Memoria Sonora del programa que se emite los Sabados a las 15 horas por Radio Nacional de La Republica Argentina. Conducido Por Mariana Moyano. Con la Participacion de Damian Valls y Flavio Rapisardi. Producción: Julieta Avalos y Micaela Polak
martes, 14 de mayo de 2013
Programa SF 66 - Sabina Sotelo y Raquel Witis - 11 de Mayo de 2013
Es escabroso.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 11 de mayo de 2013
Es escabroso. Agarrado con superficialidad, el destino seguro de lo que se diga será la bien pensante hipocresía que le hace gestos amables al progresismo, pero que al primer cachetazo de la vida real, sale a los gritos a pedir bala y mano dura. Es que quema. Es la famosa papa caliente. Sencillamente porque no es binario y porque aunque haya lados, no hay bandos: las vidas de cualquiera de las esquinas del cuadrilátero valen por igual la pena.
Violencia institucional dice el rótulo formal. De eso se viene hablando hace bastante poquito; menos de lo que la historia de palazos, balazos, torturas y fusilamientos que recorre la vida cívica de nuestro pueblo merecería. No es sencillo el abordaje porque abre para incluir y es tanto lo que sucede y que le cabe a la definición que duele: la decisión de los 4 tiros en la Patagonia trágica, José León Suárez, la ESMA, Budge, Miguel Bru, el 19 y 20, el parto deshumanizado o el detrás de la sentencia por Marita Verón; vértices elegidos al azar entre miles de ejemplos posibles. A todo le cabe el sayo. A todo en lo que haya habido una orden nacida de la esquina que está ahí para cuidarte y que terminó hundiendo más aún a quien apenas saca la cabeza.
En el proyectil del arma reglamentaria cuando es a quemarropa y sin que sea la primera opción o en la saña del servicio penitenciario con el último orejón del último de los tarros se ve clarito. Y entonces vamos por el responsable, por el ejecutor, por el autor intelectual y por el jefe político. Se busca la orden, la oral o la administrativa y cuando se la encuentra se les dice a esos señores que el Estado no los quiere más entre sus funcionarios. Si la resolución es más o menos esta, la sociedad ha avanzado un par de casilleros en su juego por un poco menos salvaje.
¿Pero y cuando es más sutil, más sinuoso, más permitido, más aceptado, más obvio para el sentido común establecido, más contrariante, menos fácilmente deglutible? ¿Más complejo que como para quedar atrapado entre “era un pobre pibes” de un lado y “los derechos humanos de los delincuentes”, del otro?
A nadie le gusta que le afanen. A ninguna persona más o menos bien de la cabeza le parece una buena idea temer por su vida. A ninguno en su sano juicio le gusta que le maten un hijo.
No debería ser así, más vale. Pero con decir “no me gusta” (eso lo aprendimos en salita de cuatro) no alcanza para esfumarlo.
Hay una zona, como digo, escabrosa, ardua, tortuosa, áspera. Un espacio interno de casa sujeto y también propio de cada comunidad donde los blancos no son tan claros ni los negros tan oscuros. En ese sitio, en el de pensar con franqueza y con la complejización que merece todo aquello que a una Patria le dura más de 15 minutos, no hay espacio para los slogan fáciles. Ahí hay que arremeter y desmalezar y encontrarse cara a cara con la contradicción que implica soportarse a uno mismo.
Porque está la orden, claro que sí. Pero también –y sobre todo- está la naturalización, la justificación en vos baja, la aceptación de cabeza gacha, la resignación y todo el mecanismo cultural, político y también económico que permite y presiona para que así sea. Ese que hace que uno sienta que da la mano, pero que nos hace cada vez más y más y más de derecha.
Que a un pibe un oficial de la policía le vacíe el cargador cuando está oculto debajo de una mesa no suena como lo estrictamente permitido por la moral media. ¿Y si le agregamos al brevísimo relato el dato no menor de que el menor era un chorro de esos de fuste? Ahí puede que la cosa se relativice. Que “al cana el pendejo se la iba a dar”, que “era él o el delincuente”, que “bue, que se la buscó por meterse en la mala” y el grifo de las potenciales explicaciones ya no se cierra.
Que a un hombre se lo condene distinto por matar en iguales condiciones a dos tampoco cae muy simpático a una sociedad que se pretende justa. ¿Pero y si se coloca el aditamento de que uno no era trigo limpio y se lo iba a cargar al otro? Ahí, de nuevo, el prisma se modifica.
Y si a todo eso le agregamos tez morena, vocabulario tirando a pobretón y lleno de palabrita tumbera, pobreza de esa que queda estampada en la mirada y alguna villa como referencia, se completa el círculo. A ese, mínimo, cárcel. Y por lo bajo, el deseo inconfesable de que no esté más.
“¿Matamos a la gente que mata para que los demás sepan que no está bien matar? La pregunta se la hace Norman Mailer y es una buena pregunta. Ni qué decir de la práctica de exhibir el castigo de unos como espectáculo para los demás. Así somos, la humanidad civilizada presenció los últimos casos de ahorcamiento en plaza pública hace relativamente poco; ya estaba bien entrado el siglo XX cuando se registró el último, y al fin y al cabo que tanto avance ha sido la inyección letal, esa hipocresía aséptica que exhibe al condenado tras una vidriera ante el circunspecto público, que se acomoda en un teatrino para presenciar su muerte. Y qué tanta distancia va del antiguo penitente clavado en cruz al reo de hoy, atado con correas de cuero a una camilla con los brazos extendidos, también en cruz”, leí hace poco como reflexión de un personaje creado por la autora Laura Restrepo. Y me gustó. Me gustó por bien escrito. Me gustó por bien planteado. Me gustó por disruptivo. Me gustó por provocador.
¿Somos feroces –o alardeamos de que debemos serlo- en el castigo del que cometió un delito para hacernos saber lo que no se hace? ¿O, en realidad, somos implacables con el que nos resulta más accesible, porque hay un poderoso que nos cuesta atrapar y condenar y no podemos soportar la sola idea de que no haya nadie cumpliendo la pena que nos permite afirmar que ahí encerrado está el ejemplo?
Hay dos mujeres –hay más, hay cientos- pero hay dos que sin la alharaca de los quienes pierden más tiempo en pavonearse que en transformar que fueron por la difícil, que optaron por el camino más largo, el más escabroso, el más arduo, el más tortuoso, el más áspero; el en serio aleccionador; el único posible. Ellas violentaron el sentido más común y le hicieron Ole a la rabia más a mano. Minas tenían que ser.
“Tengo un hijo que es un héroe, ex combatiente de Malvinas. Otra hija, por suerte bien casada. La única oveja negra fue él. No tenía necesidad, pero robaba para dar. ¿Querías un yogur, queso, te faltaba algo? Ahí estaba él. Yo nunca le acepté nada. Lo sacaba cagando. Y busqué ayuda. Fui a un lugar donde había tres psicólogos para 140 chicos. ¿A quién van a curar así?”, dice Sabina, su mamá. Al Frente, a Víctor Vital, a ese pibe descarriado que afanaba para otros, un Héctor Sosa de uniforme lo fusiló sin dudar.
Hubo un tiro también para un Darío no tan Mariano, más chorro que humano.
A Mariano, lo mataron Rubén Emir Champonois de uniforme y con intento de pertenecer a la Metropolitana, lo fusiló sin dudar.
“Nosotros siempre dijimos que ni Mariano ni Darío merecían ser fusilados. Si alguien cometió un delito debe ser detenido y recuperado para la sociedad, sobre todo cuando hablamos de jóvenes. ¿Nadie es recuperable? Todos somos recuperables si hay voluntad. La vida es una sola. No hay víctimas inocentes. Los dos son víctimas”, se anima Raquel, la otra mamá.
El diario Clarín había titulado “Juicio por la muerte de un inocente” y muy chiquito, como si no importara, que mataron a otro chico que era ladrón. “Los medios –sigue esta madre con esa fortaleza que la hace parecerse a otras- alientan esa idea errónea que tiene la sociedad en la que prevalece el valor bien sobre el valor vida. Esto es terrible. Y de esto son culpables los políticos que han alentado este tipo de comportamiento. Yo recuerdo las palabras célebres de un gobernador que dijo: ´hay que meterle bala a los delincuentes´. Y en nuestro país no existe la pena de muerte. O no existe escrita. Pero existe en la calle todo el tiempo”.
