Memoria Sonora del programa que se emite los Sabados a las 15 horas por Radio Nacional de La Republica Argentina. Conducido Por Mariana Moyano. Con la Participacion de Damian Valls y Flavio Rapisardi. Producción: Julieta Avalos y Micaela Polak
lunes, 15 de abril de 2013
Programa SF 62 - Claudio Villarruel & Bernarda Llorente - 13 de Abril de 2013
¿Gritar más fuerte?
por Mariana Moyano
Editorial Sintonía Fina del 13 de abril 2013
Hay algunos que tienen ese poder. Lo construyen, lo elaboran, lo lanzan, lo machacan y se instala. Se queda, sedimenta, se comenta y es. Es lo cierto; la verdad. No hay hendija ni relatividades. Hecho consumado. Existencia absoluta. Eficacia y efectividad. Son rotundos. No dejan margen ni para la pregunta.
¿Quién posee esa capacidad de alojarse en la cabeza ajena como pensamiento personal? ¿Quién logra levantar la barrera que divide intereses del otro de objetivos propios y apostarse como dueños de casa en terreno adverso? ¿Quién ostenta el talento de inocular sentido y asentar como general lo que apenas es un mezquino deseo privado? ¿El que grita más fuerte? ¿El que taladra? ¿El que más veces repite?
Estos fueron, literal y metafóricamente, días de desborde. Brotó agua de donde nadie esperaba y brotaron, de bocas habituales, adjetivos inesperados. Y, como es lógico, luego de surcar jornadas de adrenalina extrema uno queda tocado, mareado, golpeado, dolido. Y quizás sea por ese agotamiento que el borrón y cuenta nueva aparece como una opción bien a mano, cercana y hasta lógica. Luego del exceso uno quiere la cancelación.
Pero así como la humedad se acuartela como huella testaruda de la catástrofe, los resabios de los alaridos quedan retumbando. Y los dos, lo mojado y el insulto se parapetan como telón que impide ver el detrás, lo otro, el costado, el margen, la grieta.
Por la fuerza del tronar del grito ajeno y por traspié y debilidad propia algo se oculta, se tapa, se borra y el centro se licua. Lo cosmético, el adorno se apodera de la escena y el nudo, el centro, el núcleo vuelve transformado en anécdota.
Ahí los centros de operaciones mediáticos limando cada lazo reconstruido. Ahí el Estado en un intento denodado por quitarse los grilletes que lo atan a todo el sentido común de la cultura neoliberal.
La pechera quedó en primer plano porque se le dio oportunidad y los dimes y diretes sobre las identidades políticas logotipeadas barrieron de un sopapo la acción de un Estado que (parece que) llegó, que (parece que) pudo, que (parece que) cumplió.
Es el blanco predilecto, es el adversario preferido. Es al que hay que aniquilar, desvirtuar, deslegitimar. Porque es el que puede, porque es el que tiene. El que posee espalda, el que se puede erguir.
Se espantaron porque pronosticaron venganza. Pero les molestaba la posibilidad de justicia y sanción. Gruñeron por la plata de los jubilados. Pero se horrorizaban ante la sola idea de la recuperación.
Les cayeron con el mote de “la caja a las reservas”. Pero, en realidad, no soportaban una creciente capacidad de autonomía.
Chillaron por el desenganche del mundo ante el pago de una deuda. Pero la herida la sentían en el certificado de defunción de la esclavitud financiera.
Se mostraron aterrados por la censura que, decían, se venía. Pero el frío les corría por la espalda porque el grandote se ponía de pie y empezaba a tener capacidad de intervención.
Y una resolución y una ley y una tarjeta de crédito les molestan casi de igual modo porque sufren por la plata, pero más les duele que los borren como autores, dueños y gerenciadores de los modos, formas y costumbres de construcción de un país.
Y por eso gritan. Y por eso aúllan. Y por eso claman. Y por eso ocultan. Y por eso esconden. Y por eso velan. Y por eso celan.
Alharaca ajena. Titubeo propio. Y los fuegos de artificio taparon lo real del incendio.
¿Fue porque hay algunos que tienen ese poder? ¿Porque lo construyen, lo elaboran, lo lanzan, lo machacan y, así, entonces, se instala?
¿Qué poseen que adquieren esa capacidad de alojarse en la cabeza ajena como pensamiento personal? ¿Qué tienen que logran levantar la barrera que divide intereses de otro de objetivos propios y apostarse como dueños de casa en terreno adverso? ¿De qué gozan que ostentan el talento de inocular sentido y asentar como general lo que apenas es un mezquino deseo privado? ¿Es que gritan más fuerte? ¿Es que taladran? ¿Es que lo repiten más veces?
El agua perdió su cauce, pero también se desvió el debate. Por alharaca ajena, pero también por titubeo propio. Y los fuegos de artificio taparon lo más real del incendio.
Se habla de la batalla cultural como quien oye llover cuando no hay riesgo. Pero repetirlo y no ejercerlo es empalagar con argumento vacío, es restarle poder de fuego al arma más elaborada, es aceptar que se presume de lo que se carece.
Dar ese combate es reconocer el terreno y la herramienta hostil; registrar que lo vestido de inocuo es lo que hiere profundo y comprender que jugar con instrumentos y mecanismos del adversario es más parte de la derrota que del inicio del triunfo.
Hay eficacia de patas cortas y hay eficiencia de corto alcance. Y ni gritar más fuerte, ni taladrar con creces ni repetir más veces irá al nudo en la ofensiva. Es vuelo rasante; es recorrido superficial.
Desenmascarar la lógica dominante es señalar con el dedo, pero más que nada, es mostrar el operativo, echar luz en el mecanismo, descomponerles la trampa. Y no permitirles que un error propio les permita generar los anticuerpos.
