos y publicaciones protegidas por copyright. El 19 de julio de 2011 lo
acusaron de usar un script para
compartirlos en otros sitios y, de ese modo, desenmascarar los vínculos entre
poderosos grupos económicos y alteraciones en resultados de investigación.[i]
Completaban el collage tres
fotografías más, dos de Hervé Falciani, una con y otra sin barba y la de un
argentino.
Falciani era un apellido casi
desconocido en la Argentina hasta el jueves 27 de noviembre, cuando el titular
de la AFIP, Ricardo Etchegaray, puso en una misma frase la marca HSBC, es
decir, el Hong Kong Shanghái Bank Corporation, y la fórmula “asociación
ilícita”, una que asusta porque aunque uno no conozca en detalle las
consecuencias judiciales que acarrea, sabe que conlleva verdadera gravedad.
En la brillante nota de Fernando
Krakowiak de Página 12 del viernes 28 de noviembre y bajo el título “El hombre
que hizo saltar la banca”, el periodista indica que: “La denuncia por evasión
fiscal contra ciudadanos argentinos con cuentas no declaradas fue posible a
partir de la información que el organismo fiscal obtuvo de la agencia
tributaria francesa. Sin embargo, la fuente clave en esta historia es Hervé
Falciani, un ingeniero en sistemas francoitaliano que en el año 2000 ingresó a
trabajar a la filial del HSBC de Mónaco y en 2006 fue trasladado a las oficinas
del banco en Ginebra para trabajar en un proyecto que consistía en “migrar” la
información sobre las cuentas bancarias a una base de datos más segura. El
objetivo del banco no se cumplió, porque lo que terminó haciendo Falciani fue
filtrar el detalle de 130.000 cuentas a las autoridades francesas, las cuales
comenzaron a investigar a sus titulares por evasión fiscal, lavado de dinero
y/o financiamiento del terrorismo, despertando el interés de otras agencias
tributarias, como las de Estados Unidos, España y Argentina.
“Más allá de sus intenciones
iniciales, lo cierto es que una vez que llegó a Francia, Falciani fue detenido
por la policía de ese país e inmediatamente ofreció la información que tenía
disponible sobre los clientes del HSBC. El fiscal francés Eric de Montgolfier
confirmó eso y agregó que Falciani en ningún momento pidió dinero a cambio. El
1º de julio de 2012 Falciani viajó a España y fue detenido por la policía a
pedido de la Justicia suiza. Este ingeniero informático aseguró que viajó a
Barcelona, aun sabiendo que lo iban a detener, porque su vida corría peligro en
Francia. Una vez allí, también se mostró dispuesto a colaborar con el fisco
español. Suiza reclamó su extradición y lo acusó de cuatro delitos: espionaje
financiero, violación del secreto bancario, violación del secreto comercial y
apropiación de datos relativos a clientes. No obstante, en mayo del año pasado
la Audiencia Nacional rechazó el pedido al argumentar que los delitos de los
que se acusa a Falciani en Suiza no están tipificados como tales en la
legislación española. La información que consiguió Falciani resultó clave en el
país ibérico. De los 1500 nombres que envió Francia, Hacienda identificó a 659
y pudo recuperar 260 millones de euros aportados por personas que se mostraron dispuestas
a “colaborar” cuando la evidencia en su contra se reveló irrefutable, entre
ellos el entonces presidente del Banco Santander, Emilio Botín, y su familia.
Falciani también fue un informante fundamental del Departamento de Justicia de
Estados Unidos, organismo que acusó al HSBC de blanquear dinero de carteles
narcos mexicanos y de países como Corea del Norte e Irán. Finalmente, en
diciembre de 2012 el banco aceptó pagarle al gobierno de Estados Unidos la
cifra record de 1900 millones de dólares para poner fin a la investigación”.
El argentino que coronaba mi
composición era nada menos que Hernán Arbizu: nuestro Snowden, nuestro Manning,
nuestro Falciani. Una de las frases que le adjudican a Arbizu y que es la que
más me impresiona por brutal, por no autocomplaciente y por cierta es una que
me dicen que él dijo: “Los países están pobres por tipos como yo”.