Violencia institucional dice el rótulo formal. De eso se viene hablando hace bastante poquito; menos de lo que la historia de palazos, balazos, torturas y fusilamientos que recorre la vida cívica de nuestro pueblo merecería. Al Frente no se lo nombra. De Mariano pocos hablan.
Porque a la bala, con suerte, se la condena. Pero el problema letal es el acostumbramiento, el aclimatarse y esperar, el aguardar a que pase. Y la ingenuidad, esa bobería que cuando no es inocencia es, a secas, canallada, de pensar que más gatillo podrá parir sensatez, serenidad y armonía.
lunes, 6 de mayo de 2013
Programa SF 65 - Andres -El cuervo- Larroque y Adrian Grana - 4 de Mayo de 2013
Fue hace un mes.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 4 de Mayo de 2013
Fue hace un mes. Fue hace nada. Fue como con todas las destrucciones: un tornado, los noventa, la dictadura. Fue igual con la inundación: vino rápido, parece que de sorpresa, arrasó, trastornó y cuando a uno se le fueron alejando del cuerpo los signos más evidentes del horror, tomó nota de que no quedó nada. O que si algo quedó, nada será lo mismo.
En Santa Fe, cuentan que fue igual, sólo que con afectados parece que más solos. Por aquellos días fue como si el agua también se llevara al gobernador. Se lo tragó. Se ve que esa vez también vio cosas, y que tampoco quiso ver.
Fue hace un mes. Fue hace nada, por lo que los balances pretendidamente acabados aún serían irresponsables o incompletos. Pero ya hay postales y hay algunas conclusiones flotando. Unas arrancan sonrisas y emotivas lagrimitas. Otras, directamente, susto.
A horas del agua, la imagen que más me había impactado –así lo comenté- fue la de ella calzada con sus botas negras de goma, sola entre el remolino del helicóptero y los más perjudicados. Con más oreja que palabra: un de igual a igual interesante de la Presidenta al que supo recurrir también cuando a Salta se le vino encima una pared de barro. Impacta, siempre, una mujer de taco aguja metida entre el lodo y sin parafernalia oficial. Impacta, además, porque no pierde autoridad, pero gana en ternura.
De todos modos, hubo otro gesto que me impactó muchísimo más. Salía de la casa de gobierno provincial y un racimo de micrófonos buscaban su palabra y luego de un par de respuestas cortas dijo, así, sin más vueltas “a trabajar, a trabajar”. Dos veces. “A trabajar, a trabajar”. No fue ni imperativa, ni autoritaria, ni exigente siquiera. Pero sonó categórica, rotunda, segura. Y más que orden, entonces, lanzó un convite, una invitación que sonó a desafío. “A trabajar, a trabajar”. Algo como… a ver qué pasa si trabajamos –digamos- dos veces, o sea el doble.
En aquella Santa Fe del sojero piloto de carreras, el silencio posterior al agua lastimó tanto como la tormenta. En esta oportunidad, a las ciudades de La Plata y Buenos Aires las ahogó el agua y –a esta altura ya es obvio- el frenesí inmobiliario. Pero salvo el empresario de paseo por la intendencia y la increíble chapucería de otro jefe comunal quien confundidísimo creyó que la construcción virtual seguía -como décadas atrás, a la misma altura del hecho- la dirigencia en funciones gobernantes no hizo demasiados papelones.
Fue hace un mes. Y como fue hace nada, es por eso que aún se oyen y se ven a miles de pibes –pibitos, de verdad, chicos- trabajando, dando una mano, compartiendo un mate, metiéndole garra a una pared con la lavandina, haciendo gala de las ganas de estrechar.
¿Por qué una jovencita de veintipico se levanta a las 5 y media de un sábado, se trepa a un bondi alquilado y canta hasta llegar a Tolosa para terminar fundida y sucia a las ocho de la noche y llegar a su casa con energía, apenas, como para pegarse un baño e irse a dormir? ¿Es algún grado de fundamentalismo que la mueve? ¿Un calado profundo del adoctrinamiento militante?... Cuánta pavada se ha dicho, ¿no? Cuánto pavote, calentito en su casa, con wi fi disponible las 24 horas y con espacio para decir y escribir lo primero que la bronca le habilite en su cabeza.
¿Por qué un pibe de 14, para el que la diferencia entre Azules y Colorados aún no es del todo clara y para quien el Operativo Dorrego no es siquiera un dato, está meta doblar ropa, cargar bidones y quitar basura todo el bendito fin de semana?
Mal que le pese al ex–periodista excedido en ego, no es por plata. Ahí no hay guita. Se nota. Él lo ve. Y por eso se lo calla. Ahí no hay mierda. Y por eso no le sirve como munición para apuntar y tirar. Ahí no hay sustancia para ellos; no encuentran la materia prima que necesitan esos dueños de la máquina de hacer veneno.
Por eso, quienes se mueven a través de una intuición menos tóxica, quienes no usan la ponzoña para vivir saben que ahí hay algo. Algo que no hubo, que no tuvo, Santa Fe. Algo que hace bien y que hizo falta.
Algo que conciben los años convulsionados, los años en movimiento, los años bulliciosos. Eso que, por definición, aniquilan los tiempos que ponen al poder popular entre paréntesis.
“Ramal que para, ramal que cierra”, es la frase que la tercera década infame marcó a fuego en la memoria colectiva. Pero fue mucho más que el slogan de una época: fue el tiro de gracia a eso público que siempre sostuvo a los muchos, mientras los pocos se hacían la fiesta.
No es una casualidad, entonces, que en los mismos tiempos en los cuales se intenta poner de pie a un Estado que asumió estar harto de ser el grandote del aula del que los piolas se burlan, germinen, nazcan y surjan ejércitos de hombres y mujeres jóvenes cuya más firme convicción es que a un hermano jamás se lo abandona.
Pero observar la gesta implica redoblar la responsabilidad y desde ese compromiso presentar el interrogante: ¿esta labor, este empeño, esta extraordinaria e inolvidable muestra de la más genuina solidaridad no tiene como contracara la triste evidencia de todo lo que aún nos falta para que los más básicos derechos ciudadanos estén a la altura de lo que nuestro pueblo merece? ¿Que la reconstrucción de una casa, de una vida y un alma azotada, debe depender menos de chicos de 15 (que conmovedoramente entregan hasta su físico) que de la eficiencia del soporte estatal?
El silencio, el destrato y el olvido de los siempre dispuestos a utilizar el éter, la tinta y la palabra para dinamitar en nombre de la repregunta, algo sugiere: si la respuesta gubernamental no hubiese estado mínimamente a la altura, el tamaño de la canallada disfrazada de denuncia republicana hubiera dejado poco en pie.
Pero -y justamente porque- la canallada ajena no debe ser la que otorgue medida a la vara propia, el ir al hueso y preguntar , el averiguar y querer conocer, el poner en cuestión para mirar más de frente no es hoy sólo necesidad, sino una actitud de respeto ante los que no están, los que perdieron en un instante el esfuerzo de una vida y los que no han hecho más que inventarle horas a sus días en pos de colaborar.
Fue hace un mes. Fue hace nada. Y en nombre de cierta coherencia y de la honestidad intelectual que suplicamos a diario, hago el ejercicio de volver sobre mis pasos, de releerme y de cuestionarme; de volver a situar un texto propio para que lo juzgue más el contexto que la coyuntura apurada.
Y a riesgo de repetirme, ahí pongo a disposición:
“Barrios enteros están en el centro del temporal. El Estado en toda su dimensión está en el ojo de la historia.
El Estado que como sociedad se organiza para la sopa y el té caliente; el Estado que como grupo se conmueve y actúa y dona y brinda su tiempo; el Estado que como estructuras de la política tradicional se convoca para ganarse el título de militante. Pero hay uno, un Estado funcionarial, gestionador y administrativo que, como pocas veces antes, está ante el desafío de demostrar que estos últimos años han empezado a ganarle a ese andamiaje de décadas, cuyo único objetivo fue carcomer el único esqueleto que sostiene a una República.