Quieren que sople viento fuerte, viento en contra. Por eso, parapetarse, erguirse, resistir, pero sobre todo, no perder de vista que al hueso del problema no se va con instrumento ajeno sino con la creatividad y la originalidad del obligatorio nuevo modo de contar.
martes, 9 de abril de 2013
Programa SF 61 - Hector Recalde - 6 de Abril de 2013
Desbordados
Por Mariana Moyano
Editorial Sintonía Fina. 6 de Abril de 2013
Cuando se va, deja mugre, kilos, toneladas de
desperdicio. Así es el agua cuando corre con furia. No discrimina. Ella sí que
embiste; ella sí que arrasa. Se la ve llegar y ese es el durante de la pura
desesperación, del temblequeo en el cuerpo y de los giros en falso, de los cuales
sólo nos saca la ayuda inestimable de una cabeza bien fría.
Se la ve, luego, detenerse. Y ese es el después
del ensañamiento, cuando ver lo que pasó nos lleva sin filtro al efecto de la
devastación. Se la ve irse, de a poco porque ella se toma su tiempo. Se queda
un rato largo para pavonear su poder y mostrar y demostrar su capacidad de daño.
Y es ahí, exactamente ahí, el instante preciso
en el cual se inicia el proceso de asumir tanto lo que pasó, a quienes les
pasó, como la responsabilidad de los que hicieron, de los que no hicieron y de
los que ahora lo único que tienen permitido es hacer.
Todo ser humano de bien se encuentra por estos
días atravesado por y atravesando la desesperación, la devastación y la espera.
El que está aún mojado, porque todavía no sabe cómo hará para salir adelante; y
el que no fue salpicado, porque tiene la obligación ética de estremecerse ante
el baldazo de agua fría que implica este incalculable e indescriptible padecimiento
de un hermano.
Te desborda. El agua es así. Y cuando arrastra
trae consigo desechos, inmundicia, basura. Pero en algo se parecen el agua
sucia y la limpia: las dos, cada una a su manera, luego de actuar, dejan lo
auténtico y estructural a la vista. Una, porque traslada y junta en un solo
sitio todo lo hediondo y lo hace, finalmente, evidente. La otra, porque lava lo
cosmético y hace patente la impudicia, lo obsceno, lo inmundo.
El agua amontonó lavarropas, autos, televisores
y ropa que ya había arruinado y apiló también dolor y sufrimiento por las
pérdidas humanas. Pero acopió también la impotencia y la consternación de un
interrogante difícil de responder: cómo hacer para empezar – muchos no por
primera vez- de nuevo. Todo yace ahí ahora y se levanta en el exacto centro de
la coyuntura nacional bajo la intensidad de una formidable luz.
Y hay tanta claridad encima que a veces nos
enceguece y no nos permite distinguir con facilidad. Pero algo se ve. Se ve
cómo los capturadotes históricos de la palabra pública, esos dueños y
distribuidores de la posibilidad de propalación de la voz popular, le pretenden
arrancar al Estado la potestad del cobijo, del consuelo y de la contención.
Reflector a todo trapo, conductor estrella
devenido cronista, munido de escenográfica campera y zapatos de goma, se
acuclilla para escuchar con cara de circunstancia a la vecina abatida, esa
misma mujer -casi siempre morocha- a la que días antes acusó de embarazarse
para cobrar asignaciones y a cuyo marido señaló con el dedo –a veces, otros
incluso le apuntaron con otra cosa- porque se trataba del típico vago que vive
de los planes y que como no quiere trabajar, sale a afanar a los barrios que habita
este reflexivo periodista.
Son gestos. Y viene bien a cuento la cuestión
porque de eso se habló estas últimas semanas. ¿Pero que es una seña que no
viene acompañada de la decisión política que le tuerce el brazo al destino
prefijado por la naturaleza o por décadas de distribución injusta? Una mueca,
una pantomima y, para quien mira bien y ajusta el ojo, un papelón.
La seña cobra cuerpo cuando atrás de ella viene
la acción. La presidenta lo sabe y se puso a prueba a sí misma y a todo su
proyecto. Desafió, a lo K. Se calzó las botas de lluvia y con mucha autoridad y
poca custodia, se escurrió entre ese pueblo aún mojado y con ojos húmedos ante tanta
adversidad.
Un aprovechador serial, el mismo para el cual
la causa de las dos muertes de Puente Pueyrredón había sido la crisis, se posó
sobre aspecto, al menos, extraño. Todos estábamos, como mínimo, estremecidos por
el agua. Sin embargo, él no se pronunció sobre eso sino sobre “la distancia
helada que la Presidenta
establece con el dolor y el sufrimiento ajenos”. Y fue por más y disparó:
“Ningún funcionario de alto rango (estuvo) metido con los dos pies en el agua”.
La realidad, como suele hacer, con esa
costumbre que le es tan propia, se le presentó, incluso a él, toda de golpe y
de un sacudón le mostró cómo eso real a lo cual él dice referirse, no encaja en
la cuadrícula de los caprichos editoriales. Y a él le pasó lo mismo que al
resto: aunque sin mojarlo, a él también lo tapó el agua,
La nota era un engranaje más de la gran
maquinaria mediática a la que se le nota la hipocresía aunque la disfrace de legítima
indignación ciudadana. El grito en el cielo era, esta vez, por lo que ellos
leían como gestos de “politiquería”.
Pero la actuación fue, nuevamente, burda. Y se
les notó: en el apurón de salir a esmerilar al Estado, su blanco favorito, no
se dieron cuenta de que sus argumentos fueron excesivamente parecidos a una caricatura
de ellos mismos. “Politiquería”, esgrimieron y pusieron tal cara de asco
fingida que se parecieron a esas señoras y señores bien, cuyo máximo nivel de
elaboración intelectual es el razonamiento que cuestiona a quienes confunden libertad
con libertinaje.