En la electrizante página web
haddensecurity.wordpress.com/tag/hsbc/ dicen sobre él:
“El JP Morgan Chase se encuentra en el centro
de la historia del tercer arrepentido: el argentino Hernán Arbizu. En 2008,
Arbizu -uno de los financistas estrella de la operación del JP Morgan Chase en
América del Sur- se presentó ante la Justicia federal de la Argentina para
“auto denunciarse” por fraude, evasión de impuestos y lavado de dinero.
“Yo había cometido un fraude. Había mucha
presión interna en la compañía y para no perder un cliente muy importante le
ofrecí un rendimiento para sus inversiones que sólo podía cumplir sacando
dinero de otros lados. Fue un grave error. Pero lo que estoy denunciando ante
la Justicia es un fraude masivo contra el Estado por evasión y lavado”, señaló
Arbizu, en diálogo con BBC Mundo.
“Los grupos más poderosos de la Argentina –el
multimedios Clarín, Banco Patagonia, las empresas de energía Bridas y
Bulgheroni– se encuentran en la lista que Arbizu entregó a las autoridades,
pero en el vértigo de aquel año clave la pista alcanza al banco que precipitó
el estallido financiero de 2008 al caer en bancarrota: el Lehman Brothers”.
Cuando estalló la denuncia de Etchegaray, los
medios de comunicación socios del HSBC y parientes en el modus operandi se
ocuparon de rápidamente y en primer término de no dar a conocer la acusación,
sino la desmentida del banco: “Polémica por la denuncia de la AFIP sobre las
cuentas en Suiza”, “Desmienten a Etchegaray y a listas de medios oficialistas”
e hicieron una de manual, tan burda que resultó graciosa: Indicaron que a
través de UIF, el gobierno reconocía que iba a haber complicaciones a la hora
de seguir la pista. Quisieron presentarlo como una debilidad de la
investigación, cuando en realidad, y por eso se lo guardaron para un tercer
párrafo, lo que la voz oficial indicaba era que el Poder Judicial estaba poniendo
trabas para realizar una investigación a fondo. Es decir, no se estaba
asumiendo un inconveniente gubernamental sino que se estaba, fuertemente,
acusando a ciertos sectores de los Tribunales de no querer ir contra sus
amigos.
Jugadísimo, Arbizu, pasó por encima
de todas las excusas y en una de sus declaraciones de estos días contó a Radio
Del Plata que “cuanto estaba en el Citibank usaba toda la red de sucursales en
Argentina para buscar clientes para abrir cuentas en el exterior. Tal es así
que pedíamos a todas las sucursales los listados de más de 3 millones y
obligábamos a los gerentes de las mismas a generar reuniones con esos clientes
para ofrecer los servicios nuestros off shore". Remarcó, así que ese tipo
de operaciones "es totalmente ilegal", y desmintió al HSBC.
En su momento, en
junio de 2009, el New York Times se ocupó de él. Y en una nota de LYNNLEY BROWNING y DIANA B. HENRIQUES,
publicaron: “Creció en círculos de élite en Buenos Aires y sus conexiones
privilegiadas le allanaron el camino para que se convierta en un banquero
privado estrella en Nueva York para clientes ricos de UBS y JP Morgan Chase”. Era evidente que estaban impresionados con lo que Arbizu
estaba denunciando. La foto que acompañó la nota lo delata: Arbizu está sentado
en un sillón estilo francés de esos que más que comodidad muestran poder y en
el propio texto se van un poco del personaje en cuestión para ir al nudo de la
cuestión: “Varios grandes bancos europeos tropezaron en la estafa Madoff, por
ejemplo. Más
recientemente, UBS acordó pagar $ 780 millones con el Departamento de Justicia
para hacer frente a las acusaciones de que había ayudado a los estadounidenses
ricos esconden miles de millones de dólares en impuestos en secretas bancarias en el extranjero cuentas”.
“En junio de
2008, semanas después el Sr. Arbizu fue acusado en Nueva York, las autoridades
argentinas allanaron las oficinas de JP Morgan Chase en Buenos Aires y
confiscaron los registros de 200 clientes argentinos ricos, muchos de ellos el
Sr. Arbizu de cuyos nombres y activos fueron publicadas luego en un periódico
local”.