Hoy, la ventanilla, el mostrador, la normativa, el empleado, la resolución, la licitación y el expediente son la vidriera de 10 años. Tienen sobre sí el zoom de una cámara, pero lo que importa no es eso, sino que están bajo la lupa de un pueblo que merece, necesita que el retintín de la ineficiencia del Estado sea parte del pasado, una cantinela de la derecha interesada y el estribillo de la tilinguería.
No hay licencia ahora para fallar. No hay margen. No hay permiso. Ese Estado cascoteado y golpeado tiene ahora que levantarse y levantarnos, ponerse y ponernos de pie para exhibir que pese a que estuvimos desbordados, la Argentina está definitivamente sacando la cabeza.”
Fue hace un mes. Fue hace nada.
por Mariana Moyano
Editorial SF del 4 de Mayo de 2013
Fue hace un mes. Fue hace nada. Fue como con todas las destrucciones: un tornado, los noventa, la dictadura. Fue igual con la inundación: vino rápido, parece que de sorpresa, arrasó, trastornó y cuando a uno se le fueron alejando del cuerpo los signos más evidentes del horror, tomó nota de que no quedó nada. O que si algo quedó, nada será lo mismo.
En Santa Fe, cuentan que fue igual, sólo que con afectados parece que más solos. Por aquellos días fue como si el agua también se llevara al gobernador. Se lo tragó. Se ve que esa vez también vio cosas, y que tampoco quiso ver.
Fue hace un mes. Fue hace nada, por lo que los balances pretendidamente acabados aún serían irresponsables o incompletos. Pero ya hay postales y hay algunas conclusiones flotando. Unas arrancan sonrisas y emotivas lagrimitas. Otras, directamente, susto.
A horas del agua, la imagen que más me había impactado –así lo comenté- fue la de ella calzada con sus botas negras de goma, sola entre el remolino del helicóptero y los más perjudicados. Con más oreja que palabra: un de igual a igual interesante de la Presidenta al que supo recurrir también cuando a Salta se le vino encima una pared de barro. Impacta, siempre, una mujer de taco aguja metida entre el lodo y sin parafernalia oficial. Impacta, además, porque no pierde autoridad, pero gana en ternura.
De todos modos, hubo otro gesto que me impactó muchísimo más. Salía de la casa de gobierno provincial y un racimo de micrófonos buscaban su palabra y luego de un par de respuestas cortas dijo, así, sin más vueltas “a trabajar, a trabajar”. Dos veces. “A trabajar, a trabajar”. No fue ni imperativa, ni autoritaria, ni exigente siquiera. Pero sonó categórica, rotunda, segura. Y más que orden, entonces, lanzó un convite, una invitación que sonó a desafío. “A trabajar, a trabajar”. Algo como… a ver qué pasa si trabajamos –digamos- dos veces, o sea el doble.
En aquella Santa Fe del sojero piloto de carreras, el silencio posterior al agua lastimó tanto como la tormenta. En esta oportunidad, a las ciudades de La Plata y Buenos Aires las ahogó el agua y –a esta altura ya es obvio- el frenesí inmobiliario. Pero salvo el empresario de paseo por la intendencia y la increíble chapucería de otro jefe comunal quien confundidísimo creyó que la construcción virtual seguía -como décadas atrás, a la misma altura del hecho- la dirigencia en funciones gobernantes no hizo demasiados papelones.
Fue hace un mes. Y como fue hace nada, es por eso que aún se oyen y se ven a miles de pibes –pibitos, de verdad, chicos- trabajando, dando una mano, compartiendo un mate, metiéndole garra a una pared con la lavandina, haciendo gala de las ganas de estrechar.
¿Por qué una jovencita de veintipico se levanta a las 5 y media de un sábado, se trepa a un bondi alquilado y canta hasta llegar a Tolosa para terminar fundida y sucia a las ocho de la noche y llegar a su casa con energía, apenas, como para pegarse un baño e irse a dormir? ¿Es algún grado de fundamentalismo que la mueve? ¿Un calado profundo del adoctrinamiento militante?... Cuánta pavada se ha dicho, ¿no? Cuánto pavote, calentito en su casa, con wi fi disponible las 24 horas y con espacio para decir y escribir lo primero que la bronca le habilite en su cabeza.
¿Por qué un pibe de 14, para el que la diferencia entre Azules y Colorados aún no es del todo clara y para quien el Operativo Dorrego no es siquiera un dato, está meta doblar ropa, cargar bidones y quitar basura todo el bendito fin de semana?
Mal que le pese al ex–periodista excedido en ego, no es por plata. Ahí no hay guita. Se nota. Él lo ve. Y por eso se lo calla. Ahí no hay mierda. Y por eso no le sirve como munición para apuntar y tirar. Ahí no hay sustancia para ellos; no encuentran la materia prima que necesitan esos dueños de la máquina de hacer veneno.
Por eso, quienes se mueven a través de una intuición menos tóxica, quienes no usan la ponzoña para vivir saben que ahí hay algo. Algo que no hubo, que no tuvo, Santa Fe. Algo que hace bien y que hizo falta.
Algo que conciben los años convulsionados, los años en movimiento, los años bulliciosos. Eso que, por definición, aniquilan los tiempos que ponen al poder popular entre paréntesis.
“Ramal que para, ramal que cierra”, es la frase que la tercera década infame marcó a fuego en la memoria colectiva. Pero fue mucho más que el slogan de una época: fue el tiro de gracia a eso público que siempre sostuvo a los muchos, mientras los pocos se hacían la fiesta.
No es una casualidad, entonces, que en los mismos tiempos en los cuales se intenta poner de pie a un Estado que asumió estar harto de ser el grandote del aula del que los piolas se burlan, germinen, nazcan y surjan ejércitos de hombres y mujeres jóvenes cuya más firme convicción es que a un hermano jamás se lo abandona.
Pero observar la gesta implica redoblar la responsabilidad y desde ese compromiso presentar el interrogante: ¿esta labor, este empeño, esta extraordinaria e inolvidable muestra de la más genuina solidaridad no tiene como contracara la triste evidencia de todo lo que aún nos falta para que los más básicos derechos ciudadanos estén a la altura de lo que nuestro pueblo merece? ¿Que la reconstrucción de una casa, de una vida y un alma azotada, debe depender menos de chicos de 15 (que conmovedoramente entregan hasta su físico) que de la eficiencia del soporte estatal?
El silencio, el destrato y el olvido de los siempre dispuestos a utilizar el éter, la tinta y la palabra para dinamitar en nombre de la repregunta, algo sugiere: si la respuesta gubernamental no hubiese estado mínimamente a la altura, el tamaño de la canallada disfrazada de denuncia republicana hubiera dejado poco en pie.
Pero -y justamente porque- la canallada ajena no debe ser la que otorgue medida a la vara propia, el ir al hueso y preguntar , el averiguar y querer conocer, el poner en cuestión para mirar más de frente no es hoy sólo necesidad, sino una actitud de respeto ante los que no están, los que perdieron en un instante el esfuerzo de una vida y los que no han hecho más que inventarle horas a sus días en pos de colaborar.
Fue hace un mes. Fue hace nada. Y en nombre de cierta coherencia y de la honestidad intelectual que suplicamos a diario, hago el ejercicio de volver sobre mis pasos, de releerme y de cuestionarme; de volver a situar un texto propio para que lo juzgue más el contexto que la coyuntura apurada.
Y a riesgo de repetirme, ahí pongo a disposición:
“Barrios enteros están en el centro del temporal. El Estado en toda su dimensión está en el ojo de la historia.
El Estado que como sociedad se organiza para la sopa y el té caliente; el Estado que como grupo se conmueve y actúa y dona y brinda su tiempo; el Estado que como estructuras de la política tradicional se convoca para ganarse el título de militante. Pero hay uno, un Estado funcionarial, gestionador y administrativo que, como pocas veces antes, está ante el desafío de demostrar que estos últimos años han empezado a ganarle a ese andamiaje de décadas, cuyo único objetivo fue carcomer el único esqueleto que sostiene a una República.
Hoy, la ventanilla, el mostrador, la normativa, el empleado, la resolución, la licitación y el expediente son la vidriera de 10 años. Tienen sobre sí el zoom de una cámara, pero lo que importa no es eso, sino que están bajo la lupa de un pueblo que merece, necesita que el retintín de la ineficiencia del Estado sea parte del pasado, una cantinela de la derecha interesada y el estribillo de la tilinguería.