Pero como fue tan obvio, no hubo que escudriñar
ni escarbar demasiado para advertir que esa crítica frívola no era otra cosa
que la antesala del discurso antipolítica. Por eso la lágrima fácil, la
supuesta indignación frente a la ayuda oficial que no llega, la queja del mal
hacer de los funcionarios, la habilitación a la lástima. Todos esos condimentos
que tan relajados les permite dormir.
Y muestran y hacen foco y se llenan la boca y
les brota una emoción cretina cuando hablan de la solidaridad, pero de la que a
ellos les gusta: la que es más que nada beneficencia y que dista de la
organización.
Pero no nos engañan, ya les conocemos el revés,
ya les vimos la hilacha. Ponen rostro compungido, fruncen el seño, levantan el
dedito y acusan, a todos, menos a quienes sistemáticamente construyen muros e
impiden que la equidad deje de ser un objetivo para convertirse en la razón de
ser de una Nación.
¿Importa? ¿Importa lo que hicieron los
poderosos y los medios poderosos en un momento como este? ¿No es obsceno mirar ahí
cuando hay tanto daño dando vuelta?
De un solo saque valdría la pena tirar esta crítica
a la basura si no hubiera en ellos un aprovechamiento miserable. De un solo
envión me lanzaría contra mi propio razonamiento si no hubiese en esos relatos
el intento de saquearle al Estado la dignidad que ha empezado a recuperar. De
un solo estallido dinamitaría la sospecha si no estuvieran detrás de las
narraciones hegemónicas las fauces hambrientas de quienes siempre se han
quedado con todo.
El rabillo del ojo inteligente tiene la
obligación de mirar hacia ese rincón, al de quienes nos dicen cómo y qué se
debe hacer mientras dejan que otros hagan y deshagan para minar los puentes y
los lazos que se han re estructurado, también a fuerza de descomponer eso que
ellos dicen y hacen.
Barrios enteros están en el centro del
temporal. El Estado en toda su dimensión está en el ojo de la historia.
El Estado que como sociedad se organiza para la
sopa y el té caliente; el Estado que como grupo de conmueve y actúa y dona y
brinda su tiempo; el Estado que como estructuras de la política tradicional se
convoca para ganarse el título de militante. Pero hay uno, un Estado
funcionarial, gestionador y administrativo que, como pocas veces antes, está
ante el desafío de demostrar que estos últimos años han empezado a ganarle a
ese andamiaje de décadas, cuyo único objetivo fue carcomer el único esqueleto
que sostiene a una República.
Hoy, la ventanilla, el mostrador, la normativa,
el empleado, la resolución, la licitación y el expediente son la vidriera de 10
años. Tienen sobre sí el zoom de una cámara, pero lo que importa no es eso,
sino que están bajo la lupa de un pueblo que merece, necesita que el retintín
de la ineficiencia del Estado sea parte del pasado, una cantinela de la derecha
interesada y el estribillo de la tilinguería.
No hay licencia ahora para fallar. No hay
margen. No hay permiso. Ese Estado cascoteado y golpeado tiene ahora que
levantarse y levantarnos, ponerse y ponernos de pie para exhibir que pese a que
estuvimos desbordados, la
Argentina está definitivamente sacando la cabeza.
jueves, 4 de abril de 2013
Programa SF 60 - Horacio Gonzalez - 30 de Marzo de 2013
Los suelen mencionar juntos.
por Mariana Moyano
Editorial Sintonia Fina 30 de marzo de 2013
Los suelen mencionar juntos, en bloque, como si fueran anverso y reverso, un duplicado de lo idéntico. Erramos el tiro en esta mirada: son engranajes de un poderoso todo; son socios en un objetivo común; hace rato que cartelizan su política al punto de fundirse e, incluso, intercambian roles para afinar la puntería y dar de lleno en el blanco trazado. Pero no son lo mismo, no hay uniformidad, no juegan desde lo homogéneo. Es más complejo y, por eso, más perverso aún. Pelean como monstruo de dos cabezas que piensan por separado una estrategia compartida.
El Papa argentino fue regalo divino. Es que, claro, sólo un milagro podía auxiliarlos y sacarlos del zanjón en que habían caído por torpeza propia y quitarles el lodo que les cubría la palabra.
Desde que Francisco llegó a sus vidas algo se les simplificó. Ellos son la parte que pone palabra y que dirige las luces a los sitios donde y sobre los que la Argentina debe pensar. Sobre la sedimentación de décadas de ese sentido común que ellos moldearon y con un esqueleto cultural del que aún manejan los hilos, se lanzaron a poner en marcha un dispositivo, el que más les gusta y del que –paradójica y aviesamente- más reniegan y con más furia acusan: la variable bueno/malo, pero con el binarismo retorcido del mentiroso que sabe cómo hacer pasar la infamia por verdad categórica.
El terreno lo prepararon más o menos así: unos salieron con la cruz como estandarte mientras con la espada, la pluma y la palabra ejercían una guerra santa argumentativa pocas veces vista en la prensa moderna; los otros pusieron la lupa en los zapatos gastados y en la cuenta de hotel.
Unos, envalentonaron a los cruzados del ala de los halcones; los otros conmovieron a los herejes más díscolos tirándoles directo a esa zona del corazón que se conmueve con la pobreza y la austeridad, siempre y cuando nadie se rebele frente a las causas.
Unos revolvieron y movilizaron a lo más ilustre de la derecha “asediada” para poner en claro que siguen siendo ellos los que dictan las reglas; los otros masificaron la papamanía para marcar a fuego -a base de estampita y merchandising- la regla de oro que indica que se puede ir por todo salvo contra los dueños del modo de pensar.
Unos hicieron lagrimear a la alcurnia caritativa con la suela gastada; los otros hicieron tabla rasa y con el martillazo escrito de “el papa de la gente” en el zócalo televisivo estuvieron a punto de dejarte afuera.
Hicieron un operativo sublime. Funcionaron como las verdaderas naves insignia de esa derecha muchas veces obvia pero también escurridiza de la que son parte y que representan. Clarín y La Nación. Mostraron y se lucieron como lo que son: las voces del poder; esas que no gritan en el desierto sino que saben que tienen oído y qué decir para conmoverlo.