Por esos días, sólo dos personas públicas y con poder de propalación
dieron a conocer los datos de Arbizu. Uno fue Luis D Elía, quien entendió de
inmediato lo que implicaba políticamente tener la información de uno de ellos
de nuestro lado. El otro fue Jorge Lanata. Y el periódico local al que se
refería el NYT no era otro que Crítica, el que un día cualquiera nos despertó
con la más fuerte denuncia a la que se había atrevido en años el periodismo
argentino. Así decía la crónica la 2008 de pluma del propio Lanata: “Cuando Diego Slupsky, secretario del Juzgado Federal Nº 12, entró
a las oficinas del JP Morgan en el piso 22 de Madero 900, una mezcla de pánico
y sorpresa dominó la escena. Slupsky dijo que se trataba de un allanamiento por
orden judicial, y eso borró de inmediato la sonrisa profesional de todos los
empleados.
- Necesitamos constatar el
soporte magnético de las operaciones -explicó al responsable.
- Nos interesan más que nada
los clientes de altos recursos -señaló, mientras los peritos de la policía
amontonaban CD, carpetas y servidores como si fuera una liquidación de Navidad.
Uno de los empleados lograba
mantener la calma con la vista fija en un calendario de escritorio, hasta que
advirtió lo que estaba mirando: era el viernes 13. Algo malo iba a pasar.
Dos o tres minutos después en
las oficinas centrales de Park Avenue 345, 5º piso, había un nombre a flor de
labios, mezclado con insultos del peor slang.
Hernán Arbizu, el argentino,
estaba dispuesto a hablar.
Así definió Arbizu su trabajo
ante el juez:
"Administración de activos
líquidos (inversiones), creación de estructuras de administración de riqueza
con fines hereditarios, ayudar a clientes para crear estructuras con las que
ocultar la verdadera titularidad de los activos (esto se debe a que en muchos
casos los activos no son declarados en los países donde viven los clientes), y
préstamos en la Argentina usando como garantía activos no declarados
depositados en el exterior".
Arbizu, quien se considera
"un arrepentido del mundo de las finanzas", relató en su declaración
las dos maniobras principales hechas por el JP Morgan:
- Buscan captar nuevos fondos,
sobre todo los provenientes de la venta de empresas, y una vez afuera esos
fondos evaden obligaciones tributarias.
- Suelen actuar "en
complicidad" con las AFJP: cuando una empresa efectúa una oferta pública a
través del banco, las administradoras de AFJP compran la emisión primaria o
secundaria, aunque no sea un buen negocio. Cerrada la operación, los fondos son
sacados del país por el cliente y administrados por el banco en Suiza o Estados
Unidos.
AQUÍ ESTÁN, ÉSTOS SON.
De la lista entregada por
Arbizu a la Justicia aquí se reproduce sólo una parte, ya que son más de veinte
carillas. Muchas de las cuentas tienen nombres de fantasía y son
"empresas" radicadas en el exterior, la mayoría sin ninguna actividad
comercial: son todas las terminadas en "Inc.", "Corp.", "Ltd.".
Varios números de cuenta se repiten
con diferentes nombres: corresponden en ese caso a la misma empresa o familia,
por ejemplo el Grupo Clarín, o la familia Constantini. En la lista presentada
al juez, los Bulgheroni son los principales clientes, con depósitos por 1.500
millones de dólares entre Bridas, Plus Petrol y Torno Constructora.
En la siguiente, sobresalen los
depósitos de Ernestina Herrera de Noble por 154 millones”.
La lista arrancaba con estos
datos precisos: “Ernestina Herrera de Noble, el CEO Héctor Magnetto, otros
directivos (y ex directivos), sus familiares, empresas conocidas del Grupo y
otras desconocidas.
Nombre / Cuenta / (Total en
U$S)
* Ernestina Laura Herrera de
Noble / 32407608.00 / (154.482.039,49)
La Justicia los investiga por
lavado de dinero y, eventualmente, evasión impositiva.
Una mirada posible es la de
preguntarse si estos sujetos son héroes o traidores. Como escribió Benjamín Prado para enpositivo.com “Hay
palabras que merecen una segunda oportunidad. Por ejemplo: chivato. Un adjetivo
al que suelen recurrir quienes abusan de otros para así tergiversar sus
acciones y cambiar las culpas de bando, de manera que la víctima se convierta
en alguien despreciable: un delator.