No hay licencia ahora para fallar. No hay margen. No hay permiso. Ese Estado cascoteado y golpeado tiene ahora que levantarse y levantarnos, ponerse y ponernos de pie para exhibir que pese a que estuvimos desbordados, la Argentina está definitivamente sacando la cabeza.”
Fue hace un mes. Fue hace nada.
viernes, 3 de mayo de 2013
Programa SF 64 - Cristian Alarcon - 27 de Abril de 2013
Ella o Vos.
por Mariana Moyano
Editorial Sintonia Fina del 27 de abril de 2013.
No sé de dónde lo habré sacado. Pero a mí se me aparece así: es una señora entrada en años, aunque su experiencia se limita a lo que le contaron que es. Chilla bastante. Tiene voz de pito y el hombrito “qué me importa” es parte de su identidad. El ceño fruncido es su seña particular. Gruñe bastante y el “Qué barbaridad” le sale de su boca más seguido de lo soportable.
Claro, ella no tiene demasiadas responsabilidades, ni debe tomar decisiones que le cambien la vida a nadie. Y por eso su paleta de colores puede limitarse al blanco y al negro. Mira la realidad, la observa, con una prudencial distancia. Ella no se ensucia, no mete la mano. Hay otros que lo hacen por ella. Y le viene bien porque así puede andarse el día señalando y acusando de corruptos, de vagos, de atorrantas, de chorros, de drogadictos y de fascistas a todos los que hacen cualquier movimiento que no sea habitual en su limitadísimo universo.
Ella es cualquier señora de esas a las que uno ve darle a la lata. Pero ella es sobre todo la esencia del discurso moralizante sobre el que se monta toda la maquinaria, todo el rosario de lugares comunes que invade la cantinela diaria que, supuestamente, cuenta lo que, supuestamente, pasa en nuestra Patria.
Ella ES una persona. Ella ES muchas personas. Pero Ella es ante todo el cromosoma común de varios de los protagonistas de estos tiempos en los cuales llamarse a la calma es el deber político principal de quienes no desean que el hilo conductor sea sólo de dinamita.
Ella es un fumador televisivo que te dice “no hay justicia, idiota”. Ese que tuvo que dejar ir al periodismo porque el ego le había ocupado todo el espacio. Ella es la dama radial que amaneció el jueves con el lapidario “este es un día negro para la justicia”. Esa aristocrática mujer cuyos análisis políticos tienen la profundidad de una palangana.
Ella es un gobernante que se rasga las vestiduras para que en nuestro país reine el consenso mientras le mete palo, bala y golpe a cualquiera que se le ponga enfrente a su locura inmobiliaria.
Ella es una legisladora que te escupe, te tira un botellazo, te sacude a cautelares, te pide en la virtualidad de la red que te mueras, pero, eso sí, siempre con el pedido de diálogo a flor de labios
Ella es la razón de ser de los indignados moralizantes, los miembros del EIA, los Espíritus Indignados Argentinos, como los definió un no lo merecidamente celebrado Esteban Rodríguez, a quien ahora públicamente agradezco haberse ocupado de mis obsesiones cuando ellas sólo eran bienvenidas entre libros o entre amigos.
Ella es la razón de ser de los que niegan, aniquilan, destierran, desprecian y descuartizan a la política. Porque en ese territorio, en el de lo público, hay grises, hay lodo, hay sinuosidades, es decir hay un poco de todo lo que habita cualquier sitio que no sea solamente posible en el imaginario mundo construido por el deber ser. Ese que no tiene ni responsabilidades ni obligaciones en el mundo real. Y que cuando las tiene, ejecuta sus decisiones con bala o insulto.
Ella es la columna vertebral de los que se deglutieron la peliculita del decálogo, de los mandamientos, nacidos al calor de esa moralina que nada tiene que ver ni con la ética, ni con la lealtad, ni con el bien común, ni con la honestidad, ni con la integridad. Y se hace cuesta arriba no ser víctima del ardid, porque gracias a dos siglos de artificio ideológico nos presentan a los principios liberales como convicciones universales. Y te tiran con “La Moral”, y te tiran con “Los Valores”. Y te estafan. Y te dejan balbuceando.
Es que uno no se lo pregunta muy a menudo. No es que andamos con el interrogante en la cabeza y a fuerza de ejercitar el cuestionamiento adquirimos la capacidad de desterrar intereses afincados como verdades. No. Está todo ahí instalado y sabe cómo echar raíces para quedarse. Porque es como casi todo lo que es de derecha: queda parapetado, erigido como natural, como obvio, como lo único posible.
Les pasa a los putos, a las putas, a casi todos los musulmanes, a ciertos judíos, a algunas mujeres, a varios intelectuales, a la mayoría de los militantes, a casi todas las travestis, a todos los pibes pobres y, últimamente, también a los kirchneristas. Se ha hecho costumbre, moda, casi obligación rutinaria arrojar motes de nazi, de indigno, de autoritario, de montonero a casi todo lo que intente correr la vara de lo posible. Y si la descalificación no es lo suficientemente contundente, arrojan con piezas de otro calibre.
El guión se escribió a cuatro manos: dos ponen en cuestión la propia razón de ser de la democracia, eso sí en nombre siempre de la República. Las otras, braman desde la modalidad gurka y acusan a cada parpadeo oficial, de golpe de Estado. La cereza del postre es el señor enojado y mal hablado que muestra algunos papeles de poca certeza y mucha sospecha. Y el círculo se cierra con la protección ya grosera al empresario de paseo por la intendencia.
¿Por qué funciona? ¿Por qué diputados y senadores deben perder tiempo en explicar que poseer la mayoría de los votos no es un acto delictual? ¿Por qué hay tanta oreja receptora de la acusación de ladrón? ¿Por qué media presunción vale más que un argumento?
¿Por qué para esa República de fantasía es más limpio y más puro indignarse sin política que participar y –muchas, las más de las veces- asumir el riesgo de ensuciarse?
Desde el periodismo mandamás porque, como lo escribió hace ya un tiempo Esteban Rodríguez, no quieren aportar información sino “emoticias, datos que no se disponen para la comprensión sino para la emoción. No interesa tanto estar informado como tener sensaciones sobre lo que transcurre diariamente. El periodismo en tanto estado de ánimo terminó adoptando un punto de vista temperamental sobre los acontecimientos”.
Desde los partidos alfiles del poder mandamás, porque lo último que quieren es el avance ciudadano. A lo sumo, consumidores. Dormiditos, anestesiados, aceptadores seriales de la estafa vestida de libertad cambiaria, protestones por las dudas y desconfiados del de al lado. Quieren que Ella, esa moral berreta de los valores impuestos, esté por encima.
Porque la prefieren a Ella, a esa larga lista de moralizaciones hipócritas y mentirosas. La prefieren a Ella, antes que a Vos.
por Mariana Moyano
Editorial Sintonia Fina del 27 de abril de 2013.
No sé de dónde lo habré sacado. Pero a mí se me aparece así: es una señora entrada en años, aunque su experiencia se limita a lo que le contaron que es. Chilla bastante. Tiene voz de pito y el hombrito “qué me importa” es parte de su identidad. El ceño fruncido es su seña particular. Gruñe bastante y el “Qué barbaridad” le sale de su boca más seguido de lo soportable.
Claro, ella no tiene demasiadas responsabilidades, ni debe tomar decisiones que le cambien la vida a nadie. Y por eso su paleta de colores puede limitarse al blanco y al negro. Mira la realidad, la observa, con una prudencial distancia. Ella no se ensucia, no mete la mano. Hay otros que lo hacen por ella. Y le viene bien porque así puede andarse el día señalando y acusando de corruptos, de vagos, de atorrantas, de chorros, de drogadictos y de fascistas a todos los que hacen cualquier movimiento que no sea habitual en su limitadísimo universo.
Ella es cualquier señora de esas a las que uno ve darle a la lata. Pero ella es sobre todo la esencia del discurso moralizante sobre el que se monta toda la maquinaria, todo el rosario de lugares comunes que invade la cantinela diaria que, supuestamente, cuenta lo que, supuestamente, pasa en nuestra Patria.