Porque fue un trabajo de pinzas. Uno por arriba, desde lo más alto de las clases altas. Otro por abajo, desde lo más hondo del sentir popular. Jugaron fuerte, a todo o nada. Con brutalidad y sincretismo. Con esos modos que conocen, los sagaces instrumentos de la evangelización.
Clarín es torpe, burdo y se saca. La banquina es un destino que visita muy seguido. Derrapa a diario este diario y se destapa. Pero sabe, conoce la cuña, clava el cuchillo; ubica el detalle, mete la lupa y esmerila. No es un medio, es un comando de operaciones políticas de las que conocemos muy pocas en la historia nacional. Y por eso, a no creer que la pelea es sólo sopapo y tachín tachín. Hundió donde dolía y en la vidriera del reinado de la bajada de línea escribió: “sólo con un par de gestos austeros (Francisco) se ungió en la contracara del poder”.
Y ahí quedó la argentinidad: patitiesa, ocupada de las suelas de los tamangos del Papa como jugando en espejo con la bajeza de esa derecha tilinga que se ocupa de los tacos de una presidenta popular. Y ahí quedó la argentinidad: entrampada, con el mote "poder” reducida al ámbito de los gobiernos, los partidos y la política que se practica a cara descubierta. Iglesia y plata: nuevamente al rincón de lo invisible. Hecho. Trampa. Zancadilla justa.
Y así estuvimos: meta comedor infantil y testimonio individual de víctima atendible; con la vara del peronómetro en primera fila; leyendo con ojo de barrabrava el accionar de una jefa de Estado.
Y así quedamos: o estás con Francisco o sos antiargentino. Y dejaron solos a los que complejizan. Y barrieron con la conquista de la laicidad. Y arrinconaron a los consecuentes. Y hacen que soplen vientos de liviandad, ráfagas de bagatela, tornados de frivolidad, huracanes de inconstancia, ventarrones de corto plazo.
Destrabar ahora es la consigna. Buscar hondo en el pensamiento. No caer, no ceder, entender. La política se juega mucho. Y estar a la altura hoy no es horizonte, es sencillamente, un deber.
martes, 26 de marzo de 2013
Programa SF 59- Daniel Tarnopolsky & Bettina Stein - 23 de Marzo de 2013
Quiero hablarles de ella
por Mariana Moyano
Editorial Sintonia Fina 23 de marzo de 2013
Hoy quiero hablarles de ella. Porque es mi amiga. Porque la quiero. Ustedes no saben cómo es ella, no la conocen. Y no la conocen porque ella no hizo de un vértice macabro clavado en su historia, el eje de su vida.
Ella hizo su vida, con el infierno a cuestas, conviviendo con él, combatiéndolo para poder hacer algo, mucho, con esa existencia que quisieron clausurarle.
Calló. Se lo guardó. Lo mantuvo en la más absoluta privacidad y el relato salía en alguna instancia tribunalicia -de las pocas que permitía el estado de impunidad que nos cubría- o en algún encuentro muy pero muy íntimo y reservado. “Conjuré el silencio”, me dice ella. Y yo le interpreto la frase en un doble sentido: por un lado, una invocación a que ese callar cure y por otro, un intento de exorcizar todo ese mal dándole vueltas, con el buscado mutismo.
Ustedes no la conocen. Y por eso les estoy hablando de ella.
Hay tres adjetivos que van de maravillas con las protagonistas de los años 70 y que a ella le cuajan a la perfección: es batalladora, amorosa y apasionada. Tiene, además, una familia adorable, amigos que la admiran y la quieren y que se ha ganado siempre sin dar lástima. Y un marido que, ¿qué decir?, la mira y uno ve brotarle el amor por cada poro.
Pero ella es dueña, además, de otras dos características que, esas sí, no son tan corrientes. Le gusta hablar y que le presten atención -¿quién no?- pero disfruta, sobre todo, de oír a otros; es una magnífica escuchadora.
Su otro gran don es que goza genuinamente cuando se cruza con miembros de la generación de los que andamos en los cuarenti y que ella ve en condiciones ya no sólo de reemplazarla sino de superarla. Y en eso ella es parte de la excepción; hay muchos que se llenan la boca pero el gesto les delata la impostura; mucho que dice y dice, pero mete un obstáculo tras otro con tal de que ninguno le haga sombra.
Pero ella no. Ella se ilumina, crece, se le llena el pecho de orgullo. Es como si viera ahí que lo de ellos no fue en vano, que no perdieron, que no fueron derrotados. En los más jóvenes a la altura de las circunstancias, encuentra ella el triunfo propio y el de sus compañeros.
Ustedes no la conocen a ella. Y los que si, tampoco conocemos los detalles. La conjura…
Porque es ahora, recién a treinta años de aquel 24 de marzo que ella le dio descanso al silencio. “Me sentiría muy mal si hubiera hecho demagogia con mi desaparición”, me dice estos días mientras las dos lloramos en el teléfono. Porque finalmente yo me animé a preguntarle por no haber dicho, por no haber insistido, por no habernos usado de frontón a nosotros con tal de que todo ese veneno inoculado saliera de una vez.
“Es que…”, y se calla unos segundos para que lo que va a decir adquiera la fuerza que ella sabe destinada al misil que se viene; “lo que más pesa es que uno siente vergüenza de haber sobrevivido. Te da culpa. Y la culpa es un gran camino para el silencio”.
No conocemos detalles, pero ella estuvo ahí, en las entrañas del infierno mismo y con un hijo en sus propias entrañas. Por quien veló, como lo hicieron todas. Y que salvó, como pudieron pocas.
Salió. La sacaron. Se salvó. Y vivió. Pero hizo silencio.