Creo que
en este mundo en el que el poder lucha a sangre y fuego por controlar no solo
la economía y la política, sino también la información y las conciencias, hay
que mirar con la misma lupa la palabra traidor: ¿qué son Assange, Snowden, Falciani? ¿Son héroes o bandidos? ¿Merecen la cárcel o una
estatua?
En
inglés, al que revela ese tipo de secretos se le denomina whistleblower, es
decir, es quien toca un silbato y alerta a la sociedad de un abuso o un delito
cometidos por la organización para la que trabaja. Sin embargo, Assange,
Snowden y Falciani viven en el exilio, se los considera renegados y alguno está
en busca y captura. Sobre ellos han corrido ríos de tinta envenenada, pero
aunque no los moviera el simple altruismo, ¿no habría que felicitarse igual
porque hayan sacado a la luz toda esa oscuridad?
El
traidor es siempre el malo de la historia, desde Judas Iscariote, cuyo nombre
proviene del latín sicarii, un término que designaba a los judíos que ocultaban
entre sus ropas una daga, o sica, para apuñalar por la espalda a los invasores
llegados de Roma. Y eso es lo que consideran a Assange, Snowden o Falciani
quienes los persiguen: mercenarios.
En su
libro Elogio de la Traición, Denis Jeambar e Yves Roucaute escriben que en el
ámbito de la política “la traición es la expresión superior del pragmatismo que
evita las fracturas y garantiza la continuidad democrática al flexibilizar en
la práctica los principios preconizados en la teoría”; aseguran que no
cometerla “es desconocer los espasmos de la sociedad y las mutaciones de la
historia”; y sostienen que ese es el modo de adaptarse a la voluntad de los
pueblos y que quienes se oponen a cualquier clase de cambio son los tiranos.
Este es
un mundo hipócrita y los mismos que califican de traidores a Assange o Snowden,
ofrecen recompensas millonarias a quien señale el escondite de sus adversarios,
como ocurrió con Sadam Husein y Bin Laden. Otros lo consideran, como mínimo, un mal necesario, hasta tal punto que
Snowden ha sido propuesto como candidato al Nobel de la Paz.
Quizás es
que las banderas hay que defenderlas o no, según lo que escondan debajo. Votar
es la mitad de la democracia; la otra mitad es el derecho a saber”.
Después
de mirarlos fijo ratos eternos y ver qué tenían en común estos siete hombres,
además de su extrema prolijidad y su andar atildado vi que poseían todos una
mirada profunda hacia la lente que los había fotografiado. Así que decidí sacar
una conclusión al estilo de las y los detectives de mi adicción: es decir, no
quedarme en la imagen corta sino prolongar la observación. Porque aquí no hay un hombre, una mujer, un nombre
propio culpable. Hay autores materiales, sí; hay ejecutores, por supuesto; hay
realizadores; obviamente. Pero si la democracia es votar y saber, lo que
tenemos frente a nuestros ojos no es a individuos, sino a los hilos de cómo
funcionan, se asocian, se cuidan, operan y nos mutilan los dueños del poder
mundial. Los que recién en los últimos años han adquirido visibilidad de su
cara, rostro, nombre, cuerpo, ideología y accionar. Entonces ya no somos
nosotros mirando fotografías de personas, sino –y me atrevo aún a riesgo de
sonar solemne- nuestros propios hijos y las futuras generaciones
interrogándonos acerca DE qué cuernos estamos dispuestos a hacer con lo que
sabemos: meterlo bajo la alfombra y hacer que nuestras democracias declinen o
utilizar esa información -de verdad y por fin- en contra de quienes siempre han
jugado en contra de nuestros intentos por ganar más democracia.
[i] Swartz fue encontrado muerto en su departamento de Crown Heights, Brooklyn, el 11
de enero de 2013. Se
declaró que se había ahorcado. Si era condenado por los 13 cargos que contra él
presentó el gobierno de los Estados Unidos, Swartz, debía pagar 4 millones de
dólares en multas y cumplir más de 50 años de prisión. La familia y la pareja
de Swartz crearon una página web en la cual publicaron: "Usó sus
prodigiosos talentos como programador y tecnólogo no para enriquecerse, sino
para hacer Internet y el mundo un lugar más justo y mejor".
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