Ella ES una persona. Ella ES muchas personas. Pero Ella es ante todo el cromosoma común de varios de los protagonistas de estos tiempos en los cuales llamarse a la calma es el deber político principal de quienes no desean que el hilo conductor sea sólo de dinamita.
Ella es un fumador televisivo que te dice “no hay justicia, idiota”. Ese que tuvo que dejar ir al periodismo porque el ego le había ocupado todo el espacio. Ella es la dama radial que amaneció el jueves con el lapidario “este es un día negro para la justicia”. Esa aristocrática mujer cuyos análisis políticos tienen la profundidad de una palangana.
Ella es un gobernante que se rasga las vestiduras para que en nuestro país reine el consenso mientras le mete palo, bala y golpe a cualquiera que se le ponga enfrente a su locura inmobiliaria.
Ella es una legisladora que te escupe, te tira un botellazo, te sacude a cautelares, te pide en la virtualidad de la red que te mueras, pero, eso sí, siempre con el pedido de diálogo a flor de labios
Ella es la razón de ser de los indignados moralizantes, los miembros del EIA, los Espíritus Indignados Argentinos, como los definió un no lo merecidamente celebrado Esteban Rodríguez, a quien ahora públicamente agradezco haberse ocupado de mis obsesiones cuando ellas sólo eran bienvenidas entre libros o entre amigos.
Ella es la razón de ser de los que niegan, aniquilan, destierran, desprecian y descuartizan a la política. Porque en ese territorio, en el de lo público, hay grises, hay lodo, hay sinuosidades, es decir hay un poco de todo lo que habita cualquier sitio que no sea solamente posible en el imaginario mundo construido por el deber ser. Ese que no tiene ni responsabilidades ni obligaciones en el mundo real. Y que cuando las tiene, ejecuta sus decisiones con bala o insulto.
Ella es la columna vertebral de los que se deglutieron la peliculita del decálogo, de los mandamientos, nacidos al calor de esa moralina que nada tiene que ver ni con la ética, ni con la lealtad, ni con el bien común, ni con la honestidad, ni con la integridad. Y se hace cuesta arriba no ser víctima del ardid, porque gracias a dos siglos de artificio ideológico nos presentan a los principios liberales como convicciones universales. Y te tiran con “La Moral”, y te tiran con “Los Valores”. Y te estafan. Y te dejan balbuceando.
Es que uno no se lo pregunta muy a menudo. No es que andamos con el interrogante en la cabeza y a fuerza de ejercitar el cuestionamiento adquirimos la capacidad de desterrar intereses afincados como verdades. No. Está todo ahí instalado y sabe cómo echar raíces para quedarse. Porque es como casi todo lo que es de derecha: queda parapetado, erigido como natural, como obvio, como lo único posible.
Les pasa a los putos, a las putas, a casi todos los musulmanes, a ciertos judíos, a algunas mujeres, a varios intelectuales, a la mayoría de los militantes, a casi todas las travestis, a todos los pibes pobres y, últimamente, también a los kirchneristas. Se ha hecho costumbre, moda, casi obligación rutinaria arrojar motes de nazi, de indigno, de autoritario, de montonero a casi todo lo que intente correr la vara de lo posible. Y si la descalificación no es lo suficientemente contundente, arrojan con piezas de otro calibre.
El guión se escribió a cuatro manos: dos ponen en cuestión la propia razón de ser de la democracia, eso sí en nombre siempre de la República. Las otras, braman desde la modalidad gurka y acusan a cada parpadeo oficial, de golpe de Estado. La cereza del postre es el señor enojado y mal hablado que muestra algunos papeles de poca certeza y mucha sospecha. Y el círculo se cierra con la protección ya grosera al empresario de paseo por la intendencia.
¿Por qué funciona? ¿Por qué diputados y senadores deben perder tiempo en explicar que poseer la mayoría de los votos no es un acto delictual? ¿Por qué hay tanta oreja receptora de la acusación de ladrón? ¿Por qué media presunción vale más que un argumento?
¿Por qué para esa República de fantasía es más limpio y más puro indignarse sin política que participar y –muchas, las más de las veces- asumir el riesgo de ensuciarse?
Desde el periodismo mandamás porque, como lo escribió hace ya un tiempo Esteban Rodríguez, no quieren aportar información sino “emoticias, datos que no se disponen para la comprensión sino para la emoción. No interesa tanto estar informado como tener sensaciones sobre lo que transcurre diariamente. El periodismo en tanto estado de ánimo terminó adoptando un punto de vista temperamental sobre los acontecimientos”.
Desde los partidos alfiles del poder mandamás, porque lo último que quieren es el avance ciudadano. A lo sumo, consumidores. Dormiditos, anestesiados, aceptadores seriales de la estafa vestida de libertad cambiaria, protestones por las dudas y desconfiados del de al lado. Quieren que Ella, esa moral berreta de los valores impuestos, esté por encima.
Porque la prefieren a Ella, a esa larga lista de moralizaciones hipócritas y mentirosas. La prefieren a Ella, antes que a Vos.
martes, 23 de abril de 2013
Programa SF 63 - Jorge Bernetti & Martin Rodriguez - 20 de Abril de 2013
Cacerolas en estado de show.
por Mariana Moyano
Editorial Sintonia Fina del 20 de abril 2013
“Quiero un cacerolazo que se oiga en el mundo” fue la frase exacta. En el oído nuestro, acostumbrado a un hablar más duro, más cortante, con menos cadencia y a veces más helado, pesa más el modo y la tonada caribeña y puede hacer que suene a canción, a trova o a canturreo. Pero atrás de la afirmación coreadita había un gesto, furia, una historia personal, un recorrido político, contexto y aliados. Y eso condiciona. Determina, si me permiten las burdas traducciones del Carlos Marx original.
Así, con la práctica de desmalezar y quitar capas de sentido al acontecimiento ya hecha costumbre, estamos en condiciones de correr las intermediaciones y ver que en esa arenga hubo alguito de súplica, un poco de exigencia y mucho de amenaza.
Henrique Capriles Radonsky es peligroso porque no es sonso. Es un ricachón gobernador con muchos de los tics de la derecha latinoamericana. Pero sabe lo que hace y, con la potencia que otorga usar la fuerza ajena para amainar la debilidad propia, supo ser -desde el antichavismo- una opción incluso para los que querían en vida al Comandante.
A su comando lo bautizó Simón Bolívar y tuvo la astucia de empujar a Nicolás Maduro a un discurso menos permisivo y más ideológico. Está visto que con ese señor no se embroma. Tiene talento, es pícaro y ha construido espalda política absorbiendo el poder del imperio sin contaminarse demasiado de la torpeza propia de todos los emporios.
Ese es parte del problema de las cacerolas: algunas pueden no ser burdas y cuando hacen del simplismo bandera, construyen un sentido tan, pero tan perverso, que se vuelve el común.
Es tan sencillo, simple y veloz lo que exigen, que no concederlo parece capricho, inoperancia o incapacidad. Porque la demanda de la olla va en la misma línea del spot televisivo, del slogan publicitario, del título periodístico. Pide política fast food y no interroga, ni se interroga, acerca de cómo, cuándo y por qué será posible, o no, lograr eso que se pretende. No se pregunta qué implica una u otra decisión, ni quiénes están detrás o se comen las consecuencias de ir hacia uno u otro lado.
La superficialidad de ciertas demandas del ruido a lata explica por sí misma por qué ellas no sonaban durante el menemato, y las razones por las cuales aquel régimen no sólo contemplaba sino que contenía y daba respuesta inmediata a lo que hoy es exigencia caceroluda.
Aquella segunda década infame fue entrega por parte de los gerenciadores del Estado, pero sobre todo fue complicidad civil. Porque no hizo falta durante esos años ni demasiado palo, ni demasiado golpe ni demasiada cárcel para llevar adelante el plan. Bastó dólar barato, una copia del “déme dos” sin uniforme y el fantasma de la hiper para lograr consenso.
Así son los neoliberalismos astutos: enseñan a vivir el hoy sin espejo retrovisor y sin asomarse hacia delante para, al menos, sospechar cómo será el abismo que nos espera cuando se enciendan las luces y llegue el fin de fiesta. Así son los conservadurismos populares. Así son la mayoría de las cacerolas. Así es la derecha.