Volvió a pisar los pasillos del horror con la comitiva presidencial. Sin grilletes, liberada. Entró con otros de sus compañeros 3 días antes del más caluroso 24 de marzo que recuerde la temperatura corporal.
¿Saben? Yo tengo una teoría. Tonta. Pero acéptenla al menos porque me preocupé en buscar una: no fue el calor de la ciudad lo que nos inundó ese día, fueron las bocanadas del diablo mismo que durante casi una década en nuestro país tuvo uniforme. Eran los lengüetazos del demonio que se sabía por primera vez verdaderamente acorralado e hizo un último intento. Qué iluso, creer que a quienes le vieron el rostro al mal más encarnizado los van a amedrentar con calor.
Aquel ardiente 24 ella entró una vez más. Pero algo se había partido para siempre. Esas puertas que se abrían -que se Nos abrían- rompieron las cadenas que la sujetaban al silencio. “Ese ingreso cambió mi condición. No era una visita, un paseo testimonial. Ya no sólo dejé de tener vergüenza de estar viva, sino que llegaba de la mano de un presidente, de la máxima autoridad, de alguien que tenía las herramientas para hacer algo”.
La recorrida por esos rincones donde el horror aún se refugia, por entre esas paredes que siguen mostrando aún a 30 años de todo aquello, no puede hacerse de otro modo que sin palabras. No se puede hablar mientras uno va descubriendo lo indescriptible. Es eso de la poesía y Auschwitz.
martes, 19 de marzo de 2013
Programa SF 58 - Abel Cordoba - 16 de Marzo de 2013
Es mas Fácil
Por Mariana Moyano
Editorial Sintonía Fina 16 de marzo de 2013
Es fácil. Es más fácil. Es lo más fácil. El slogan es
al discurso político lo que la bala de plomo a la mano dura. Va directo al
objetivo. Acaba rápido con el problema. Y deja que de las consecuencias se
ocupen sólo quienes intentan abordar la complejidad de todas las
circunstancias.
“Hay que meter bala”, es una frase cortita, poderosa.
Parece que va al grano, al nudo, pero, en realidad, va directo al corazón, a
los sentimientos a los cuales siempre apelan quienes buscan llevar adelante
políticas que no pueden -no deben- explicarse porque corren riesgo de
autoincriminarse.
Blumberg no fue una elección al azar. Ayudaba la procedencia, las compañías, su
indiscutible y genuino abatimiento y las ganas propias de pasar de víctima
innegable a voz de autoridad, sin recorrer el proceso que va del duelo a la
organización.
Salió mal por lo falso. No el dolor sino el título. Y
ante todo, porque para pedir la muerte de alguien hay que ser (parecer,
maquinaria mediática mediante) impoluto. De esto algo saben -y valga la
digresión en estos días tan eclesiásticos- los que más saben de política en ese
mundo que hace política y que se escuda detrás de la cruz para hacer como que
no hace ni sabe nada.
Porque con traje limpio, ropa blanca, buena dicción y
mucho rezo se puede exigir pena de muerte, pibes en cana, bala al ladrón y el
“que se pudran en la cárcel” tiene permiso para virar al “que se pudra la
cárcel con ellos adentro”. El estereotipo ayuda y no es sencillo desmalezar el
complejo universo lumpen que dictadura y noventas construyeron sin pausa.
Bien escrito y mejor pensado lo dijo así un tal
Eugenio que siempre prefiere que le digan Raúl: “El sistema penal opera siempre
selectivamente y selecciona confirme a los estereotipos que fabrican los
medios. La capacidad reproductora de violencia de los medios masivos es enorme:
cuando se requiere una criminalidad más cruel para poder excitar mejor la
indignación moral basta que la televisión publicite exageradamente varios casos
de violencia o crueldad gratuita para que inmediatamente los requerimientos de
rol vinculados al estereotipo asuman contenidos de mayor crueldad y,
consiguientemente, ajusten a ellos su conducta quienes asumen el rol
correspondiente al estereotipo”.[1]
Pensar la cosa; buscar las causas un poquito más allá
del metro cuadrado que nos rodea; vincular el asunto que quema, la papa
caliente, con algo que exceda el alarido indignado; entrarle al tema con espada
y armadura a sabiendas que el piolín del que tiramos trae mugre de décadas; estar
al tanto de que el tejido se quiebra de un tijeretazo pero que la reparación es
casi un zurcido con hilos de seda. Descompartimentar la cabeza. Vincular
problemáticas. Unir los tiempos. Diseccionar los pasados. Vislumbrar las
aristas del presente. Advertir los efectos de un futuro.
Por ahí va el esfuerzo. Pero no les gusta.
No quieren eso. Salida inmediata. Solución final. Bala
y golpe. Dinamita al pensamiento. Hiroshima en la reflexión.
“Niegan la inseguridad”, gritan desencajados.
“Nos matan como moscas”. “Quieren los derechos humanos
para los delincuentes”. “Viste, kirchnerista paga, qué suerte que a vos también
te pasó”.
Por ahí va el tono. Ese el máximo de trabajo cerebral
al que llegan.
Salida inmediata. Solución final. Bala y golpe.
Dinamita al pensamiento. Hiroshima en la reflexión.
¿Hay diálogo posible? ¿Por dónde se empieza a pensar
el asunto?
La derecha es hábil en eso. Pensamiento analógico:
encadenamiento ligero de un hecho con otro, de modo que lo primero gritado se
presente como causa obvia de un acontecimiento brutal, que encoleriza y
mortifica. Así la hacen jugar y el dedo se levanta y señala siempre a un
responsable individual. Lo más cercano a un razonamiento medieval y limitado en
el cual la muerte del perro acaba con todas las rabias del planeta.