“Eh, pará”, escucho que me gritan, “yo salí a protestar en el 2001 y no tengo nada que ver con estos golpistas”. Y no faltará quien me lance el Exocet: “Mirá que yo le di al tachito en 1996, contra el turco, eh”.
Si, claro. Ni uno está habilitado a dudar de las intenciones personales e individuales de los del batifondo que se cargaron a Cavallo y De la Rúa, ni hay permiso para afirmar tan impunemente que los del jueves 18 (prefiero esta fórmula a la tan agringada 18A) eran todos proto fascistas.
Pero, ¿saben qué? Se los confieso: a mí el tintineo del cucharón contra el metal siempre me dio aprensión.
Quizás sea menos por algún sesudo análisis político, que por prejuicio y cierta desconfianza. Aceptado.
Pero siempre hubo algo en ese tilín tilín que me provocó tirria. Debe ser que ya estaba formateada y que el sonido agudo se aparece como contracara de ese sonido grave del bombo que siempre sonó a queja o a festejo, pero popular y organizado.
El asunto es que esas ollitas tienen un bautismo, literalmente, de fuego, y no es otro que el clima de profunda desestabilización que durante tres años padeció Salvador Allende en Chile. El ruido bajaba de los barrios más acomodados y la furia de éstos, los más pudientes, radicaba en la oposición a las restricciones a empresas, a algunas expropiaciones y al impedimento para acceder a esos bienes que tan claramente marcan la diferencia entre alacenas ricas y las que arañan apenas lo suficiente.
Se puede resignificar. Si, si. Todo. Bueno, casi todo. Casi.
Porque hay acontecimientos, gestos, modos, símbolos que poseen un tufillo tan intenso que aunque se les haga chapa y pintura, apenas uno descascare, encuentra la punta del ovillo. Hay costumbres a las que se les ve el núcleo, que tienen el hueso a la vista. Y no hay que darle demasiada vuelta: el bombo se escucha peronista, el puño es estandarte de la izquierda y la cacerola… la cacerola viene por derecha. Y me animo. Y lo digo. Y disculpen los buenos modales, mi modo talibán.
Hay un “dilema enredado y a examinar”, decía el más que nunca necesario Nicolás Casullo, cuando “la derecha no pretende ser un partido desde sus antiguas prosapias o buscar un nuevo traje que la delate”. Esa derecha es “desde hace años, activa, de avanzada”, agregaba en el mismo texto.
Y me animo a aportarle así, de caradura, al gran Nicolás, que hoy parte de esta derecha no quiere tener ni partido, ni prosapia, ni figura, ni traje. Más sencillo y a mano tendrá su objetivo desestabilizador si no canaliza.
Con un Capriles, el asunto se pone a cara descubierta, mano a mano a fuerza de democracia republicana. Exposición y sometimiento al escarnio popular.
Con un ambiente denso y brumoso donde las formas no terminan ni de definirse ni de distinguirse, el tropiezo gubernamental no sólo les es posible, sino que se evitan sacrificar a algún autor intelectual al que le cobren luego la sanción.
“La derecha constituye un armado modernizante desde una opinión pública mediática expandida diariamente”, continuaba el texto del gran intelectual ausente. “Configura el reacomodamiento de un tardo capitalismo, camino hacia otro estado de masas, incluidos amplios segmentos progresistas conservadurizados. Lo mediático es hoy su gran operador: el espíritu de época encarnado. Derecha como Sociedad Cultural que nos cuenta el itinerario de los procesos. Que coloca los referentes y las figuras, y decide cómo encuadrar lo que se tiene que ver y lo que no se tiene que ver. La derecha es la disolvencia de lugares y memorias. Es un relato estrábico, como política despolitizadora a golpes de primeros planos y títulos sobreimpresos”.
Podemos acusar. Pero es la mirada de mínima, es chiquita, es mediocre, es estrecha. Se queda paralizada y congela acontecimientos. Se estanca en un resultado, en una protesta, en un país, en un dirigente, en un candidato, en un periodista, en una cobertura, incluso en una agresión. Y suspende. Y entrampa. Y nos entrampa.
Ojo de pez al momento histórico. Panorámica al pensamiento.
Hay que estar atento, colar la hendija, pero también saber correrse a tiempo. Porque la derecha que cacerolea, también edita. Ella es, al mismo tiempo, creadora y partera del hecho. Se retroalimenta con el acontecimiento que concibió junto a esa calle que pretende ser anónima y mantenerse a salvo del barro de lo político. Pone letra, consigna y argumento. Esconde la mano y oculta la piedra. Luego tritura desde la pantalla y nos subsume a todos en la experiencia de ser platea, y mientras acorta o agranda el plano va legitimando y legalizando palabras, actos y comportamientos.
No es Capriles, no es Macri, no es Pando, no es Donda, no es Carrió y claramente no es Lanata. Errar el diagnóstico es entrar en estado de shock. Confundir la respuesta, inevitablemente, es hundirse en el estado de show.
“Discutir la derecha es debatir, en principio, no un partido ni una figura. Es desollar una cultura” completa. *
lunes, 15 de abril de 2013
Programa SF 62 - Claudio Villarruel & Bernarda Llorente - 13 de Abril de 2013
¿Gritar más fuerte?
por Mariana Moyano
Editorial Sintonía Fina del 13 de abril 2013
Hay algunos que tienen ese poder. Lo construyen, lo elaboran, lo lanzan, lo machacan y se instala. Se queda, sedimenta, se comenta y es. Es lo cierto; la verdad. No hay hendija ni relatividades. Hecho consumado. Existencia absoluta. Eficacia y efectividad. Son rotundos. No dejan margen ni para la pregunta.
¿Quién posee esa capacidad de alojarse en la cabeza ajena como pensamiento personal? ¿Quién logra levantar la barrera que divide intereses del otro de objetivos propios y apostarse como dueños de casa en terreno adverso? ¿Quién ostenta el talento de inocular sentido y asentar como general lo que apenas es un mezquino deseo privado? ¿El que grita más fuerte? ¿El que taladra? ¿El que más veces repite?
Estos fueron, literal y metafóricamente, días de desborde. Brotó agua de donde nadie esperaba y brotaron, de bocas habituales, adjetivos inesperados. Y, como es lógico, luego de surcar jornadas de adrenalina extrema uno queda tocado, mareado, golpeado, dolido. Y quizás sea por ese agotamiento que el borrón y cuenta nueva aparece como una opción bien a mano, cercana y hasta lógica. Luego del exceso uno quiere la cancelación.
Pero así como la humedad se acuartela como huella testaruda de la catástrofe, los resabios de los alaridos quedan retumbando. Y los dos, lo mojado y el insulto se parapetan como telón que impide ver el detrás, lo otro, el costado, el margen, la grieta.
Por la fuerza del tronar del grito ajeno y por traspié y debilidad propia algo se oculta, se tapa, se borra y el centro se licua. Lo cosmético, el adorno se apodera de la escena y el nudo, el centro, el núcleo vuelve transformado en anécdota.
Ahí los centros de operaciones mediáticos limando cada lazo reconstruido. Ahí el Estado en un intento denodado por quitarse los grilletes que lo atan a todo el sentido común de la cultura neoliberal.
La pechera quedó en primer plano porque se le dio oportunidad y los dimes y diretes sobre las identidades políticas logotipeadas barrieron de un sopapo la acción de un Estado que (parece que) llegó, que (parece que) pudo, que (parece que) cumplió.
Es el blanco predilecto, es el adversario preferido. Es al que hay que aniquilar, desvirtuar, deslegitimar. Porque es el que puede, porque es el que tiene. El que posee espalda, el que se puede erguir.
Se espantaron porque pronosticaron venganza. Pero les molestaba la posibilidad de justicia y sanción. Gruñeron por la plata de los jubilados. Pero se horrorizaban ante la sola idea de la recuperación.
Les cayeron con el mote de “la caja a las reservas”. Pero, en realidad, no soportaban una creciente capacidad de autonomía.
Chillaron por el desenganche del mundo ante el pago de una deuda. Pero la herida la sentían en el certificado de defunción de la esclavitud financiera.
Se mostraron aterrados por la censura que, decían, se venía. Pero el frío les corría por la espalda porque el grandote se ponía de pie y empezaba a tener capacidad de intervención.
Y una resolución y una ley y una tarjeta de crédito les molestan casi de igual modo porque sufren por la plata, pero más les duele que los borren como autores, dueños y gerenciadores de los modos, formas y costumbres de construcción de un país.
Y por eso gritan. Y por eso aúllan. Y por eso claman. Y por eso ocultan. Y por eso esconden. Y por eso velan. Y por eso celan.
Alharaca ajena. Titubeo propio. Y los fuegos de artificio taparon lo real del incendio.
¿Fue porque hay algunos que tienen ese poder? ¿Porque lo construyen, lo elaboran, lo lanzan, lo machacan y, así, entonces, se instala?
¿Qué poseen que adquieren esa capacidad de alojarse en la cabeza ajena como pensamiento personal? ¿Qué tienen que logran levantar la barrera que divide intereses de otro de objetivos propios y apostarse como dueños de casa en terreno adverso? ¿De qué gozan que ostentan el talento de inocular sentido y asentar como general lo que apenas es un mezquino deseo privado? ¿Es que gritan más fuerte? ¿Es que taladran? ¿Es que lo repiten más veces?
El agua perdió su cauce, pero también se desvió el debate. Por alharaca ajena, pero también por titubeo propio. Y los fuegos de artificio taparon lo más real del incendio.
Se habla de la batalla cultural como quien oye llover cuando no hay riesgo. Pero repetirlo y no ejercerlo es empalagar con argumento vacío, es restarle poder de fuego al arma más elaborada, es aceptar que se presume de lo que se carece.
Dar ese combate es reconocer el terreno y la herramienta hostil; registrar que lo vestido de inocuo es lo que hiere profundo y comprender que jugar con instrumentos y mecanismos del adversario es más parte de la derrota que del inicio del triunfo.
Hay eficacia de patas cortas y hay eficiencia de corto alcance. Y ni gritar más fuerte, ni taladrar con creces ni repetir más veces irá al nudo en la ofensiva. Es vuelo rasante; es recorrido superficial.
Desenmascarar la lógica dominante es señalar con el dedo, pero más que nada, es mostrar el operativo, echar luz en el mecanismo, descomponerles la trampa. Y no permitirles que un error propio les permita generar los anticuerpos.
Quieren que sople viento fuerte, viento en contra. Por eso, parapetarse, erguirse, resistir, pero sobre todo, no perder de vista que al hueso del problema no se va con instrumento ajeno sino con la creatividad y la originalidad del obligatorio nuevo modo de contar.
martes, 9 de abril de 2013
Programa SF 61 - Hector Recalde - 6 de Abril de 2013
Desbordados
Por Mariana Moyano
Editorial Sintonía Fina. 6 de Abril de 2013
Cuando se va, deja mugre, kilos, toneladas de
desperdicio. Así es el agua cuando corre con furia. No discrimina. Ella sí que
embiste; ella sí que arrasa. Se la ve llegar y ese es el durante de la pura
desesperación, del temblequeo en el cuerpo y de los giros en falso, de los cuales
sólo nos saca la ayuda inestimable de una cabeza bien fría.
Se la ve, luego, detenerse. Y ese es el después
del ensañamiento, cuando ver lo que pasó nos lleva sin filtro al efecto de la
devastación. Se la ve irse, de a poco porque ella se toma su tiempo. Se queda
un rato largo para pavonear su poder y mostrar y demostrar su capacidad de daño.
Y es ahí, exactamente ahí, el instante preciso
en el cual se inicia el proceso de asumir tanto lo que pasó, a quienes les
pasó, como la responsabilidad de los que hicieron, de los que no hicieron y de
los que ahora lo único que tienen permitido es hacer.
Todo ser humano de bien se encuentra por estos
días atravesado por y atravesando la desesperación, la devastación y la espera.
El que está aún mojado, porque todavía no sabe cómo hará para salir adelante; y
el que no fue salpicado, porque tiene la obligación ética de estremecerse ante
el baldazo de agua fría que implica este incalculable e indescriptible padecimiento
de un hermano.
Te desborda. El agua es así. Y cuando arrastra
trae consigo desechos, inmundicia, basura. Pero en algo se parecen el agua
sucia y la limpia: las dos, cada una a su manera, luego de actuar, dejan lo
auténtico y estructural a la vista. Una, porque traslada y junta en un solo
sitio todo lo hediondo y lo hace, finalmente, evidente. La otra, porque lava lo
cosmético y hace patente la impudicia, lo obsceno, lo inmundo.
El agua amontonó lavarropas, autos, televisores
y ropa que ya había arruinado y apiló también dolor y sufrimiento por las
pérdidas humanas. Pero acopió también la impotencia y la consternación de un
interrogante difícil de responder: cómo hacer para empezar – muchos no por
primera vez- de nuevo. Todo yace ahí ahora y se levanta en el exacto centro de
la coyuntura nacional bajo la intensidad de una formidable luz.
Y hay tanta claridad encima que a veces nos
enceguece y no nos permite distinguir con facilidad. Pero algo se ve. Se ve
cómo los capturadotes históricos de la palabra pública, esos dueños y
distribuidores de la posibilidad de propalación de la voz popular, le pretenden
arrancar al Estado la potestad del cobijo, del consuelo y de la contención.
Reflector a todo trapo, conductor estrella
devenido cronista, munido de escenográfica campera y zapatos de goma, se
acuclilla para escuchar con cara de circunstancia a la vecina abatida, esa
misma mujer -casi siempre morocha- a la que días antes acusó de embarazarse
para cobrar asignaciones y a cuyo marido señaló con el dedo –a veces, otros
incluso le apuntaron con otra cosa- porque se trataba del típico vago que vive
de los planes y que como no quiere trabajar, sale a afanar a los barrios que habita
este reflexivo periodista.
Son gestos. Y viene bien a cuento la cuestión
porque de eso se habló estas últimas semanas. ¿Pero que es una seña que no
viene acompañada de la decisión política que le tuerce el brazo al destino
prefijado por la naturaleza o por décadas de distribución injusta? Una mueca,
una pantomima y, para quien mira bien y ajusta el ojo, un papelón.
La seña cobra cuerpo cuando atrás de ella viene
la acción. La presidenta lo sabe y se puso a prueba a sí misma y a todo su
proyecto. Desafió, a lo K. Se calzó las botas de lluvia y con mucha autoridad y
poca custodia, se escurrió entre ese pueblo aún mojado y con ojos húmedos ante tanta
adversidad.
Un aprovechador serial, el mismo para el cual
la causa de las dos muertes de Puente Pueyrredón había sido la crisis, se posó
sobre aspecto, al menos, extraño. Todos estábamos, como mínimo, estremecidos por
el agua. Sin embargo, él no se pronunció sobre eso sino sobre “la distancia
helada que la Presidenta
establece con el dolor y el sufrimiento ajenos”. Y fue por más y disparó:
“Ningún funcionario de alto rango (estuvo) metido con los dos pies en el agua”.
La realidad, como suele hacer, con esa
costumbre que le es tan propia, se le presentó, incluso a él, toda de golpe y
de un sacudón le mostró cómo eso real a lo cual él dice referirse, no encaja en
la cuadrícula de los caprichos editoriales. Y a él le pasó lo mismo que al
resto: aunque sin mojarlo, a él también lo tapó el agua,
La nota era un engranaje más de la gran
maquinaria mediática a la que se le nota la hipocresía aunque la disfrace de legítima
indignación ciudadana. El grito en el cielo era, esta vez, por lo que ellos
leían como gestos de “politiquería”.
Pero la actuación fue, nuevamente, burda. Y se
les notó: en el apurón de salir a esmerilar al Estado, su blanco favorito, no
se dieron cuenta de que sus argumentos fueron excesivamente parecidos a una caricatura
de ellos mismos. “Politiquería”, esgrimieron y pusieron tal cara de asco
fingida que se parecieron a esas señoras y señores bien, cuyo máximo nivel de
elaboración intelectual es el razonamiento que cuestiona a quienes confunden libertad
con libertinaje.