Pero uno sabe. Ellos también lo saben: la cosa no es
analógica. Es digital. Tiene un centro al que sólo se accede sorteando círculos
concéntricos. Y eso implica obstáculos, ir y volver, retroceder uno para
avanzar dos. “Interdisciplinario”, lo llamó la academia y lamentablemente otros
que se escondieron en la complejidad para poder no hacer nada. Y aprovecharon y
la palabra se llenó de mala prensa y a la prensa la coparon los malos. Y
aprovechó la derecha y ganó la bala. Dinamita al pensamiento. Hiroshima a la
reflexión.
Empecemos por la seguridad. Empecemos por estar
seguros. Por poseer la certeza de qué nombramos cuando decimos seguridad. De lo
contrario será la operación la que cree la estadística; el plano corto y la
cantinela, los que me construyan la percepción y la presentación efímera y
recortada, la certeza de que aquí no hay historización.
Hace unos años fui invitada a Monte Chingolo. 2009 era
el año militante para quienes los medios han sido siempre una obsesión
política. El tema: LA ley. El auditorio estaba lejos de ser el previsible, el
que uno –prejuicio reconocido mediante- supone será el inicial para un debate
público aún en pañales. Lo digo así, sin eufemismo y con la correspondiente
aceptación de los preconceptos propios: los asistentes eran pobres, muy pobres
y con urgencias mucho más inmediatas que la concentración monopólica de
licencias audiovisuales.
Hablé un rato pero no me aguanté. Interrumpí mi
perorata y disparé: “Disculpen, pero ¿por qué han venido ustedes acá?”. Una
ráfaga de silencio, mucho más espesa que la atención con la que escuchaban,
cruzó el salón. Uno, dos, tres… segundos eternos paralizaron el tiempo. Ellos
cruzaron miradas, sospecharon de mí y dudaron. Pero me animé: “Insisto, ¿por
qué vinieron ustedes acá?”. Y un estereotipo puso las cosas en orden, ese ya
construido por décadas de políticas y por la necesaria sedimentación mediática,
esa que permite que algo se instale con fuerza de verdad.
Era él. Era el arquetipo de todo lo temido, de todo lo
culpable: un joven de jean caído, visera atravesada, remera larga, campera dos
talles más grande y mucho de aquello que acarrea la historia y el recelo en
esos cordones del conurbano.
Levantó la mano. Miró a los costados. Se paró y ordenó
en una frase 50 años de imaginario colectivo: “Yo vine porque estoy podrido de
tener la culpa.
El sabía. Sabía que una bala cercana lo buscaba a él.
Porque también había estado en la mira del otro disparo, del de las cámaras que
en el preciso momento tiempo que congelan la imagen la instalan para siempre. “Yo vine
porque estoy podrido de tener la culpa”, había dicho y con esa frase hizo su
aporte, hizo su intento. El de desabaratar la lógica que siempre tiene un
culpable a mano, lejano, ajeno. El otro propio que permite dejar afuera lo
nuestro que no nos gusta.
“Yo vine porque estoy podrido de tener la culpa”. Y lo
dijo fuerte para aniquilar al slogan, para protegerse de la bala, para inhibir
la dinamita en el pensamiento, para adelantarse a otro Hiroshima en la
reflexión.
[1] Zaffaroni, Eugenio Raúl, “Los aparatos de
propaganda de los sistemas penales latinoamericanos (la fábrica de la
realidad). En busca de las penas
perdidas. Deslegitimación y dogmática jurídico penal, Ediar, Buenos Aires,
1989, pp 131/136.
martes, 12 de marzo de 2013
Programa SF 57 - Dora Barrancos y Dolores Solá - 9 de Marzo de 2013
Nos puso en una disyuntiva.
por Mariana Moyano
Editorial Sintonia Fina del 9 de marzo de 2013
Nos puso en una disyuntiva. A todas. A las que la quieren, la bancan y la acompañan. Y, mal que les pese, también a las que la detestan.
Propuso, sin decirlo, pensar todo de vuelta. Dar un salto hacia algo más original que ese tan europeo -y sobre todo sueco- feminismo progre que se eriza y hace centro en la gramática. Desbarató convencionalismos y tiró por los aires viejos lugares comunes. El @ quedó chico, tibio, sonso. Y el “los/las” dio para chiste. Pero fue terminante y clarita: "PresidentA", anunció. "Y vayan acostumbrándose", advirtió.
No es Rosa Luxemburgo. No nos corre con "la clase". Y no es Simone de Beauvoir que hinca la inteligencia en los vicios del patriarcado. Pero habla de género y cuida a sus trabajadores. "Es peronista, Mariana", me susurra el ala dura de la parte reflexiva de mi cerebro. "Si", me peleo. "Pero hay varias, muchas, que también y si no tienen un macho que las mande se caen redondas".
Es que la vara no pasa por ahí. Está lejos de los cuadraditos que encajan en esas categorías perfectas que anulan al pensamiento original y clausuran cualquier superación.
Su bandera no es el aborto despenalizado -estandarte de toda feminista que se precie-. Y eso, sin embargo, está lejos de sentarla junto a las chupacirios que una desprecia.
Ejerce el poder -eso invisible que dejó de ser pertenencia masculina sólo cuando algunas se animaron-. Y sólo los necios y los miopes pueden ver allí un gesto fálico.
Nos puso en una disyuntiva. A todos. A los que lo quieren, lo bancan y lo acompañan. Y, mal que les pese, también a los que lo detestan.
Propuso, sin decirlo, pensar todo de vuelta. Dar un salto hacia algo más propio que ese tan europeo izquierdismo progre que se eriza y hace centro en un textual de El Capital.
Desbarató convencionalismos y tiró por los aires viejos lugares comunes. El slogan quedó chico, tibio, sonso. Pero fue terminante y clarito: "Socialismo del Siglo XXI", anunció. "Tenemos 500 años aquí y nunca nos callaremos. Mucho menos ante un monarca", advirtió.
Asomó con fusil y revuelta. Los ojos bien pensantes del progresismo latinoamericano vieron, olieron y juzgaron golpe de Estado. La socialdemocracia corrupta de Venezuela se escudó en la inmensa solidaridad del país caribeño con los exiliados para acusar con más vehemencia.
Pero cuando llegó el fin de su cárcel el primer paso lo dio en Cuba. Pidió consejo y bendición y le mostró al mundo que el verde de su fajina era uniforme, pero su corazón político no respondía al estereotipo.
Y se atrevió. A ponerle bolivariana de nombre a una república. A que el rojo rojito inundara, brotara y copara las esquinas. Y se atrevió. A decirle Diablo al más malo de todos. Y se atrevió. Y tiñó de internacionalismo guevarista su estandarte peronista. Y se atrevió y ante los ojos del planeta mostró cuánto y qué corre por las venas de América Latina. Las mismas que hoy no ocultan que están en carne viva.
¿Quién es esa chica? ¿Quién esa mujer que se pinta igual que todas las chicas de la JP?
¿Quién es ese militar? ¿Quién es ese uniformado que se le planta al imperio?
En este tiempo patas para arriba, en el que los que no tenían permiso toman las decisiones, los pequeños momentos cuentan grandes verdades.
Y hubo uno de esos en estos días. Uno de tantos que congeló en un instante miles de significados, cientos de explicaciones, millones de sensaciones.
Los que nunca, los que no iban a tener permiso, pero que hoy comandan estaban ahí paraditos. En la foto eran tres. En el completo imaginario, unos cuantos. Ahí estaban, en la despedida. Conmovidos por la tristeza, carcomidos por el dolor, encorvados por la pérdida.
Y como guardia de honor le custodiaban la honra al mito que ya es carne en el continente. Ahí estaban, inmóviles, llorosos, abatidos. Y el mestizo pobre yacía escoltado, resguardado, por otros de esos que nunca, por otros sin permiso, por un indio cocalero, un guerrillero desgarbado y una ella que se enoja aunque la pasen por loca.
Así son esos tiempos latinoamericanos. Van hasta el hueso. Dinamitan los esquemas. Entrelazan lo cortado. Y reparan lo resquebrajado.
Y le guste a quien le guste, lo enfrente quien lo enfrente, por algún lugar conspiran un comandante y un bizco y cuidan a esos que nunca: a un indio cocalero, a un guerrillero desgarbado y a una ella que se enoja aunque la pasen por loca.
por Mariana Moyano
Editorial Sintonia Fina del 9 de marzo de 2013
Nos puso en una disyuntiva. A todas. A las que la quieren, la bancan y la acompañan. Y, mal que les pese, también a las que la detestan.
Propuso, sin decirlo, pensar todo de vuelta. Dar un salto hacia algo más original que ese tan europeo -y sobre todo sueco- feminismo progre que se eriza y hace centro en la gramática. Desbarató convencionalismos y tiró por los aires viejos lugares comunes. El @ quedó chico, tibio, sonso. Y el “los/las” dio para chiste. Pero fue terminante y clarita: "PresidentA", anunció. "Y vayan acostumbrándose", advirtió.
No es Rosa Luxemburgo. No nos corre con "la clase". Y no es Simone de Beauvoir que hinca la inteligencia en los vicios del patriarcado. Pero habla de género y cuida a sus trabajadores. "Es peronista, Mariana", me susurra el ala dura de la parte reflexiva de mi cerebro. "Si", me peleo. "Pero hay varias, muchas, que también y si no tienen un macho que las mande se caen redondas".
Es que la vara no pasa por ahí. Está lejos de los cuadraditos que encajan en esas categorías perfectas que anulan al pensamiento original y clausuran cualquier superación.
Su bandera no es el aborto despenalizado -estandarte de toda feminista que se precie-. Y eso, sin embargo, está lejos de sentarla junto a las chupacirios que una desprecia.
Ejerce el poder -eso invisible que dejó de ser pertenencia masculina sólo cuando algunas se animaron-. Y sólo los necios y los miopes pueden ver allí un gesto fálico.
Nos puso en una disyuntiva. A todos. A los que lo quieren, lo bancan y lo acompañan. Y, mal que les pese, también a los que lo detestan.
Propuso, sin decirlo, pensar todo de vuelta. Dar un salto hacia algo más propio que ese tan europeo izquierdismo progre que se eriza y hace centro en un textual de El Capital.
Desbarató convencionalismos y tiró por los aires viejos lugares comunes. El slogan quedó chico, tibio, sonso. Pero fue terminante y clarito: "Socialismo del Siglo XXI", anunció. "Tenemos 500 años aquí y nunca nos callaremos. Mucho menos ante un monarca", advirtió.
Asomó con fusil y revuelta. Los ojos bien pensantes del progresismo latinoamericano vieron, olieron y juzgaron golpe de Estado. La socialdemocracia corrupta de Venezuela se escudó en la inmensa solidaridad del país caribeño con los exiliados para acusar con más vehemencia.
Pero cuando llegó el fin de su cárcel el primer paso lo dio en Cuba. Pidió consejo y bendición y le mostró al mundo que el verde de su fajina era uniforme, pero su corazón político no respondía al estereotipo.
Y se atrevió. A ponerle bolivariana de nombre a una república. A que el rojo rojito inundara, brotara y copara las esquinas. Y se atrevió. A decirle Diablo al más malo de todos. Y se atrevió. Y tiñó de internacionalismo guevarista su estandarte peronista. Y se atrevió y ante los ojos del planeta mostró cuánto y qué corre por las venas de América Latina. Las mismas que hoy no ocultan que están en carne viva.
¿Quién es esa chica? ¿Quién esa mujer que se pinta igual que todas las chicas de la JP?
¿Quién es ese militar? ¿Quién es ese uniformado que se le planta al imperio?
En este tiempo patas para arriba, en el que los que no tenían permiso toman las decisiones, los pequeños momentos cuentan grandes verdades.
Y hubo uno de esos en estos días. Uno de tantos que congeló en un instante miles de significados, cientos de explicaciones, millones de sensaciones.