Pero como fue tan obvio, no hubo que escudriñar
ni escarbar demasiado para advertir que esa crítica frívola no era otra cosa
que la antesala del discurso antipolítica. Por eso la lágrima fácil, la
supuesta indignación frente a la ayuda oficial que no llega, la queja del mal
hacer de los funcionarios, la habilitación a la lástima. Todos esos condimentos
que tan relajados les permite dormir.
Y muestran y hacen foco y se llenan la boca y
les brota una emoción cretina cuando hablan de la solidaridad, pero de la que a
ellos les gusta: la que es más que nada beneficencia y que dista de la
organización.
Pero no nos engañan, ya les conocemos el revés,
ya les vimos la hilacha. Ponen rostro compungido, fruncen el seño, levantan el
dedito y acusan, a todos, menos a quienes sistemáticamente construyen muros e
impiden que la equidad deje de ser un objetivo para convertirse en la razón de
ser de una Nación.
¿Importa? ¿Importa lo que hicieron los
poderosos y los medios poderosos en un momento como este? ¿No es obsceno mirar ahí
cuando hay tanto daño dando vuelta?
De un solo saque valdría la pena tirar esta crítica
a la basura si no hubiera en ellos un aprovechamiento miserable. De un solo
envión me lanzaría contra mi propio razonamiento si no hubiese en esos relatos
el intento de saquearle al Estado la dignidad que ha empezado a recuperar. De
un solo estallido dinamitaría la sospecha si no estuvieran detrás de las
narraciones hegemónicas las fauces hambrientas de quienes siempre se han
quedado con todo.
El rabillo del ojo inteligente tiene la
obligación de mirar hacia ese rincón, al de quienes nos dicen cómo y qué se
debe hacer mientras dejan que otros hagan y deshagan para minar los puentes y
los lazos que se han re estructurado, también a fuerza de descomponer eso que
ellos dicen y hacen.
Barrios enteros están en el centro del
temporal. El Estado en toda su dimensión está en el ojo de la historia.
El Estado que como sociedad se organiza para la
sopa y el té caliente; el Estado que como grupo de conmueve y actúa y dona y
brinda su tiempo; el Estado que como estructuras de la política tradicional se
convoca para ganarse el título de militante. Pero hay uno, un Estado
funcionarial, gestionador y administrativo que, como pocas veces antes, está
ante el desafío de demostrar que estos últimos años han empezado a ganarle a
ese andamiaje de décadas, cuyo único objetivo fue carcomer el único esqueleto
que sostiene a una República.
Hoy, la ventanilla, el mostrador, la normativa,
el empleado, la resolución, la licitación y el expediente son la vidriera de 10
años. Tienen sobre sí el zoom de una cámara, pero lo que importa no es eso,
sino que están bajo la lupa de un pueblo que merece, necesita que el retintín
de la ineficiencia del Estado sea parte del pasado, una cantinela de la derecha
interesada y el estribillo de la tilinguería.
No hay licencia ahora para fallar. No hay
margen. No hay permiso. Ese Estado cascoteado y golpeado tiene ahora que
levantarse y levantarnos, ponerse y ponernos de pie para exhibir que pese a que
estuvimos desbordados, la
Argentina está definitivamente sacando la cabeza.
jueves, 4 de abril de 2013
Programa SF 60 - Horacio Gonzalez - 30 de Marzo de 2013
Los suelen mencionar juntos.
por Mariana Moyano
Editorial Sintonia Fina 30 de marzo de 2013
Los suelen mencionar juntos, en bloque, como si fueran anverso y reverso, un duplicado de lo idéntico. Erramos el tiro en esta mirada: son engranajes de un poderoso todo; son socios en un objetivo común; hace rato que cartelizan su política al punto de fundirse e, incluso, intercambian roles para afinar la puntería y dar de lleno en el blanco trazado. Pero no son lo mismo, no hay uniformidad, no juegan desde lo homogéneo. Es más complejo y, por eso, más perverso aún. Pelean como monstruo de dos cabezas que piensan por separado una estrategia compartida.
El Papa argentino fue regalo divino. Es que, claro, sólo un milagro podía auxiliarlos y sacarlos del zanjón en que habían caído por torpeza propia y quitarles el lodo que les cubría la palabra.
Desde que Francisco llegó a sus vidas algo se les simplificó. Ellos son la parte que pone palabra y que dirige las luces a los sitios donde y sobre los que la Argentina debe pensar. Sobre la sedimentación de décadas de ese sentido común que ellos moldearon y con un esqueleto cultural del que aún manejan los hilos, se lanzaron a poner en marcha un dispositivo, el que más les gusta y del que –paradójica y aviesamente- más reniegan y con más furia acusan: la variable bueno/malo, pero con el binarismo retorcido del mentiroso que sabe cómo hacer pasar la infamia por verdad categórica.
El terreno lo prepararon más o menos así: unos salieron con la cruz como estandarte mientras con la espada, la pluma y la palabra ejercían una guerra santa argumentativa pocas veces vista en la prensa moderna; los otros pusieron la lupa en los zapatos gastados y en la cuenta de hotel.
Unos, envalentonaron a los cruzados del ala de los halcones; los otros conmovieron a los herejes más díscolos tirándoles directo a esa zona del corazón que se conmueve con la pobreza y la austeridad, siempre y cuando nadie se rebele frente a las causas.
Unos revolvieron y movilizaron a lo más ilustre de la derecha “asediada” para poner en claro que siguen siendo ellos los que dictan las reglas; los otros masificaron la papamanía para marcar a fuego -a base de estampita y merchandising- la regla de oro que indica que se puede ir por todo salvo contra los dueños del modo de pensar.
Unos hicieron lagrimear a la alcurnia caritativa con la suela gastada; los otros hicieron tabla rasa y con el martillazo escrito de “el papa de la gente” en el zócalo televisivo estuvieron a punto de dejarte afuera.
Hicieron un operativo sublime. Funcionaron como las verdaderas naves insignia de esa derecha muchas veces obvia pero también escurridiza de la que son parte y que representan. Clarín y La Nación. Mostraron y se lucieron como lo que son: las voces del poder; esas que no gritan en el desierto sino que saben que tienen oído y qué decir para conmoverlo.
Porque fue un trabajo de pinzas. Uno por arriba, desde lo más alto de las clases altas. Otro por abajo, desde lo más hondo del sentir popular. Jugaron fuerte, a todo o nada. Con brutalidad y sincretismo. Con esos modos que conocen, los sagaces instrumentos de la evangelización.
Clarín es torpe, burdo y se saca. La banquina es un destino que visita muy seguido. Derrapa a diario este diario y se destapa. Pero sabe, conoce la cuña, clava el cuchillo; ubica el detalle, mete la lupa y esmerila. No es un medio, es un comando de operaciones políticas de las que conocemos muy pocas en la historia nacional. Y por eso, a no creer que la pelea es sólo sopapo y tachín tachín. Hundió donde dolía y en la vidriera del reinado de la bajada de línea escribió: “sólo con un par de gestos austeros (Francisco) se ungió en la contracara del poder”.
Y ahí quedó la argentinidad: patitiesa, ocupada de las suelas de los tamangos del Papa como jugando en espejo con la bajeza de esa derecha tilinga que se ocupa de los tacos de una presidenta popular. Y ahí quedó la argentinidad: entrampada, con el mote "poder” reducida al ámbito de los gobiernos, los partidos y la política que se practica a cara descubierta. Iglesia y plata: nuevamente al rincón de lo invisible. Hecho. Trampa. Zancadilla justa.
Y así estuvimos: meta comedor infantil y testimonio individual de víctima atendible; con la vara del peronómetro en primera fila; leyendo con ojo de barrabrava el accionar de una jefa de Estado.
Y así quedamos: o estás con Francisco o sos antiargentino. Y dejaron solos a los que complejizan. Y barrieron con la conquista de la laicidad. Y arrinconaron a los consecuentes. Y hacen que soplen vientos de liviandad, ráfagas de bagatela, tornados de frivolidad, huracanes de inconstancia, ventarrones de corto plazo.
Destrabar ahora es la consigna. Buscar hondo en el pensamiento. No caer, no ceder, entender. La política se juega mucho. Y estar a la altura hoy no es horizonte, es sencillamente, un deber.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)