Los que nunca, los que no iban a tener permiso, pero que hoy comandan estaban ahí paraditos. En la foto eran tres. En el completo imaginario, unos cuantos. Ahí estaban, en la despedida. Conmovidos por la tristeza, carcomidos por el dolor, encorvados por la pérdida.
Y como guardia de honor le custodiaban la honra al mito que ya es carne en el continente. Ahí estaban, inmóviles, llorosos, abatidos. Y el mestizo pobre yacía escoltado, resguardado, por otros de esos que nunca, por otros sin permiso, por un indio cocalero, un guerrillero desgarbado y una ella que se enoja aunque la pasen por loca.
Así son esos tiempos latinoamericanos. Van hasta el hueso. Dinamitan los esquemas. Entrelazan lo cortado. Y reparan lo resquebrajado.
Y le guste a quien le guste, lo enfrente quien lo enfrente, por algún lugar conspiran un comandante y un bizco y cuidan a esos que nunca: a un indio cocalero, a un guerrillero desgarbado y a una ella que se enoja aunque la pasen por loca.
martes, 5 de marzo de 2013
Programa SF 56 - Hernan Schapiro y Gustavo Costa - 2 de Marzo de 2013
El laberinto.
por Mariana Moyano
Editorial del 2 de marzo de 2013
Los que son así, intimidan. Y es premeditado.
Washington DC, por ejemplo, fue concebida para eso. Sus muros, las construcciones, el estilo, las alturas, todo en ellos debe marcarle a quien pasa cerca que esos inmensos edificios son el símbolo del poder que se respira en sus pasillos y que funciona simbióticamente sólo con aquellos cuyas vidas están interrelacionadas con esas paredes.
El objetivo, la intención, son más o menos evidentes: a aquél que pisa esos pasillos y que no tiene vínculo con ellos le debe quedar claro que la insignificancia y la pequeñez le son propias y, por ende, lejos está de exigir. Las reglas ya fueron hechas en otro lado.
El Palacio de Tribunales funciona igual. La eterna escalera hasta traspasar la puerta principal; el laberinto que se debe sortear para llegar a destino; la mirada que se pierde si uno busca el final de las columnas, marcan que todo ese andamiaje de ladrillos, historia, normativas, costumbres y modos de funcionamiento se sostienen con rigidez por encima y más allá de la existencia de quien por allí transita.
Es inevitable, lógico -y buscado- que los que transitan esos pasajes y conocen esos rincones se vayan contagiando con lo ornamental; que la prestancia edilicia se les cuele en la personalidad; que lleven a todos lados la certeza de no derrumbarse y que el porte edilicio se les haga carne.
No es un disparate ese sentimiento. Así funciona en las principescas edificaciones universitarias de todo el planeta, en los inmuebles de todas las Fuerzas Armadas y en los templos de todas las religiones.
Unos “crean conocimiento”, lo que equivale a “ser los dueños de”.
Otros son el brazo armado, los guardianes, de un Estado.
Los terceros establecen la línea que divide el bien del mal en el planeta y quienes establecen los dogmas de la justicia divina.
Y, por otro lado, los protagonistas del debate de hoy: quienes no dictaminan por designio de Dios, pero que tienen en su haber, la posibilidad de “impartir” de la otra, de la terrenal, de la que nos toca a todos, todos los días.
La culpa de todo la tuvo una cautelar. Como pasa siempre en los grandes debates nacionales -esos que se terminan jugando hasta el borde las convicciones y los argumentos, esos que obligan a levantar la voz más que de costumbre- el catalizador fue un procedimiento, un mecanismo, un tipo de normativa que en la larga lista de los modos administrativos ocupa el último escalón.
Una cautelar. Ni un fallo, ni una sentencia definitiva. Una cautelar. Ese mientras tanto jurídico hecho para excepcionalidades que los vivitos usan para eternizarse.
Y se hizo un “basta”.
Así como una resolución puso patas para arriba el concepto de Patria, así como el artículo con el texto más corto de una extensísima ley desató las tempestades monopólicas; así como un buque olvidado tocó la raíz del concepto de soberanía.
Las certezas puestas en cuestión: lo establecido, interrogado; el statu quo, interpelado; el construido grado cero, escudriñado. Kirchnerismo puro se puede llamar la metodología.
O hartazgo y un motivo a mano de quienes venían juntando presión.
No importa. Al final, no importa porque cuenta a qué se llega y la reacción de la reacción.
Ahora es el Poder Judicial sobre el que los comunes nos hemos atrevido a poner la lupa. Ese poder del Estado cuya jactancia se le ha vuelto esencia y se permite tomar como nombre propio todo el sustantivo. LA JUSTICIA, se dicen a sí mismos.
Eduardo Rinesi es un lujito que nos damos en este programa. Hace poquito, una semana para ser precisa, partió en dos un concepto (como le gusta a Sintonía Fina) y le puso microscopio a esa mitad. Hay un modo de “hacer justicia”, dijo más o menos él, que implica llevar a genocidas al banquillo. Pero hay otro. Y es el que entraña la reparación.
Viene a cuento. Porque pareciera que estamos entrando a la médula del Poder Judicial. Poniendo patas para arriba las normativas jurídicas estaremos ayudando a que ese Poder que se llama Judicial no sólo se haga Justicia a sí mismo, sino que se vuelva más justo.
Para quienes no conocemos los laberintos del Palacio de Tribunales, para quienes no comprendemos el lenguaje laberíntico de quienes circulan a diario por ese edificio y para quienes participar de los modos de ingreso a ese Poder es mucho más complicado que encontrar la salida de los laberintos.
Se la adjudican a Jorge Luis Borges, pero seamos rigurosos… y justos. Es de Leopoldo Marechal. “De todo laberinto se sale por arriba”, sentenció el poeta.
Algo asomó y pareciera que ayer se puso en marcha el primer paso de exactamente eso.
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